12. Estela de Molay
Estela de Molay
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod tampoco otras inclemencias del tiempo.
Era una esfera de realidad que no se correspondía con el escenario natural donde se ubicaba.
Tengo alguna teoría de cómo esto era posible.
Tardé unos minutos en atravesar los campos que rodeaban aquella enorme casa, evitando los corrales y las zonas donde pastaban reses y caballos de todo tipo. No quería utilizar mi capacidad de vuelo. Allí los poderes suprahumanos estaban no estrictamente prohibidos, pero sí mal vistos.
No había servicio o, por lo menos, yo nunca vi a nadie más en aquella residencia.
La anciana estaba de pie, apoyada en una jamba de la puerta principal con los brazos cruzados.
Su expresión era malévola, como la del gato que ha aprendido a abrir la puerta de la jaula del canario.
Su vestido era de un blanco grisáceo, de una elegancia antigua, propia de una criatura feérica a la que se le hubiera despojado del elemento básico de su belleza, dejando todo lo demás sumido en un aura de antigüedad rancia, vampírica.
De Molay era vieja de un modo sucio y prohibido.
Verla era como masticar papel de aluminio.
[Bienvenido.]
Me dijo telepáticamente.
Yo había estado entrenando mi mente para que ciertos pensamientos no afloraran en el peor momento.
Mi reciente conversación telefónica con el Coronel Tabris, por ejemplo.
Obviamente, si ella indagaba en serio, estaría perdido, así que confié mi vida entera a que no fuera a sondearme en profundidad.
Venía mentalizado para morir, si ese era el caso.
—A partir de ahora, en lugar de pensar, hablaremos —dijo la Bruja.
—Me parece bien.
Y tanto que me pareció bien. No era nada confortable sentir esa mente en el interior de la mía, como no lo es bañarse en una piscina en compañía de un tiburón blanco.
—Oh, Julek —dijo extendiendo los brazos para que yo me colocara en el centro de su abrazo.
—Señora —permití el contacto y mi barbilla se colocó sobre el hueco de su cuello.
—Siéntate conmigo en el porche. —Me señaló el banco de madera más cercano y, sonriendo como una especie de Peter Cushing ojeroso, aguardó a que yo me sentara primero—. Qué alegría verte.
—Lo mismo digo, señora.