12. Estela de Molay #2
Se sentó a mi lado. Me atreví a mirar a esos ojos de iris grises, dominados por el enfermizo tono amarillento que impregnaba todo el globo ocular.
—¿Estás bien, Julek?
—Sí.
—Me alegro.
—Salió bien, ¿no?
—Sí —dijo ella girándose un poco para mirar al frente.
Su finca era una preciosidad en un verano perpetuo. Los satélites no recibían imágenes de aquel reducto de paz, de ese paraíso. Estábamos solos.
Como no me ofrecía más detalles, le tiré un poco de la lengua.
—Su… amigo estaba en Aljalizhistán, ¿verdad? El último de los Doce.
Ella tardó un poco más en hablar. Tras varios segundos, lo hizo a regañadientes.
—Sí. Valerius murió en aquella operación vuestra.
Hiciste un gran trabajo, por cierto. Manipular a la primera ministra Morris para que pensara que esa alianza con Abdel Wahid, caudillo militar de ese país maloliente, iba a fructificar en una operación de interés comercial fue una estrategia brillante.
Prometerle los depósitos aluviales de coltán y las minas de zaferion, cuando sólo queríamos acabar con el último de los Doce… Una idea magnífica. Te doy las gracias.
—Hago lo que puedo.
De Molay se colocó las manos en el regazo. Con los brazos esqueléticos y las piernas dibujándose a través del vestido mediante líneas rectas y acusados vértices, parecía débil y quebradiza. Con un dedo podría haberla tronchado.
Como era de suponer, en cuanto me hubiera puesto en acción, ella habría controlado mi mente para detenerme y obligarme a darme de cabezazos contra el suelo o provocarme directamente una embolia.
—El problema —siguió diciendo ella— es que no era el último.
Debo decir que la nueva noticia provocó varios sentimientos encontrados en mi interior. Por un lado, aquello significaba que mi labor como exterminador de grandes telépatas no había terminado. Estela de Molay me seguía necesitando, así que esa reunión no podía ser para desembarazarse de mí.
Por otro lado, hasta que aquellos cabrones no estuvieran muertos, mi verdadero plan no podía ponerse en marcha.
—¿Cómo? —No supe reaccionar debidamente. Estaba impactado—. Creía que ya habíamos matado a los once. Que sólo quedaba usted.
—Pues no. Aún siento a uno. Es sutil. No sé cómo puede pasar tan desapercibido, es…
exasperante. Por más que sondeo el mundo, no soy capaz de ubicarlo.
Pero está ahí. Su emisión psíquica deja señal.
Se dispersa rápido y eso impide su localización, pero lo que no puede hacer es escapar de mi mente.
Esto me lleva a pensar. Llevo desde lo de Aljalizhistán devanándome los sesos.
Puede que no fuéramos doce en total, lo cual me irrita sobremanera.
Puede que Valerius nunca hubiese sido uno de nosotros.
—Se mordió el labio inferior con los dientes grises de arriba.
Parecía una especie de no muerta—. Y con este nuevo enemigo no sé ni por dónde empezar.
—Un momento, señor Diamandis, si me permite la interrupción. ¿Valerius? Estamos hablando del nombre de uno de esos Doce.
—En efecto. Los Doce. Los Prelados.
—¿Quién los llamó así? ¿Prelados?
—El término venía de antiguo. De antes del Medievo. Quién sabe cuándo. Valerius, en teoría, venía de mucho más atrás.
—¿De qué época?
—No le pregunté. Arrasamos la zona, ¿recuerda? Fuego de plasma, rayos, energía pura. La clase de cosas que los suprAdalides expulsan por los ojos, por la boca o por las manos. Púlsar, Sigmar y yo fundimos todo aquel terreno sin dar tiempo a ese ente psíquico a que reaccionara.
—¿Ente psíquico? Lo dice como si no fuera humano.
—A mí no me parecían muy humanos, pero, claro, eso también lo podría decir mucha gente de mí.
—¿Quizá Valerius pertenecía a los tiempos de la antigua Roma? Lo digo por el nombre.
—Podría ser. Estela de Molay era descendiente directa de Jacques de Molay. Olvídese de lo que digan los libros de historia. Él era su ancestro.
—¿Jacques, dice? Ni idea.
—No le gustan los templarios, por lo que veo.
—¿Los templarios? No es mi taza de té, como se decía en Inglaterra. Y nos desviamos mucho, creo yo. Además, habrá gente que estará oyéndonos hablar de los Doce, los Prelados o como queramos llamarlos y necesite una aclaración. ¿Qué eran?
—La pregunta del millón.
—Yo creo que hay muchas preguntas del millón. Esta es la más importante de todas: la pregunta del billón, con be.
—Los doce telépatas que gobernaban el mundo. Desde siempre.
—Nos tomaremos un segundo para que se nos atragante el aire.
—Ellos son los que deciden qué pasa en todo momento histórico. Lo deciden y, luego…, las personas lo hacen posible. Al menos, cuando había doce Prelados.
—Y Estela de Molay quería ser la única. ¿Me equivoco, señor Diamandis?
—Así es, pero cometió un error.
—Ya nos lo contará luego.
—Los Doce eran telépatas capaces de leer y controlar mentes. Lo que nunca pudieron hacer fue controlar la realidad. Por ello, crearon los viveros.
—Después nos meteremos en eso. Ahora, por favor, prosiga con su relato. Estamos a punto de entrar en la época de Maximum , ¿no es así?
—Es correcto.
Estela de Molay llevó su mano izquierda hasta mi mano derecha. La colocó encima y me hizo sentir ese tacto áspero y pellejudo suyo. Las uñas largas y amarillentas sobre dedos sin color.
—¿Te apetece una limonada, querido?
Sus buenos modales servían para cubrir con una estera su voluntad siniestra, como el polvo barrido que se oculta bajo la alfombra.
La perversión en su personalidad era incontenible.
Afloraba en cada gesto o ademán. Su educación no eclipsaba nada de aquello.
Podía detectarse su alto índice de peligrosidad, aunque ella no lo proyectara telepáticamente.
—Sólo si a usted le apetece.
—No te apetece. Aun así, probarás mi limonada.
Son los mejores limones del mundo. Aquí crecen sanos y fuertes.
No puedo echarle ni una gota a ningún plato, ni siquiera al pescado, porque mata todo rastro de sabor, pero exprimidos dan la mejor limonada del mundo.
¿No quieres probar la mejor limonada del planeta?
—Si usted se sirve otro vaso, por supuesto.
Entró en la casa y volvió al cabo de un minuto con una bandeja donde una jarra de un litro y dos vasos temblequeaban a cada paso que daba.
Me levanté instintivamente para ayudarla. Eran los modales que me había inculcado la televisión de mi época. Mis manos se lanzaron hacia la bandeja con intención de mantenerla equilibrada, quizá de quitársela de las manos.
Ella se quedó quieta y se pegó el borde de la bandeja al estómago.
Sonrió.
—Oh, no seas así de cortés. Esta vieja no está tan delicada como te figuras.
—No. Eso está claro. Discúlpeme.
—No puede disculparse la caballerosidad. Sólo aplaudirse.
Se sentó en su sitio del banco y apoyó la bandeja en su regazo, luego me invitó a servirme por mí mismo con un gesto del mentón.
Yo cogí un vaso de la bandeja y me dispuse a probar la mejor limonada del planeta o lo que mi mente me diría que era tal cosa.
Quizá estaba bebiendo meado de burra y mi cerebro creía que se trataba de una exquisitez.
Estela de Molay me aseguró que no estaba utilizando telepatía para inducirme esa sensación.
Yo creía que ya habíamos tenido protocolo y ceremonia más que de sobra.
—Me pondré a investigar el paradero de ese último Prelado —le garanticé—. No obstante, hay una cosa que debo pedirle.
—Ya sé lo que vas a pedirme.
—Las cosas se están complicando. Mi equipo no está bien compenetrado y la política está a punto de estallar desde varios frentes. Voy a necesitar…
—Adelante, dilo.
Si ya podía leer mi mente, no hacía falta. A De Molay le encantaban esos jueguecitos.
—Necesito más poder.
—Ya.
—Soy poderoso y… no me puedo quejar de lo que tengo.
—A pesar de eso, no te parece suficiente.