SuprAdalid 11. Máximo castigo #3
28%

11. Máximo castigo #3

De una sombra del suelo salieron dos manos con sendos puñales sin guarda de mano, se elevaron un poco y, después, las hojas de los tantos se clavaron en los pies del hombre trajeado, clavando al tipo a la moqueta.

Las manos del ninja desaparecieron en el suelo.

El hombretón gritó de un modo desgarrador.

Crisis ya estaba recuperada del balazo en la cabeza. Parecía furiosa. Se fue directa contra el tipo clavado al suelo, le plantó la mano en todo el rostro, lo agarró por la cabeza y soltó una descarga de plasma a quemarropa, que le desintegró el cráneo.

El último que quedaba arrojó el subfusil y alzó los brazos.

—¡Me rindo, me rindo, joder!

Crisis sonrió de medio lado.

—Sí, claro.

Un brazo apareció desde atrás y le hizo una presa en el cuello, la otra mano apareció desde el otro lado y le aferró con fuerza el mentón. El ninja había brotado como por ensalmo a su espalda. De un giro brusco le rompió el cuello y lo dejó desplomarse. La habitación se quedó casi en silencio.

En el pasillo, la lluvia continuaba.

Con suma tranquilidad, el tipo de rasgos árabes surgió de debajo del gran sofá, enseñando bien las manos vacías.

—Yo… no sé nada.

Crisis volvió a sonreír de medio lado.

—Sí, claro —repitió.

El eurotano encorbatado se lo tomó mucho peor.

—¡Es indignante! ¡Ustedes no saben quién soy yo! ¡Esto es una tropelía y voy a encargarme de que ustedes dos lo paguen! ¡Habrase visto!

—Crisis —susurró Shuriken.

—Sí, sensei —dijo ella.

Crisis alzó una mano con suma parsimonia, apuntó al individuo y lo volatilizó con un rayo incinerador. Subió y bajó la mano para llenar todo el espacio que había ocupado y desintegrar hasta la última partícula de su objetivo. Cuando no quedaba más que humo, paró.

El supuesto árabe juntó las manos, entrecruzando los dedos delante de su rostro.

—Por favor —dijo—, se lo imploro.

Ella dio dos pasos en su dirección. Lo apuntó con la otra mano.

El hombre se echó a llorar, rezando y babeando.

Dio igual. Tampoco iba a haber clemencia para él.

—Responda a la pregunta, superintendente Grimaux: ¿quiénes eran esas personas?

—El general Abdel Wahid de Aljalizhistán había sido invitado a una fiesta organizada por nuestro ministro de guerra, el señor Christopher O’Driscoll. Reservaron toda una…

—¡Un momento! ¿El desaparecido ministro O’Driscoll?

—No me interrumpa. Como estaba diciendo, el ministro O’Driscoll quería agasajar al general por su intercambio de bienes.

Se conoce que no fue suficiente que el uso inapropiado de media Facción Zero en su país permitiera al segundo seguir en el puesto.

Reservaron toda una planta del hotel L’Héritage Royal.

Allí se reunieron los dos, con un equipo de seguridad privada contratado a tal efecto, para no dejar huellas.

Todo aquello había de celebrarse con la máxima discreción.

La fiesta incluía un banquete, todo tipo de delicias y… jovencitas. Doce en total.

—¿Cómo dice?

—Ya lo ha oído.

—¿El ministro O’Driscoll y… jovencitas?

—Shuriken y Crisis irrumpieron en la sala y, tras encargarse de los guardaespaldas…

, volatilizaron a los dos invitados principales.

No están desaparecidos, señora. Simplemente, no están.

La primera ministra, Clara Morris, aún no sabe qué información hacer pública, ya que se ignora si fue un secuestro, una huida o un accidente.

—¿Shuriken y Crisis mataron a un ministro de Eurotania Federal? ¡No puede ser, son suprAdalides!

—Como usted diga.

—Un momento, un momento, un momento, ¿me está diciendo que dos miembros de Facción Zero…?

—Exacto.

—¿Qué hizo usted?

—Nada.

—¿Nada? ¡Cometieron asesinatos! Eso ya entra dentro del puro y genuino terrorismo. ¿Y a usted le da igual?

—Esos dos hijos de la gran puta se merecían eso y más. Tuvieron su merecido.

—No me puedo creer que usted diga algo así.

—Algunos suprAdalides me caen bien, a pesar de que la creencia popular apunte a que los odio a todos. Esa minoría hace lo que se debe hacer.

—¿Cómo puede vivir con todo eso en su conciencia?

—¿Y qué me dice de usted? Aún no me ha preguntado por el estado de las doce jovencitas.

¿Lo ve? Ni siquiera le importa. Usted es sólo un engranaje.

Pues, para su información, Shuriken las devolvió a sus respectivas casas.

Estuvieron viviendo varios días en La Aguja hasta que averiguó dónde vivía cada una de ellas y fueron entregadas a sus familias por turnos.

¿Terrorismo, dice? Su hipocresía galopante me revuelve el estómago, señora.

…

—¿Cómo pudo esto ocultarse tanto tiempo, señor Grimaux? ¿Cómo es posible?

—Todo el mundo tiene secretos, magistrada.

El gobierno, los suprAdalides. Yo tengo más que nadie.

Ciertos secretos no prescriben, no pueden desclasificarse.

Se han de mantener para siempre. Yo soy el gran coleccionista de talones de Aquiles.

Si yo caigo…, oh, no se puede hacer una idea de la de gente que me llevaré conmigo.

Así que no, no voy a perder mi puesto. Voy a seguir exactamente donde estoy.

¿Cree que es escandaloso lo que le estoy contando?

No tiene ni idea. Es sólo el primer nivel del Infierno.

Si yo fuera usted, no querría seguir bajando.