SuprAdalid 9. Otra realidad
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9. Otra realidad

Otra realidad

La doctora Vega dio unas palmaditas.

—¡Sííííí!

La pelota de tenis había atravesado el primer portal y había aparecido instantáneamente en el segundo sin descenso de velocidad aparente.

El vómito cuántico formado tras las puertas no se comportó como un medio líquido al recibir el objeto.

En realidad, resultó ser un compuesto gaseoso.

Una grieta en la bruma de la realidad. El Tejido.

Sol Navar, autor del raquetazo, se puso a dar saltos como un crío que acababa de ganar por primera vez a su padre en la pista de tenis.

—¡Eureka! ¡Eureka! —Cuando se tranquilizó, se frotó la barbilla, pensativo—. ¿Qué ha pasado?

La pelota seguía dando botes con normalidad hasta que la intercepté con mi pie artificial y la detuve contra el suelo.

Al recogerla de debajo de la suela la observé con cuidado.

Mis ojos la contemplaron mediante la aplicación de varios filtros y, al final, sirviéndome de un zoom microscópico de inconmensurable potencia, profundicé hasta la escala atómica.

Literalmente dejé de ver, para sentir más bien la realidad física.

—Adelante, Andros —me instó la doctora Christelle Vega—, águanos la fiesta.

—No obtengo ningún placer al hacerlo, doctora Vega. Pero sí. Puedo observar que falta masa. Una cantidad considerable de materia, de hecho, aunque sólo desde un punto de vista subatómico. La pelota podría parecer perfectamente normal a vista de humano.

—¿Es preocupante? —preguntó el joven Sol, a quien ya no le quedaba un ápice de buen humor.

Hice botar la pelota amarilla. Botó muy bien.

—Para una persona podría ser muy preocupante —respondí—.

La materia faltante ha sido aniquilada del todo.

No ha habido transmutación en energía ni una liberación en forma de radiación.

La pelota tenía una estructura concreta al atravesar el Portal-A y al menos un uno por ciento de su composición completa se ha desintegrado al salir del Portal-B.

Esa desintegración se ha producido en la estructura completa del objeto, no ha sido localizada en una región específica, lo que significa que…

el proceso de desintegración atómica, por llamarlo así, ha retirado de la pelota un total de un átomo de cada cien de todas partes, en el reparto equitativo más sensacional que estos ojos sintéticos hayan visto nunca.

La sopa que generan los portales ha digerido esa masa o, si aceptamos esa teoría, el hiperespacio.

Si trasladamos ese resultado a… su cuerpo, doctora Vega, por poner el ejemplo de alguien, esa masa desaparecería de todas las partes que la componen.

El hueco sería ocupado por los átomos restantes con precisión.

—Te entendemos, Andros. Estás diciendo que yo ni me enteraría.

—O sí. Hay que insistir en que la aniquilación se produciría equilibrada y matemáticamente en el conjunto total. Sangre, nervio, piel, gases, en fin, un uno sobre cien de su cuerpo, doctora, teniendo en cuenta que… ¿Cuánto pesa usted? ¿Setenta kilos?

—Sesenta y uno. ¿Tengo pinta de pesar nueve kilos más?

—Sólo ha sido una pregunta.

—Calculas muy bien cuando quieres con esos ojos tuyos. ¿Setenta kilos, en serio, cafetera hija de puta?

Como androide podía y debía hacer caso omiso de insultos proferidos por humanos, así que hice girar la pelota sobre la palma de mi mano metálica, pasando bastante de todo.

—Un uno por ciento para usted supondría salir del Portal-B pesando sesenta y nueve kilos con trescientos gramos, lo que podría parecer poca cosa, si bien esos setecientos gramos faltantes podrían reducir su capacidad pulmonar, cardíaca, neuronal y, quién sabe, incluso su estatura un centímetro y pico.

Las consecuencias podrían ser catastróficas.

Un uno por ciento es… demasiado. Le sugiero que si va a ser nuestra teletransnauta permita que afinemos el experimento.

El doctor Lornias Vega, desde su carrito teledirigido, se asomó al borde de su banda de protección usando sus manitas y adoptó el tono más solemne que fue capaz.

—Podríamos utilizar Nyxium, mi último invento. Es mío y estoy muy orgulloso de él. Que sirva para algo.

—Papá, deja ya tu nueva aleación. No nos sirve de nada.

—Su estructura molecular es única, maldición.

Es un inventazo, no lo digo porque sea mío.

Podríamos lanzar al portal una pelotita de sesenta gramos de Nyxium y ver qué pasa.

Además, deberíamos aumentar la velocidad.

¿Qué os parece? En lugar de que un pardillo pichafloja dé con la raqueta a una pelota, podrías ser tú, Andros. ¿Con cuánta fuerza podrías pegarle?

—Podría emplear una superfuerza equiparable a la de un suprAdalid. Romper la red de la raqueta, la pelota; en fin, dudo mucho que necesitemos tanta fuerza.

—Lo que hace falta —indicó el doctor bebé— es más velocidad.

No digo que ahí esté la solución al problema.

El rover lunar entró a una velocidad de quince kilómetros por hora y no resistió el estrés físico al que lo sometió el umbral.

Sí, fue un efecto distinto porque la calibración era diferente.

Hipotéticamente, ahora las puertas están ajustadas con una configuración mejor.

Cuanto más tarde el objeto en atravesar el pórtico, más efecto de desintegración nuclear sufrirá.

—Mayor velocidad, menor pérdida de masa —repasé—. Podría ser. O podría no ser, doctor. En este momento todo es posible.

—Yo tengo un arco de competición. Y flechas. —El joven ayudante se metió las manos en los bolsillos de su bata de científico—. Y lo de pichafloja ha sido gratuito, doctor.

Tiré la pelota de tenis por encima de mi hombro y me dirigí al muchacho.

—Me gusta. ¿Tienes el arco aquí? No, no creo que tuvieras algo así en el laboratorio.

El chico puso cara de tristeza.

—No. Lo tengo en mi casa.

—Y eso es equivalente a tenerlo en Marte.

—¡Está a sólo treinta minutos de aquí!

La doctora Vega esgrimió el bolígrafo que tenía alojado sobre la oreja derecha y se puso a hacer cálculos sobre una libreta de anillas repleta de anotaciones.

—Si le ponemos una gorra de membrana antipsi podría pasar ahí fuera quince o veinte minutos, porque está claro que no vamos a darle un casco completo y mucho menos una armadura táctica antipsi. No están diseñados para él.

La doctora obvió que semejante armadura llamaría la atención de toda la gente con la que se cruzara por el camino.

A pesar de todo, le extrañó la conducta de Sol. Había estado toda la mañana muy raro. Como obnubilado.

—¿Quince minutos ha dicho, doctora Vega? —preguntó el joven.

—Yo no creo que debamos dejarle salir —opinó el viejo Lornias Vega—.

Podemos construir un fusil de aire comprimido que lance otra pelota de tenis a la velocidad del sonido.

Yo puedo diseñar eso en un momento. Y tú, hija mía, puedes construirlo en…

¿cuánto? ¿Una hora? No merece la pena que este merluzo salga y se exponga a la influencia psíquica atmosférica por un arco de competición y un par de flechas. Por no decir que si…

—¿No eran sesenta minutos de duración? —preguntó Sol, muy desazonado—. Me refiero a las gorras.

—Podría salir con uno de nuestros aerodeslizadores —propuse yo, ignorando al muchacho.

—Todavía son prototipos —precisó la doctora—. Por no hablar de que podrían verlo decenas de testigos. Cientos, quizá.

Sol Navar se arrugó como un abrigo mal colgado de un perchero.

—Yo creía que las gorras duraban una hora —se lamentó.

Mi diseñadora y yo cruzamos una mirada. Llevé una de mis cejas de acero imantado hasta la mitad de la frente (un gesto propio de un dibujo animado, pero yo podía hacerlo) mientras la doctora Vega saltaba de detrás de una consola de mandos y se iba directa a por el joven ayudante, con su cabellera gris azulada agitándose a cada zancada y avanzando como un demonio furioso.

—¡Has salido, has salido fuera!

—Creía que las gorras de membrana antipsi duraban…

El chico se derrumbó sobre sus rodillas. La cabeza gacha y la espalda encorvada. Se diría que estaba a punto de vomitar.

—Una hora. Una hora. Por eso siempre he tardado menos de ese tiempo.

La revelación del joven dejó a todo el mundo atónito. Debería dar testimonio de su gravedad no sólo que hasta yo me preocupara de veras, sino que también sentí algo de humillación. No dije nada, pero mi silencio lo decía todo. Eran malas noticias.

El bebé con el cerebro de un anciano se puso a agitarse como un depredador furioso que ha caído en un cepo.

—¡Lo sabía, lo sabía! ¡Es idiota, os lo dije!

El chico abrió los ojos y nos miró a todos. Cuando la doctora por fin llegó hasta él, le agarró de una oreja y le puso en pie de un tirón.

—¿Cuándo lo hiciste? —Le agitó como a un muñeco—. ¿Cuándo saliste? ¿Cuántas veces lo has hecho?

Me acerqué y puse una mano sobre el hombro de mi creadora.

—Doctora, déjeme a mí. Yo le sacaré toda la información.

—Tú le harás trizas, olvídalo. No será necesario.

—Puedo curarle una vez haya terminado con él. Después de que haya confesado todo.