SuprAdalid 14. La cruda realidad #3
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14. La cruda realidad #3

Levantó la mirada. Me observó con fiereza y, al cerrar los párpados, fue como si se hubiera convertido en un borrón difuminado. Y luego ya no estaba ahí.

Cuando creí estar solo en la nave, me rasqué la nuca con saña.

—Espero que ese ninja no lo eche todo a perder —me dije a mí mismo.

Yo estaba convencido en aquel instante de que lo arruinaría todo, porque él era así. Con su sentido del honor y la justicia; bushidō y todo eso.

—¿Los vio? ¿Shuriken vio los viveros?

—Sí. Sirvió para que se convenciera definitivamente de la verdad.

—Los criaderos de personas. Personas que nacen para permanecer en coma y limitarse a creer en lo que los telépatas les inducen.

—Sí. Esclavos. Esclavos mentales, señor Labianca.

—¿Y qué hizo Shuriken?

—Una de las dos cosas que yo esperaba que hiciera. Yo tenía un plan a futuro para conseguir justamente aquello. Me hacían falta Portalus y Gax. Shuriken lo precipitó todo en un chasquear de dedos.

—¿Qué fue lo que hizo?

—Aquellas personas no llevaban una vida normal.

Sus músculos estaban atrofiados, no se les podía sacar del coma y esperar que se adaptasen a un mundo que habían ayudado a confeccionar, aunque nunca lo hubieran visto.

Y concederles una muerte piadosa seguramente a Shuriken le habría parecido demasiado.

Con todo, esa era la otra consideración que yo tenía en mente.

Y si Shuriken hubiera acabado con la vida de todas aquellas personas, yo, al día siguiente, no habría entrado en el modo Maximum.

El caso es que no se vio capaz de hacerlo.

Así que lo dejó todo como estaba. Había, por lo que luego Shuriken me contó, bastantes menos operarios de los que podría pensarse en todas las instalaciones subterráneas.

No hacía falta más para encargarse de un montón de personas dormidas cuyos nutrientes se administraban por sondas nasogástricas y cuyas deposiciones se eliminaban por tubos de aspiración.

La tecnología que hacía todo aquello posible no era muy superior a la que teníamos en La Aguja.

—Pues, si no hizo nada en los viveros, ¿qué hizo?

—Él no podía ver aquello y marcharse sin más.

Me preocupaba que estropeara la inducción de la idea de Maximum.

No fue así. Al no intervenir en los viveros, la creencia que De Molay indujo en aquellas quinientas mil personas ya estaba sembrada y esas mismas mentes se encargarían de cosecharla.

Eso ya no podía pararse. Por tanto, ¿qué fue lo que Shuriken sí hizo?

Como ya se ha contado, la mente de nuestro ninja no era detectada por Estela de Molay salvo, como ella misma me dijo, a distancia muy corta.

—Sí.

—Pues digamos que ella lo sintió… a una distancia muy corta.

Cuando Shuriken volvió al Skyzenith, me ignoró por completo y se limitó a cerrar la compuerta a su espalda, sentándose en uno de los asientos dispuestos en cuña destinados para la tripulación.

—Nos ponemos en marcha.

No fue una pregunta en absoluto. Y parecía que estaba hablando con la nave, no conmigo.

Yo me senté en el asiento del piloto y activé todos los motores.

Poco a poco, el volumen del zumbido de los sistemas se incrementó y una ligera vibración se sintió en los mandos de mi consola.

Me ajusté el cinturón y accioné varias palancas de tamaño diminuto, así como un par de botones que se encendieron con una luz amarilla.

La voz del ninja sonó a mi espalda.

—Esto no cambia las cosas entre nosotros dos.

—Ya me imagino.

Desde su asiento me tenía a su merced. Yo le daba la espalda. Mientras maniobraba con la aeronave, él podía intentar acabar conmigo sin que yo me percatara. Lo que podría pasar suponía un enigma para mí. Mi piel podía resistir cualquier metal, así que ignoraba cómo intentaría matarme.

El caso es que no hizo nada de eso.

—Voy a oponerme a tu plan —afirmó.

—¿Por qué? ¿Acaso sabes qué resultado va a dar?

—No está bien, Decurión. Así no se hacen las cosas.

—No estamos avanzando mucho por la vía tradicional. Es el momento de intentar algo nuevo.

—No creo que vayas a cambiar las cosas para bien.

Muchas preguntas debían rondar su mente.

Nunca creí que se conformaría con saber lo poco que yo le había explicado.

Comprendí que investigaría por su cuenta.

Había mucha información que podía serle útil.

Y, desde luego, por mucho que todo aquello nos hubiera acercado unos cuantos pasos, todavía estábamos lejos el uno del otro.

Y más en ese momento, que yo estaba a punto de dar un salto de poder exponencial.

Quizá pensó que, muerta la telépata, la creencia de Maximum no tendría poso, que no arraigaría, pero las mentes de los viveros no funcionaban así.

Eran cabezas acostumbradas a creerse lo que les impusieran.

No conocían el escepticismo ni el sentido común.

Al día siguiente, yo sería cien veces más poderoso y él lo creería, sin más.

La nueva realidad reescribiría la anterior.

Una cosa extraña, la memoria, porque algunas cosas las recordaría, como todo lo ocurrido en Bután, y otras las olvidaría.

—¿Llegaste a probar la limonada? —le pregunté.

Shuriken no me respondió.