11. Máximo castigo
Máximo castigo
Conducción de las entrevistas a cargo de la magistrada Sarah Largo.
—Señor Grimaux, haría bien en tomarnos en serio. ¿Quiénes eran los objetivos de esa misión nocturna? Responda por su bien.
—No han podido averiguar nada, ¿verdad?
—Cuénteme qué pasó.
—No han podido averiguar nada porque esos dos no dejaron nada que investigar. Nada de nada.
—Usted supervisó toda la operación en directo. Díganos qué pasó, contra quién actuaron esos dos suprAdalides.
—Muy bien. No tengo nada que perder y ustedes, nada que ganar.
No se puede demostrar ningún aspecto de lo que yo cuente a continuación.
No han encontrado indicios hasta ahora ni los encontrarán.
Añadiré contexto al misterio del L’Héritage, nada más.
El expediente continuará abierto. ¿Quiere saber lo que pasó? No. Cree que quiere saber. No es así.
La noche de Odeon era diferente de cualquier otra.
La ciudad se había tragado todas las localidades periféricas, incluso las ciudades vecinas, convirtiéndose en una masa de cemento, acero, asfalto y cristal que parecía no tener fin a simple vista.
Desde la órbita del planeta, parecía nuestra particular tormenta de Júpiter, una mancha gris por el día, un foco de luz como ningún otro por la noche.
A través de las poderosas lentes de los satélites Pretor-10 podíamos echar un ojo donde quisiéramos, salvo en determinado tipo de construcciones de plastiaceros especiales, como todas las dependencias de los Zeros en La Aguja.
Lo bueno era que casi nadie más empleaba ese tipo de costosos materiales, así que el zoom de las cámaras nos daba la oportunidad de leer la novela de ese pasajero del autobús suburbano cuando atravesaba los túneles subterráneos del distrito marrón, a todo color y con definición perfecta, ver qué llevaba en los bolsillos y en qué estado se encontraba su estómago.
Los átomos de paredes, techos y cualquier objeto que se cruzara en la línea de visión podían volverse inmateriales debido al chorro de radiación que se enviaba desde el satélite.
En realidad, no hablamos tanto de observaciones, que son actos pasivos donde nos limitamos a esperar a que la luz llegue a los aparatos que la registran, como lo que era en realidad, un bombardeo fotónico, un acto altamente invasivo, en el que un láser de baja frecuencia que podía graduarse a voluntad nos obsequiaba con la transparencia de cualquier superficie para nuestra visión.
Con el audio la cosa no funcionaba igual porque lo que recibíamos desde el satélite no era tanto sonido puro como vibraciones y oscilaciones en el aire, que se interpretaban informáticamente con una fidelidad del noventa y seis por ciento con respecto a los sonidos originales.
Daba igual con qué ciencia lo consiguiéramos, también podíamos escuchar lo que nos diera la gana.
Al final, todo se traducía en eso: verlo todo, oírlo todo.
La cantidad de energía que hacía falta para una vigilancia semejante durante varias horas requería de un vaciado casi completo de todas las baterías. El satélite necesitaría de algo menos de cincuenta horas de luz solar directa para recargarse por completo.
Me dio igual. Aquello tenía que verlo.
Crisis podía volar. Quizá no como su hermano, pero era rápida y maniobraba con gran destreza. Con su traje amarillo y negro casi parecía una avispa gigante sobrevolando las avenidas principales a una velocidad de infarto.
Shuriken, por su parte, se desplazaba corriendo.
Como una sombra. Si pestañeabas, lo perdías de vista.
Era rápido. Corría de esa manera suya tan particular, quiero decir, los brazos por delante de la cabeza y los pies muy por detrás, en una diagonal muy forzada, dando unas zancadas tales que las rodillas flexionadas podían rozarle el pecho.
Desplazándose de una sombra a otra y teleportándose dentro de esa oscuridad.
Podía emplear las sombras como si fueran parte de su propio ser.
En mitad de la noche, eso le servía para cubrir azoteas enteras en cuestión de segundos.
Ni siquiera le veíamos saltar al siguiente edificio; en lugar de eso, desaparecía en un momento determinado y, de repente, aparecía en el siguiente edificio, surgiendo de otra sombra.
Y había muchas sombras en las azoteas, por lo que lo perdíamos de vista a menudo.
Las visualizaciones térmicas tampoco nos brindaban mucha ayuda: Shuriken no despedía calor. Como si fuera un fantasma.
Cabría pensar que Crisis se apresuraría para llegar al lugar acordado mucho antes que el escurridizo ninja.
Pues bien, no era así. Shuriken llegó casi al mismo tiempo al edificio situado enfrente del que pretendían asaltar.
La azotea donde se juntaron era fría y oscura, de un ladrillo que parecía casi negro en esa gélida noche.
Los dos hincaron su rodilla en el suelo, miraron al frente y se agazaparon contra la cornisa, clavaron los ojos en el edificio que tenían delante, a unos sesenta metros de distancia, sólo cuatro plantas más bajo que aquel en el que se encontraban.
Se trataba del célebre hotel L’Héritage Royal: desde un punto de vista arquitectónico, una caja casi perfecta, dividida en cubos con cristales de diferentes composición y reflectancia en cada una de sus caras exteriores.
Por dentro era un edificio normal (en el sentido de que no estaba dividido en cubos), pero, por fuera, se semejaba a un cubo de Rubik de cristal.
La planta que les interesaba era la superior, especialmente la suite presidencial, de las dimensiones de una cancha de baloncesto, con todos los lujos que cabría imaginar, incluyendo un jacuzzi gigantesco, una cama redonda de cuatro metros de diámetro y un juego de luces discotequero, que, cuando ellos tomaron posiciones, ya se había encendido.
—Obsérvalos con detenimiento —susurró Shuriken—. Contempla su verdadera naturaleza.
Crisis no dijo nada. Se llevó a los ojos unos diminutos prismáticos, que extrajo de uno de los compartimentos de su cinturón, y estuvo un tiempo estudiando el terreno.
Los cristales exteriores del edificio eran de espejo, por lo que los prismáticos debían contar con tecnología de tomografía de microondas o bien asimilación de pauta sincrónica. Los suprAdalides siempre disponían de tecnología punta.
—Nueve guardaespaldas —comentó ella—. Seis repartidos por los pasillos anexos a la suite , con subfusiles de 5,7 x 28 milímetros, y tres matones en el interior de la habitación.
Los de dentro están cruzados de brazos porque no llevan subfusiles, pero esos pistolones de gran calibre abultan mucho bajo el tejido de sus trajes negros. ¿Gafas de sol? ¿En serio?
—Uf —bufó el ninja—. Sus amos se sienten así menos observados. Es… gracioso, si lo piensas.
Shuriken contemplaba la escena sin ningún tipo de artefacto de aumento.
—Los tipos importantes brindan —siguió informando Crisis—. Champán. Es raro porque el que acompaña al caucásico parece árabe. No debería beber alcohol.
El ninja se incorporó un poco. Revisó parte de su equipo.
—Por mucho que digan que no, hay más de un islam. Ese hombre tiene una visión muy personal. —Su cinturón estaba lleno de compartimentos. Los revisó todos. Además, tenía pliegues ocultos en la zona lumbar y tras los omoplatos, donde ocultaba muchos más objetos—. Avísame cuando lleguen los postres.
—¿A qué te refieres? Los tíos se han puesto las botas. Mira esa mesa llena de comida. Han arrasado ellos dos con un banquete para seis comensales. No creo que vayan a tomar postre. Diría más bien que se van a poner hasta el culo de champán.
—Continúa observando.
Crisis le obedeció y, tras un par de minutos, cuando los dos hombres importantes se levantaron y se dieron palmaditas en el hombro, el eurotano dio instrucciones a uno de los guardaespaldas, que salió de la habitación.
Crisis observó con detenimiento hasta que frunció el ceño y se incorporó un tanto. Apartó los prismáticos, como asombrada por algo, pero sin ellos no podía ver mucho, así que volvió a colocárselos delante y enseñó los dientes, muy apretados.
—Hijos de puta —gruñó.
Shuriken continuó ajustándose las correas a su ligerísima armadura negra de nanoplacas y tejido de Nolex.
—Correcto. Son los postres —explicó el shinobi japonés—. Y te garantizo que se los comerán. Después de saborearlos. Y no estoy hablando metafóricamente. ¡Eh, chica! ¡Mírame!
Crisis lo hizo, la rabia en sus ojos podía verse con claridad milimétrica desde las cámaras del Pretor-10.
—Si empezamos con esto —comentó Shuriken—, tendremos que llegar hasta el final.
—Oh, sí.
—Nos aplicaremos a fondo. Máximo castigo. Ya sabes lo que eso significa.
—¡Oh, sí —bramó ella—, vaya que sí, coño!
—Revienta el cristal endurecido y apaga las luces del techo —ordenó el ninja—. Deja las lámparas de los muebles y las mesitas encendidas, quiero un buen juego de luces y sombras. Dejaremos a los dos principales para el final. Cuidado con los postres. ¿Alguna pregunta?
—¿A qué estamos esperando?
—A nada, Inga. Lánzate.
Y, entonces, ocurrió.