SuprAdalid 14. La cruda realidad
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14. La cruda realidad

La cruda realidad

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast.

Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.

Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.

—¿Llegó a enfrentarse a Shuriken? ¡No consta en ningún lado!

—Sólo he dicho que estaba esperándome.

—Ha dicho que parecía tener ganas de pelea.

—Eso sí. Creo que habría peleado conmigo si yo no le hubiera dicho lo que le dije.

—¿Qué le dijo?

—Que me alegraba de tenerle allí.

—¿Se alegró de tenerle allí?

—No exactamente. Lo que pasó es que muy rápidamente me di cuenta de que su intervención era, por otro lado, inevitable. Así que, ya que estaba allí, lo mejor era ser sincero. Le conté todo. No podía esperar.

—¿Todo?

—Estela de Molay estaba en esos momentos ocupada creando una nueva reescritura de la realidad.

No haría ningún sondeo de la zona. Además, Shuriken podía ver ese pequeño reducto del Edén en una zona imposible para esas temperaturas, ese clima y esas circunstancias.

Si era tan bueno como suponíamos y, a sabiendas, me acababa de enterar, tenía una mente hermética que ni siquiera los Prelados podían abordar, lo mejor era soltárselo todo.

Y que él decidiera qué hacer. Si seguir perdonándome la vida con cada una de sus putas miradas, cuestionando mi autoridad, siendo un obstáculo para lo que estaba por venir, acelerando nuestro enfrentamiento inevitable o… tomar partido en todo aquello.

—¿Qué pasó?

—Aquel día, todo cambió.

El shinobi definitivo se me quedó mirando, con los brazos cruzados. Yo subí la rampa de acceso muy lentamente y él caminó con cautela hasta la parte trasera del respaldo del conductor. No me dejaría sentarme allí sin atender a sus preguntas, así que le conté la verdad.

—¿Has visto a la mujer que vive aquí? —le pregunté, abriendo los brazos para tratar de abarcar toda aquella región imposible.

Él no movió un músculo. Ni siquiera cuando estaba hablando gesticulaba y su mandíbula parecía estar quieta, por no hablar de ese bozal o lo que fuera que le tapaba nariz y boca, que disimulaba todavía más sus expresiones.

—Me he acercado un poco —declaró—. He estado… acechando.

—¿Has oído la conversación?

—Podría ser.

—¿La has entendido?

El ninja pareció congelarse de nuevo. Como una película en pausa en un reproductor de alta definición.

—En parte —acabó diciendo.

—En parte, ¿eh? Sí, seguro. Muy bien, Shuriken.

Estás aquí. Y casi me alegro de que te hayas colado furtivamente en la nave.

La vieja momia estará ocupada. Podría ser el momento de hacer algo que yo no he podido ni me he atrevido a hacer.

Coño, todavía no me atrevo. Pero seguro que tú eres capaz de todo.

Él no dijo nada. Se acercó al gran panel de cristal endurecido del frontal del Skyzenith y le echó una larga mirada a la mansión que se veía al fondo, rodeada de árboles y vegetación diversa, amén de corrales y praderas cercadas.

—¿Qué es esa mujer? —preguntó.

—Este grupo de telépatas se conoce como los Prelados.

Había doce, ahora sólo está ella y otro que se las ha apañado para ocultarse.

Yo la he estado ayudando a matar a los demás y, a cambio, me ha permitido ascender en la vida.

Pretendo acabar también con ella cuando sea el momento preciso.

En otras palabras, esos doce perros viejos controlaban el mundo desde sus bases en lugares remotos.

Debatían entre sí qué cambios se operarían en el mundo, como una junta de accionistas, y se hacía realidad.

Llevaban juntos mucho tiempo. Mucho tiempo, Shuriken.

No te imaginas. Hasta que mi jefa, esa anciana con la que me has visto hablar cuando nos estabas espiando, decidió matar a los demás y reinar en solitario.

—¿Modifican la realidad? ¿Es eso lo que hacen?

Me puse a su lado y contemplé la mansión desde la ventanilla, como estaba haciendo él. Aquella bruja no estaba a la vista. Debía de estar en alguna de las habitaciones interiores donde yo nunca había entrado. Concentrándose para la tarea que la esperaba. Mi petición.

—No pueden hacer eso —dije—. Lo que sí hacen es meterse en las mentes de las personas.

Pueden leer los pensamientos, controlar el cerebro, lo que equivale a poseer a una persona y obligarla a hacer lo que ellos deseen, también modificar su memoria, implantar recuerdos falsos y, en definitiva, jugar con la mente de un individuo como quieran.

A base de cambiar los recuerdos y los pensamientos tanto superficiales como profundos, podrían convertir a un buen hombre, solidario, trabajador y atento con los suyos en un asesino en serie, caníbal y violador de bebés.

O al revés. Aunque, en lugar de eso, se han dedicado a sembrar la historia de la especie humana de guerras, conflictos políticos eternos, odios transgeneracionales e ideologías autodestructivas.

»Hasta ahí, ya parecen bastante malvados, ¿no crees? Vale, pues eso no es nada. Para poder hacer algo realidad, aplicar un cambio, lo que han de hacer…

—Como hacerte más poderoso a ti, ¿no? ¿Te refieres a eso?

Estaba claro que nos había estado espiando a Estela de Molay y a mí desde el saludo inicial (bueno, el saludo inicial no porque fue telepático) y había escuchado hasta la última palabra.

Todos los detalles de la conversación, desde lo de la limonada hasta lo de «Mátalo de una vez, Julek, si tanto te importuna».

—Sí —respondí—. Entre otras cosas.

Se giró para mirarme fijamente. Se puso muy tenso.

—¿Es cierto eso? ¿Va a volverte mucho más poderoso?

—A nivel cósmico, Shuriken. Ese es el trato.

—¿Cómo puede hacerse?

Ahí fue donde tuve que girar el asiento del piloto sobre su base y sentarme en él, sin dejar de encararme con el ninja sombrío.

—Afectan a las mentes de las personas para que así lo crean —confesé—.

Y la mente de la gente lo hace posible. Verás, esto te va a sonar a chino.

¿Hablas chino? Se supone que tú eres japonés, lo mismo no te suena tan raro, después de todo.

Lo dicho, la realidad, la que conocemos, la que nos dicta cómo son las cosas, lo que es bonito y lo que es feo, que ya no existan los dinosaurios o que cincuenta países dejen de ser independientes y se unan en unos Estados Unidos de Europa…

puede ser alterada si un número concreto de personas simplemente lo cree.

Shuriken se acercó a una pared interior de la nave, casi en penumbra.

—Psicomancia —dijo—. El poder de afectar a la materia por medio de la mente.

—Lo puedes llamar así, si te place. El caso es que, si al menos quinientas mil personas lo creen, el acto se convierte en realidad.

—Eso no es verdad.

—Te garantizo que sí lo es. No es necesario que la información se transmita oralmente.

Si la manejan quinientas mil personas, se convierte automáticamente en cierta.

Fue lo que permitió que los Homo sapiens de todo el planeta crearan al mismo tiempo utensilios o instrumentos de guerra de cierta sofisticación.

Cualquier primate puede emplear una rama o un hueso como porra improvisada, pero sólo nosotros afilamos ciertas piedras, golpeándolas con otras y atándolas al extremo de un palo para crear la lanza prehistórica.

»Ese conocimiento se transmitió automáticamente a lo largo de toda la geografía habitada por nuestra especie, como si fuera una red neuronal interplanetaria. Y ocurrió lo mismo con infinidad de avances humanos que llegaron a civilizaciones que no estaban en contacto con las demás.

—No tiene sentido —discrepó Shuriken—. Las civilizaciones mesoamericanas no inventaron las armas de fuego, mientras que en el resto del mundo ya hacíamos uso de la pólvora en todo tipo de armas a distancia.

Shuriken era astuto, sin duda.

Yo estiré los pies y crucé las piernas.

—En muchas ocasiones —le expliqué—, son los mismos Prelados los que controlan ese conocimiento y, al sesgar la información, manipulan la realidad a su gusto.

Lo malo de eso que dices es que… no había civilizaciones mesoamericanas hasta que no hubo al menos quinientas mil personas que creyeron en un nuevo mundo igualmente habitado por humanos.

—O sea, que fueron las mentes de otras personas las que crearon esas civilizaciones.

—Siempre bajo la influencia de mitos y creencias de los Prelados.

—¿Y esperas que me crea esa mierda?

—Que existan los suprAdalides no tiene el menor sentido, Shuriken.

Tú no tienes el menor sentido. Piénsalo bien.

¿Somos lo que somos porque los Prelados modificaron la realidad?

La gente creyó que existíamos y empezamos a existir.

Los cambios sobre la realidad se incorporan a nuestra historia siempre bajo un efecto retroactivo.

¿Por qué no había supras antes de la Gran Guerra?

La gente con poderes empezó a brotar como por ensalmo en todo el mundo, especialmente en el continente europeo, sí, y eso cambió el curso de los acontecimientos.

Esos países se federalizaron y se fundó Eurotania, la nueva potencia mundial.

Fue gracias a nosotros. En la realidad que se sobrescribió y que ahora ya no existe, nuestras andanzas sólo eran posibles en cómics y películas.

—No.

Shuriken se fundió entre las sombras de la zona más al fondo de la nave y resurgió de otro punto.

—¿No qué? —le pregunté.

—No me lo creo.

—¿Sabes lo que yo sé, amigo ninja? Que en el mundo que dejó de existir pasaron cosas mejores y también peores.

¿Podrías creer que algún gobierno del mundo dejara de emplear las armas atómicas como elemento disuasorio?

Todos creemos que ese tipo de armamento se creó sólo para establecer cierto tipo de equilibrios políticos y la verdad es que eso sólo ha sido así tras la reescritura.

Shuriken volvió a observar la mansión decimonónica que destacaba al fondo, a todo un campo de golf de distancia.