SuprAdalid 11. Máximo castigo #2
27%

11. Máximo castigo #2

Crisis se arrojó como el disparo de una bala, dejando una estela de fuego tras de sí, impactando contra el cristal exterior del edificio y dejando un agujero de entrada con bordes resquebrajados.

El resto del vidrio resistió. No hubo ninguna explosión de cristales, eso es lo que pasa con los ventanales antibalas.

Al irrumpir allí con tal inercia, aprovechó la velocidad para realizar un ligero giro en su trayectoria dentro de la estancia y arrojarse contra uno de los guardaespaldas como un misil tierra-aire.

Le reventó la caja torácica con los puños y le atravesó por completo y, con la cabeza sobre el pecho, como un dardo que atravesara un papel, rompió la pared que había detrás, recorrió un pasillo de varios metros y frenó fuera de la propia suite antes de estamparse contra el ascensor al final del pasaje.

Crisis arqueó la espalda hacia atrás y se ayudó de una pierna para despegarse del cuerpo del matón atravesado, tirándolo al suelo como un despojo.

El agujero de su tronco permitía ver el color de la alfombra donde yacía, a pesar de lo cual el hombre continuaba respirando y esputando sangre con expresión implorante.

Para asegurarse del todo, Inga Diamandis le apuntó con los dedos de su mano abierta.

Un rayo energético, de un blanco tan cegador como mirar directamente al Sol, le fundió con el suelo.

Luego se dio la vuelta y contempló el pasillo que había dejado atrás.

Veía la suite , con las puertas destrozadas a unos diez metros, y a varios de los guardias con los trajes negros, los pinganillos en el oído y las gafas de sol, esgrimiendo sus subfusiles FN P90.

Crisis puso las dos palmas de las manos extendidas en posición horizontal.

Una doble descarga energética emergió de ellas y derritió la parte superior del cuerpo de dos de los matones y la pared que tenían detrás.

Los detectores de incendios se activaron y el agua empezó a caer sobre todos al tiempo que los otros cuatro esbirros apretaban el gatillo de sus subfusiles compactos, con la empuñadura indexada en el cuerpo mismo del arma.

El aspecto alienígena de esas armas se veía reforzado por su característica posición parcialmente encorvada.

Apuntaban mediante un visor incorporado de punto rojo mientras abrían fuego en ráfaga y los casquillos caían al suelo desde la ventana de expulsión situada en la zona baja del arma.

Los guardias disparaban y se movían al unísono, uno tratando de ocultarse tras el marco de la suite , otro acudiendo a la esquina del pasillo en forma de te mayúscula y los otros dos olvidándose de toda cobertura y disparando en fuego automático como si la munición fuera gratis.

Crisis aguantó los impactos en mitad del pasillo, con un brazo tapándose la cara y las piernas separadas y flexionadas.

El dolor de las balas impactando en su cuerpo la estaba sacando de quicio.

Dolían como guijarros lanzados con tirachinas.

Rompían el tejido suave y se estrellaban contra la película hexagonal de Nolex, que podrían llegar a agujerear a muy corta distancia.

Inga Diamandis terminaría con moratones en varias partes de su cuerpo.

Y ya. Eso sería todo lo que lograrían hacerle.

Cuando los dos intrépidos secuaces que ni se habían ocultado agotaron sus cargadores de cincuenta balas, corrieron a ocultarse para recargar.

Crisis no les dio tiempo. Se lanzó cual relámpago contra ellos y aprovechó su vuelo descontrolado para arremeter con el puño contra la cabeza de uno de los guardaespaldas, rompiéndole el cráneo como una sandía y entró de nuevo a toda velocidad en la suite presidencial, practicando otro boquete en la pared.

Crisis frenó en seco y envió una onda expansiva de puro aire, que destrozó todas las botellas del mueble bar y desencuadernó los libros de la estantería superior, tirando baldas y desarticulando todas las piezas de madera.

Alguien muy osado aprovechó para acercarse a ella y dispararle a quemarropa en el cogote, lo que la dejó unos segundos traspuesta y fuera de juego.

Mientras Crisis hacía todo aquello, Shuriken se había puesto en movimiento casi al mismo tiempo.

En la azotea había un aparato de aire acondicionado de gran tamaño que ofrecía una sombra, hacia la que saltó y en la que se hundió como si fuera un charco de agua que cubriera un socavón.

El ninja desapareció en esa sombra y surgió con el mismo impulso de otra en un rincón del techo de la planta inferior, cayendo en la moqueta con unos reflejos felinos y poniéndose en movimiento como un tornado humano.

Desenfundó el ninjato de su espalda en una maniobra que se convirtió en un ataque directo que decapitó a uno de los guardaespaldas mientras aprovechaba la velocidad de giro de su cuerpo para impactar con una patada voladora en el último de los hombretones del cuerpo de seguridad que quedaban dentro de la suite .

Mientras el ninja escuchaba el estruendo de las descargas energéticas y las ráfagas de balas, contempló la escena que se desarrollaba dentro de la propia habitación.

El guardaespaldas del suelo estaba reponiéndose de la patada y tardaría unos instantes en volver a ser un estorbo.

Tenía tiempo para hacer lo más importante.

Además de los dos hombres que mandaban allí, había más gente.

Doce invitadas nuevas acababan de llegar.

El ninja señaló la puerta del cuarto de baño y las miró con expresión seria.

—¡Escondeos allí! ¡AHORA!

Fue obedecido al momento. El mandamás caucásico le enseñó las manos.

—¡Un momento! ¡Esto ha debido de ser un error, Shuriken!

—Desde luego que lo ha sido.

En ese momento, la pared cercana al umbral de la puerta reventó.

Crisis volvía a la suite con una maniobra de vuelo muy agresiva, que envió partes del tabique y cal en todas direcciones.

En el segundo en que el mueble bar estallaba, el guardaespaldas que Shuriken había derribado ya estaba en pie, sacando del interior de su chaqueta un monstruoso Desert Eagle del .

50. Le descerrajó un tiro en la cabeza a la chica con el cañón pegado al cogote. Crisis trastabilló, medio atontada.

Shuriken se movió como un borrón. Estaba en una zona de la habitación, delante del guardaespaldas y, de repente, estaba en otro sitio, con la hoja de su espada en diagonal a su propio cuerpo, espalda contra espalda con el tipo del pistolón.

El matón dejó escapar un hilillo de sangre por una comisura de la boca, sus rodillas cedieron y cayó.

En cuanto las nalgas golpearon los tobillos, el tronco se separó del resto del cuerpo, esparciendo una masa de contenido intestinal ensangrentado por la alfombra.

El corte del tronco parecía practicado por un láser.

—¡Crisis, espabila! —rugió el ninja.

Shuriken volteó la cabeza rápidamente para comprobar que hasta la última invitada se había refugiado en el cuarto de baño.

Después lanzó un abanico de estrellas arrojadizas, las mismas que le daban su nombre en clave, contra el primer guardaespaldas del pasillo, que estaba entrando en la habitación.

Dos de los objetos metálicos se le clavaron en los ojos, otro en la frente y los otros tres se hundieron en el típico cuadro con un mapa de la planta y la indicación «Usted está aquí». El matón aulló de dolor.

El tipo importante caucásico seguía gritando para imponer paz. El otro, que parecía árabe, se había metido bajo un sofá.

Dos nuevos tiradores entraron en tromba, rociando el lugar con eau du plomb , creando una cortina de balas, que Crisis encajó mientras sacudía la cabeza y que Shuriken esquivó fundiéndose con las sombras.

El hombre cegado se arrancó las estrellas puntiagudas de los ojos y se puso a maldecir.

No maldijo mucho. Algo destelleó en el rincón oscuro que tenía detrás y, acto seguido, la hoja de la espada brotó del cuello del sujeto, silenciándolo para siempre antes de desaparecer.

Shuriken se había teleportado al otro lado de la suite .

Uno de los matones disparó al lugar donde supuestamente se encontraba, pero, para entonces, ya no estaba allí.

Un puñal tipo kunai atravesó la estancia para romper una de las lámparas, generando un nuevo juego de sombras nuevas aquí y allá.

Uno de los secuaces se puso a disparar ráfagas cortas en todas direcciones. Su compañero recibió el zarpazo de unas garras de acero en la espalda. Al girarse, no había nadie. Disparó allí una ráfaga, por si acaso.