10. Ojos en todas partes
Ojos en todas partes
Conducción de las entrevistas a cargo de la magistrada Sarah Largo.
—Señor Grimaux, usted ha sido desde siempre un luchador. Aún conserva alma de soldado. No dudo de que usted dirige el Espolón como un oficial responsable y comprometido, calibrando bajas y estudiando minuciosamente cada uno de sus planes. Sus subordinados le tienen en un pedestal.
—Gracias.
—¿Cómo lo hace? Para su equipo, usted es casi como un mesías. Se suicidarían si usted se lo pidiera.
—No diga tonterías, magistrada Largo. Yo sé cuál es el valor de una vida humana y, por ello, cuando veo el desprecio con el que los suprahumanos con licencia oficial ejercen sus funciones como protectores del mundo, no puedo más que sentirme indignado.
Mi gente me importa. Cuido de ella. Los chicos notan esa preocupación. Saben que yo daría mi vida por ellos.
—Oh, ¿no exagera usted?
—Puede pensar lo que quiera, señora.
—¿Qué puede decirme del código B234T?
—Nada.
—Tengo permiso para saberlo. Se lo estoy preguntando, superintendente. O podría anotar en mi informe su escasa participación.
—De acuerdo, anote en su informe mi escasa participación.
—Si se pone así, me veré obligada a solicitar todos los registros de las cámaras de La Aguja. Sólo tardaré un poco más de tiempo, pero conseguiré la orden. Lo averiguaré todo, incluso lo que no estoy investigando.
—Adelante, pues. Averígüelo todo.
Informe oficial a cargo de la magistrada Sarah Largo.
En la sala de monitorización, con varios operarios a su alrededor atentos a casi un centenar de pantallas de gran tamaño y monitores con gráficos informativos de todo tipo, la pose firme e imponente que caracterizaba al superintendente Gilbert Grimaux, con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas, podía hacerle parecer metahumano: un muñeco de acción articulado de dos metros, a pesar de ser una persona perfectamente corriente.
O, al menos, no suprahumana, ya que persona corriente tampoco es una buena definición para este hombre.
Con un traje de corte clásico tan negro como su epidermis, sobre una camisa blanca como el mechón de canas que destacaba a la altura de las sienes, y con las profundas arrugas en torno a sus ojos y mejillas, Grimaux ya iba teniendo una edad.
Cada año era un multiplicador de su carisma.
Su dinamismo al hablar y moverse dejaba claro que se cuidaba y que su forma física era envidiable, aplicando a cada aspecto de su vida, desde respirar hasta comer, leer, hablar, caminar o lo que fuera, un grado de intensidad que parecía no tener fin.
Seguramente fuera intenso incluso mientras dormía.
Grimaux contemplaba la pared ocupada por al menos un centenar de enormes pantallas mientras daba instrucciones sin cesar.
Que la propia sala de monitorización fuera monitorizada resultaba paradójico.
En las imágenes que yo podía ver, el superintendente espiaba a Crisis, es decir, Inga Diamandis, a través de los monitores.
Tenía un equipo ocupado en seguir sus pasos.
A través de las pantallas, de un pasillo al siguiente, se podía observar a la joven suprahumana caminar hasta sus dependencias privadas.
Era un seguimiento realizado en directo.
Una puerta automática se abrió a la espalda de Grimaux, quien supo que se trataba de Leonardo Barta, su supervisor de seguridad, antes de verle.
—Leo —dijo, sin girarse siquiera.
Es posible que identificara su colonia.
—La reunión de Facción Zero ha terminado —anunció el supervisor de seguridad—. Cuarenta minutos en total.
El sonido se escuchaba con claridad meridiana a través de los micrófonos de condensador de amplia membrana. La definición de las cámaras era 5K. Los espías, espiados.
Barta hizo un movimiento con su tableta digital para enviar el informe al teléfono móvil del superintendente y éste debió de sentir una pequeña vibración en el aparato que descansaba en el bolsillo interior de su chaqueta, porque lo extrajo y comprobó la pantalla.
—Excelente, Leo.
Grimaux no podía monitorizar lo que ocurría en la sala de reuniones de Facción Zero ni en las dependencias personales de los suprAdalides.
Sin embargo, seguía los pasos de cada miembro del supergrupo por los pasillos, las salas de recreo, los demás departamentos y, lo que era más importante, sus salidas y entradas de La Aguja.
Algunos Zeros disponían de capacidad de vuelo y, debido a eso, podían salir desde sus propias habitaciones a través de los enormes paneles que hacían las veces de ventanas, pero al menos dos de ellos, Réquiem y Shuriken, debían acceder a los hangares superiores para salir de La Aguja en Skyzenith. Eran los no voladores.
Crisis permaneció en su cuarto en torno a diez minutos antes de volver a salir y dirigirse a los turbo-ascensores. Grimaux la monitorizó en directo y yo, a ambos, en diferido.
—Te apuesto mil de los grandes, Leo —comentó el superintendente—, a que la hermanita va a hacer otra de sus rondas nocturnas.
—Muy propio de suprAdalides independientes. Por mucho que sea una integrante de Facción Zero, parece que no se le quita la costumbre.
—Y menos ahora, que está haciendo acercamientos a Shuriken. Con quien estoy seguro de que se reencontrará en el exterior. Con todo, no es ilegal. Está mal visto y se entiende que es un derroche de recursos, pero no se les puede impedir que lo hagan. A Decurión no le gustará. A mí, tampoco.
El supervisor de seguridad Leo Barta toqueteó la pantalla táctil de su aparato, sin levantar la vista mientras hablaba.
—¿Preparo un escuadrón de drones espías para seguirla?
—No.
—¿Señor?
—Esos drones son troposféricos y no son eficientes a más de mil quinientos metros.
A esa distancia, Shuriken podría detectarlos.
No, he pensado en algo un poco más drástico.
—Puso una mano en el hombro a uno de los operarios que estaba frente a una computadora con cuatro pantallas de visualización holográfica—.
Bernard, ponme con la señorita Bogdanove.
—Enseguida, señor.
El supervisor de seguridad negó con la cabeza.
—Señor, con el debido respeto, ¿de verdad va a sacar de su órbita un Pretor-10 para espiar a la pequeña Diamandis?
—Leo, puedes retirarte.
—Esos satélites tienen una función estratégica fundamental, si los empleamos para…
—Leo… —dijo mirándole con intensidad—, puedes retirarte.
Y el supervisor de seguridad se retiró de la sala. En cuanto las puertas automatizadas volvieron a cerrarse, la reguladora orbital, Petra Bogdanove, apareció en uno de los monitores del operario sobre el que Grimaux aún apoyaba la mano.
—Superintendente.
—Señorita Bogdanove, ¿cree que podríamos sacar del curso de su órbita el Pretor-10 con identificación Z12DR3 y colocarlo sobre Odeon? Seguro que sí. ¿Y cree que podría hacerlo en menos de doce minutos? La orden se registrará con el código B234T.
—¿Tenemos permiso gubernamental?
Por lo que las malas lenguas afirmaban, una de las cosas que más enfermaba a Gilbert Grimaux era que la Ley de Aserción Púrpura sólo fuera atribuible a suprAdalides oficiales y no al Espolón o, por lo menos, no a él, superintendente de la organización más poderosa de toda Eurotania.
De ser así, no tendría que pedir un permiso gubernamental para monitorizar a los propios suprahumanos con los que trabajaba conjuntamente.
—Las gestiones administrativas —respondió Grimaux— no le competen, señorita Bogdanove. En teoría, usted sólo está ahí para ejecutar las órdenes que reciba y, en la práctica, me gustaría que hiciera justamente eso.
—Lo sé, señor, y lo siento, pero no me gustaría tener que verme implicada en otro caso parecido al del Destacamento-W.
Ahí la pobre reguladora orbital del Espolón metió el dedo en la llaga.
El caso del Destacamento-W salpicó a todos.
Ese supergrupo había sido oficializado por la administración federal anterior.
Una banda de desmañados, irresponsables y lujuriosos hijos de perra que jamás se tomaron en serio su función como suprAdalides.
Se aprovecharon de su popularidad para convertir sus vidas en una constante y desfasada orgía, por no hablar de que sus misiones oficiales solían acabar… mal.
Gilbert Grimaux conocía perfectamente la capacidad espía de los satélites Pretor-10, que podían ver a través de más de cincuenta capas de muro sólido, con un zoom casi telescópico capaz de detectar las pulgas de un perrito faldero en un búnker antinuclear.
Así, sometió al Destacamento-W a una extensa y amplia monitorización, obteniendo un dosier de más de dos mil cuatrocientas páginas con todos los excesos cometidos por el grupo durante un único mes.
Sirvió para convencer a la siguiente administración, la de la actual primera ministra Morris, de que debía disolver el supergrupo.
Los resultados exculparon los medios empleados.
El superintendente utilizó los satélites sin los correspondientes permisos y a nadie le gustó eso.
A nadie. No obstante, se corrió un tupido velo en torno a Grimaux y sus procedimientos, ya que las pruebas obtenidas eran escandalosas y la máxima autoridad del Espolón mantuvo a la prensa en un total desconocimiento de lo ocurrido.
Incluso se tomó la molestia de facilitar una explicación verosímil y poco polémica para dar a conocer a la opinión pública el motivo de la disolución del Destacamento-W que, por supuesto, se utilizó.
A pesar de que todo salió bien, por lo visto, el superintendente odiaba tener que hablar del asunto, un tabú a todas luces para cualquier empleado del Espolón.
—Señorita Bogdanove, nada de esto trascenderá, se lo garantizo. Ahora ejecute la orden y haga un seguimiento exhaustivo de los sujetos conocidos con los nombres en clave Shuriken y Crisis. Transferirá las imágenes del satélite directamente a mi tableta personal. ¿Necesita que le aclare algún punto?
—No, señor. Un momento, por favor. —Se pudo escuchar el sonido de un tecleo a través de los altavoces—. Ya está. Transferencia en directo, retardo de menos de una décima de segundo. ¿Desea alguna cosa más, superintendente?
—Únicamente que se borren todos los archivos de imagen y sonido que se registren desde este preciso instante.
—¿No desea guardar una copia de seguridad?
—No, señorita Bogdanove. Asistiremos en directo a lo que sea que vaya a ocurrir y, tras eso, se perderá todo. ¿Lo ha entendido?
—Perfectamente, señor Grimaux.
Al momento, el superintendente del Espolón salió de la gran sala de monitorización, sin dejar de contemplar su tableta.
Entró en su despacho y no se dejó ver durante cuatro horas.
Las imágenes que captó el Pretor-10 son irrecuperables.
Nadie sabe qué se registró, salvo el superintendente Grimaux y los propios supras que intervinieron en la acción.
—Superintendente Grimaux, de nuevo por aquí. Ya hemos visto los vídeos. Nos ahorraría un montón de tiempo si decidiera contarnos lo que queremos saber.
—¿De veras cree eso?
—Usted autorizó, sin los permisos correspondientes, un uso de vigilancia no programada de nada menos que un satélite Pretor-10. Sólo por eso ya podemos iniciar un proceso legal que acarrearía su destitución y el fin de su carrera. A no ser que me diga qué fue lo que vio.
—Una misión no oficial de Shuriken y Crisis. No era una patrulla corriente, ya sabe, de esas en las que salen a ver qué pasa e intervienen cuando son necesarios. Algo propio de los justicieros de poca monta. No. Shuriken tenía un objetivo y ambos fueron directos hacia él.
—¿Qué objetivo era ése?
—Iban a castigar a los chicos malos.
—¿A quiénes?
—A los que nadie puede castigar.