9. Otra realidad #2
La mujer se giró para contemplarme en detalle.
Su obra maestra de aspecto antropomorfo.
Yo tenía la capacidad de tomar la iniciativa hasta límites difíciles de computar, si era mi deseo.
Sería capaz de idear nuevos caminos y de improvisar, con tal de cumplir los deseos de mi diseñadora.
O porque se me antojara, que era más probable.
¿Torturar hasta el borde de la muerte al chiquillo para sonsacarle toda la información?
Por supuesto que lo haría. ¿Luego lo curaría?
Probablemente, también. Mis conocimientos sobre el cuerpo humano y mis capacidades para la cirugía me habilitarían para eso y mucho más.
Por Andros, como proyecto en sí, la doctora Vega merecería un Premio Nobel.
Y, además, era hermoso en cierta manera, un Adonis de piel azul celeste con facciones y musculatura perfectas.
Dotado para… cualquier eventualidad. A pesar de que no era más que otro medio para un fin, la doctora habría confesado, de habérselo preguntado, que estaba del todo encariñada de mí, su humanoide artificial.
Aun así, también la asustaba. No siempre, desde luego, aunque a veces lograba horrorizarla, de forma completamente accidental. Como en ese instante.
—Andros, no. Déjame esto a mí. —Se volvió hacia el muchacho, le puso una mano sobre la cara y con la otra chasqueó los dedos delante de su nariz—. ¡Eh, céntrate, chaval! ¿Me escuchas? Te estoy preguntando si me escuchas.
—Sí, sí, por favor…
—Está bien. Empecemos por algo fácil. ¿Qué crees que estamos haciendo aquí?
Sol la miró como si le estuviera preguntando: «¿Para qué sirve la comida?».
—Esto es… es el Proyecto Caribdis, claro. Estamos intentando crear un portal teletransportador.
—De acuerdo, no está completamente ido. ¿Y yo soy?
—La doctora Christelle Vega.
—¿Cuántas guerras mundiales ha habido en el mundo?
Sol rio amargamente, debatiéndose entre sentirse ofendido y expresar lástima.
—¿Me está tomando el pelo? ¡No pienso seguir tolerando esto! No soy becario y, aun siéndolo, tampoco lo permitiría, y he demostrado que, para mi edad, soy perfectamente capaz de desempeñar las funciones de mi puesto.
—Responde a la pregunta, Sol, es importante.
—¿Es que acaso no lo sabe?
—Yo sé cuántas guerras mundiales hubo en realidad, te estoy preguntando cuántas crees tú que se declararon.
El chico se revolvió, apartando a manotazos a la doctora.
—Se acabó, me marcho. Dejo este manicomio.
Fue entonces cuando le agarré de una muñeca y se la retorcí en un gesto tan preciso y brutal como vertiginosamente rápido. Cuando se quiso dar cuenta, estaba de rodillas con la mano contra el coxis. Sin aflojar mi presa, le hablé al oído desde atrás.
—Responde a la pregunta o aplicaré presión de aplastamiento y te romperé el radio y el cúbito. Tienes tres segundos, dos segundos…
—¡Una! ¡Ha habido una única Gran Guerra!
—En cuanto sintió que yo liberaba su muñeca, Sol se tiró al suelo y giró sobre sí mismo para visualizar desde abajo a sus superiores—.
¿Cuántas querríais que fueran? ¡Con una fue suficiente!
—Se frotaba la muñeca dolorida con angustia—.
Y en los libros de texto la llaman «la Supraguerra», no…
¿Cómo la habéis llamado? ¿«Guerra mundial»? ¡Hubo países que no participaron!
Me crucé de brazos con expresión pasiva. No pensaba hacer nada que no me ordenara la doctora. No podía llevar a cabo las acciones que mi lógica me empujaba a realizar sin entrar en conflicto ético con la mentalidad de la familia Vega, allí presente.
—Ya ha hecho mella en él —afirmó nuestra jefa de proyecto—. La influencia exterior podría alterar toda su memoria en cuestión de horas.
Luego puso cara de estar oliendo un tufo horripilante y se quitó las gafas para limpiárselas. Estaba haciendo un esfuerzo inmenso por no ponerse a romper cosas o esputar insultos como una loca. Lo sabía con solo observarla.
—Tenías razón, papá.
—Tengo un detector de idiotas, qué quieres que te diga.
—No, me refiero a que esto acabaría pasando.
Que uno de nosotros tocase el botón que no debe y el campo de anulación electromagnético se interrumpiera por algún motivo incierto…
o que alguien no soportase más y saliese al exterior.
Había demasiadas oportunidades para el caos.
Y aquí estamos. Con uno menos. ¡De acuerdo!
Lo primero es lo primero. Sol, cariño, ¿me prestas atención?
Sí, bien. Responde a esto: ¿cuántas veces has salido al exterior?
—Tres.
—¿Seguro?
—Fueron tres.
—¿¡Y para qué demonios ha sido necesario que…!?
—¡Papá, déjame a mí! Vale, Sol. Ni caso al pequeño gruñón. Así que has salido fuera del laboratorio tres veces. Sabes de sobra que Andros puede disfrazarse y salir a conseguir lo que sea necesario y que su memoria no se ve afectada por la influencia exterior, ¿lo sabes?
—Había una chica.
—¡Estúpido mentecato! —dijo la voz infantil desde la oscuridad del carricoche supertecnificado.
—Típicamente humano —añadí yo.
—¡Callaos los dos y dejadme hablar con el chico, ¿queréis?
! —La doctora Vega resopló. Ella misma tenía los puños cerrados, dispuestos para estrellarse contra esa mejilla veinteañera en cualquier momento—.
Sol, cielo, recuerdas el año 2020, supongo.
No fue hace tanto, así que seguramente podrás decirme cuál fue el acontecimiento más importante a nivel internacional.
Afectó a todo el mundo. ¿Recuerdas qué fue?
—Por supuesto que lo recuerdo. El Incidente Ultrazero. Dos de los más importantes supergrupos oficiales se enfrentaron en Yunnan, ocasionando un incidente internacional que podría haber provocado una Segunda Supraguerra.
Los otros tres miembros del Proyecto Caribdis le contemplamos con lástima.
—¿No recuerdas ninguna pandemia? Esfuérzate en recordar.
—¿Pandemia? ¿Dónde?
—Vale, última pregunta: ¿sabes quién es Benedict Cumberbatch?
Su ayudante frunció el ceño y se concedió unos segundos antes de responder.
—¿Le importaría repetirme el nombre?
—A la mierda.
La doctora sacó del bolsillo de la bata una pistola hipodérmica y se la puso en el cuello al chico a una velocidad inesperada.
Al apretar el gatillo, una dosis de suero somnífero especial entró en el torrente sanguíneo del joven como un veneno de serpiente de manera tan rápida que apenas le dio tiempo para prorrumpir:
—¿Por qué demonios ha…?
Y cayó al suelo inconsciente hecho un guiñapo sobre un manojo de cables y manguitos de goma.