SuprAdalid 9. Otra realidad #3
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9. Otra realidad #3

—Resolveremos esto después. Aún recordaba cosas del mundo real. ¿Cuánto tiempo le queda antes de convertirse en un ciudadano más del mundo exterior?

Hice un cálculo rápido.

—Si ha salido tres veces ahí fuera, llevando una gorra antipsi que él creía que le ofrecía protección durante una hora, se entiende que ha sido ése el tiempo que ha estado fuera del laboratorio en cada ocasión.

El chico no es del todo estúpido, aunque el doctor discrepe al respecto.

Si ha estado en el exterior protegido un cuarto de hora de cada sesenta minutos, con tres escapadas en total y los recuerdos de nuestra misión y nuestras identidades, pero no elementos importantes de nuestra historia, tales como guerras mundiales y la gran pandemia de hace unos años, me atrevería a garantizar que su memoria ha sido casi totalmente corrompida por la corriente telepática.

No le doy más de dos días antes de que su cerebro acepte la influencia psíquica exterior.

—¿Podría llegar a olvidarse de nosotros, de nuestra verdadera identidad? A fin de cuentas, ya hemos comprobado que, para el mundo exterior, nuestro laboratorio secreto no es más que un simple observatorio astronómico.

—Podría despertar y aceptar la nueva realidad del mundo, donde nosotros no tenemos lugar, o incorporar la información acerca del verdadero propósito de este proyecto a la mentira exterior como un dato de excepción.

—Debemos averiguar todo lo que podamos sobre esa chica con la que ha estado quedando. Esperemos que no le haya contado nada de lo que hacemos aquí.

—Doctora, yo soy el más capacitado para hacerme cargo.

—Andros…, déjame que lo piense, ¿vale?

El niño-adulto se revolvió en su carricoche.

—Sea como fuere, hemos permitido que ese escuchimizado salga del laboratorio. Y-NO-PUEDE-REPETIRSE. Joder.

Es cierto que las medidas de seguridad llegaban a ser extremas para todo tipo de visitas sorpresa exógenas y eso incluía sensores de alta tecnología, láseres invisibles de detección, trampas de escudo, hordas de drones incapacitantes y armas automáticas de gran calibre ocultas que se activaban al paso de intrusos.

A pesar de todo, para los cuatro miembros del Proyecto Caribdis, el acceso y la salida del perímetro de seguridad no requerían de muchos y farragosos pasos.

Hasta la fecha, se fiaban los unos de los otros, por lo que no hacía falta que nadie interpretara el rol de policía.

Mal pensado. Sol Navar era joven y alocado. Existían miles de estímulos que podrían conducir a una persona de su edad a escaparse del laboratorio para disfrutar de lo que fuera que ofreciese el mundo exterior. Tendríamos que haberlo previsto.

Y, en ese momento, ya había caído. La influencia telepática externa le había transformado en un ciudadano más del mundo actual.

Completamente integrado en un planeta donde sólo se había producido una guerra mundial, la Supraguerra, donde los suprahumanos habían brotado como por ensalmo a principios del siglo XX y cambiaron todo: la historia, la política internacional y el equilibrio entre potencias.

Un mundo con unas leyes científicas propias, donde auténticos imposibles se hacían realidad.

Un mundo sin Benedict Cumberbatch, entre otras muchas cosas.

Lo que pasaba ahí fuera no era una simulación, era real.

Y el Proyecto Caribdis pretendía alterar aquella realidad y devolver al planeta su auténtica historia.

La doctora Vega se guardó la pistola hipodérmica en el bolsillo y se ajustó las gafas ya limpias.

—Muy bien, papá —dijo—, diseña ese fusil tuyo de aire comprimido para que lance pelotas a la velocidad del sonido. Hasta que no superemos esta fase no podemos pasar a la siguiente. Y necesitamos seguir avanzando en nuestra misión. ¿Andros?

—¿Sí, doctora?

—Encierra a este capullo en el gimnasio —dijo señalando el cuerpo inconsciente con un movimiento de barbilla—, traslada las dos máquinas expendedoras allí dentro, que tenga algo que echarse al gaznate.

Después, cambia la clave del panel de acceso de esa puerta y que se convierta en su celda particular.

Espero que Sol colabore y nos dé toda la información pertinente sobre esa chica a la que ha estado viendo fuera.

Si se pone melindroso, Andros, entra ahí y rómpele cosas.

Luego cúralo, por Dios. Cuando nos haya dicho cómo localizarla, tendremos que ir a por ella y averiguar qué sabe sobre nuestro proyecto. Ojalá haya sido prudente.

—¿Van a prescindir del gimnasio? A usted le viene muy bien, doctora, y a su padre, en fin, mañana o pasado dejará de ser un bebé. En una semana su cuerpo será como el de un niño de ocho años. Tendrá mucha energía y ganas de corretear por ahí.

—Por el momento, nos apañaremos con lo que tenemos. Debemos reactivar el reactor y comprobar qué pasa cuando lanzamos un objeto a unos quinientos kilómetros por hora.

Se hurgó en una muela con un dedo y, cuando lo sacó de allí, escupió algo diminuto.

—Doctora… Con respecto a Sol Navar, ¿qué pasa con sus otras necesidades?

—Llévale un cubo.