14. La cruda realidad #2
—¿Me estás diciendo que algún gobierno, el que fuera, osaría lanzar bombas atómicas sobre población civil?
¡Sería su fin! Su propio pueblo se rebelaría ante un asesinato masivo de tal envergadura.
Las demás naciones no se quedarían de brazos cruzados.
Todos se volverían contra el primer país que arrojara la bomba atómica.
Me puse en pie. Él retrocedió un paso. No lo pude evitar, eso me hizo sonreír.
Me metí los pulgares por dentro del cinturón.
—Un país se atrevió a hacerlo dos veces seguidas.
—Eso es imposible.
—Ya lo creo que ocurrió. Aunque esos acontecimientos hayan sido reescritos.
Shuriken me miró a los ojos con intensidad.
—¿De veras te crees todo eso?
—No me creo nada, amigo shinobi . Lo sé.
—¿Y el país que sufrió esos ataques no hizo nada?
—Sirvió para que dejara de hacer las cosas que estaba haciendo.
—¿Y qué país cobarde y derrotista fue ese?
—Olvídalo, tío. Ya no es real. Ahora esto es real. ¿Ves esa finca de vieja multimillonaria? —Señalé a través de la cabina—. ¿Crees que este maldito lugar es real? ¡Estamos en el Himalaya!
—Nadie sabe que este sitio existe. ¿Cómo es posible?
—Es posible porque al menos quinientas mil personas creen que existe.
Creen que existe porque un Prelado las obligó metiéndose en sus mentes.
Y si ese número de individuos lo cree, pasa a ser real, aunque el resto de la humanidad lo ignore.
Y, de la misma forma, si esos quinientos mil sujetos están convencidos de que yo soy más poderoso que un Nivel 10, si creen que estoy muy por encima, que soy un suprAdalid cósmico… , eso pasará a ser cierto.
»La historia se amoldará al nuevo impacto como el agua de un estanque cuando la piedra impacta en la superficie.
Algún hecho que ahora no cuenta como ocurrido, de repente se indexará en la memoria popular.
Y, aunque no sea una experiencia que yo haya vivido, la recordaré como los demás.
Así es como a mí me pasa, recuerdo ambas realidades, porque Estela de Molay así lo consiente.
Han sido varias reescrituras. Quizá yo haga algo tan aparatoso como tirar a la cabeza del Profesor Invierno un barco ballenero, acto que yo nunca llegué a realizar, pero que se convierte en invariablemente cierto en cuanto un número concreto de la población mundial lo cree a pies juntillas.
Y eso se traslada al resto de la Humanidad, que lo hace posible.
Shuriken se estremeció. Fue la primera vez que le vi impresionado por algo. Como si empezara a tomar por ciertas mis revelaciones.
—Si toda la gente del planeta cree en dragones —dijo—, ¿los dragones empezarán a existir?
—Es más complicado, Shuriken. Lo que ocurriría es que, a lo largo de toda nuestra historia, los dragones siempre habrían estado ahí.
Shuriken se frotó los ojos y volvió a mirar hacia la casa de Estela de Molay, a la vista como una muela en mitad de una enorme encía verde.
—Nadie en el mundo real podría creerse este sitio. El resto de la gente lo rechazaría.
—Te repito que con quinientas mil personas que lo crean… es suficiente. Sólo si los Prelados permiten que el conocimiento se extienda, ocurrirá. Si no lo permiten, el acto se vuelve tangible, aunque en secreto. ¿Cuál es la pregunta que no me estás haciendo? ¡Piensa!
Él negó con la cabeza. Parecía que la situación salía y entraba de su cabeza, aceptación y negación combatiendo encarnizadamente. Los engranajes de su cerebro se movían a marchas forzadas. A la comprensión, por otra parte, le estaba costando desperezarse.
Y, por fin, la bombilla se encendió.
—¿Y dónde están esas quinientas mil personas que están dispuestas a creerse este jodido sitio? —Su pregunta se formuló con el mayor de los escepticismos.
Yo quise ponerle una mano en el hombro, pero él se apartó como si esperase un golpe. Le enseñé la palma abierta en gesto de paz.
—Esa era la pregunta, Shuriken. ¿Dónde? Y la respuesta es ésta: bajo tus pies.
Él se miró a los pies, en un gesto bastante estúpido, por otra parte. Luego enarcó una ceja bajo aquel atuendo tan característico.
—Fue construido durante los años cincuenta —le conté—.
Literalmente fue así, en el sentido de que necesitaron toda la década.
Enormes laboratorios excavados en la roca, sin el conocimiento del gobierno local, con grandes cápsulas de mantenimiento y tecnología de abastecimiento y reproducción pasiva.
Lo que la gente que trabaja ahí abajo y muy pocas personas en la superficie conocen como los viveros.
—Los viveros —repitió Shuriken y, si bien sólo se le veían los ojos, pude detectar una expresión de inmenso asco—. El Vínculo Akáshico. La conciencia del… —Se llevó las manos a la cabeza y se la apretó con fuerza, como si una migraña infernal le estuviera machacando el cerebro.
No dijo nada más. Tampoco supe a qué se refería con aquello.
Di un paso hacia él, tratando de acercar mi rostro al suyo.
—Yo no sé entrar, compañero Zero. No se me permite la entrada.
No tengo ni la más remota idea de cómo encontrar el acceso.
Pero tú eres Shuriken, el maestro de la infiltración.
Mientras De Molay está entretenida, podrías encontrar una puerta secreta o algo y ver con tus propios ojos qué hacen ahí abajo.
Nadie puede verte, si te lo propones, ni siquiera sentirte telepáticamente.
Te puedo dar una hora antes de partir con el Skyzenith o ella se olerá que algo raro está pasando.
Un sondeo mental de los suyos sobre mí y estaríamos perdidos.
—No puede ser —susurró. Un susurro muy leve. El último arrebato defensivo ante la terrible verdad, porque, en el fondo de su corazón, Shuriken ya sabía que sí podía ser.
—Una hora.