SuprAdalid 8. Alianzas #5
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8. Alianzas #5

Conocía de sobra los motivos por los que Portalus había sido expulsado de Ultraguardianes.

Ese sujeto les había dado docenas de motivos, a pesar de que la gota que derramó el vaso tuvo que ver con una mujer embarazada, una cama con correas y unas tijeras para podar el jardín.

Y que todo aquello estuvo a punto de hacerse público.

—No te preocupes por Portalus —le tranquilicé—.

Casi lo tengo en el bolsillo. Es cierto que nunca sabrá muy bien en qué está metido hasta que se convierta en noticia de primera plana internacional y, aun entonces, quién sabe si no albergará dudas de qué va todo esto.

Pese a todo, su participación es fundamental. Y cooperará, te lo garantizo.

—A Gax también lo tienes controlado, supongo.

Gax. El suprAdalid que nunca había hecho gran cosa salvo existir. Que se retiró, o lo retiraron, por miedo a que sus facultades suprahumanas se desarrollaran excesivamente. Un tipo único, como único era su superpoder: hiperinteligencia.

Gax, el Hombre más Inteligente del Universo. Siempre tenía que haber uno de esos. Un individuo que era tan sumamente listo que trascendía el género humano. Que, cuanto más pensaba, más inteligente se volvía. Que jamás podría, en teoría, formar parte de un supergrupo.

Eran los suprahumanos que daban más miedo.

Gax no elucubraba mucho porque usar su habilidad suprahumana primordial le provocaba un dolor agudo que se extendía por todo su sistema nervioso y podía llegar a generarle espasmos de puro tormento. Literalmente, las neuronas le dolían. Así que no usaba su superinteligencia si no era necesario.

En esos momentos era un tipo que vivía como un hombre corriente, que usaba una porción diminuta de su cerebro para comportarse como alguien más bien cortito de miras y que disfrutaba dejando su mente en blanco la mayor parte del tiempo.

Sin Gax ni Portalus, no había plan. Los dos eran bombas de relojería con patas, cada uno a su manera.

—En realidad, Gax es el más fácil de amortizar —afirmé, tras unos instantes de silencio—.

La mayor parte del plan proviene de un esquema suyo.

La cuestión es que sólo haremos uso de su cabeza privilegiada en momentos críticos.

Creo que podría orquestar esta operación sin su ayuda.

El problema es la escala. Gax debe estar ahí, todo lo cerca que podamos tenerle, por si surgen imprevistos.

—Y surgirán.

—Seguro.

Miré la hora y dejé el vaso sobre una mesa.

De repente, me entró una urgencia innecesaria.

El viaje que me disponía a hacer esa misma noche y la persona que me aguardaba al otro lado del mundo me ponían los nervios de punta.

Y siempre me venía bien un poco de meditación antes de enfrentarme a semejantes encuentros.

—Oye, Caleb.

—Dime.

—Voy a colgar, me imagino que Apocalypsa, de la Legión Final, y Vesta, de los Protectores, no se echarán atrás en el último momento. No me fío mucho de ellas.

—Vesta es de fiar, te lo garantizo. Desde que comanda los Protectores, ese grupo se ha convertido en otra cosa.

Nada que ver con lo de antes. No es demasiado poderosa, ningún Protector lo es, pero eso lo compensa con una resolución impresionante.

Yo le confiaría la seguridad de mi familia.

Apocalypsa ya es harina de otro costal. Está loca, Julek. No sé hasta qué punto, pero lo está.

—Es la jefa de su equipo, gente que siempre ha sido de segunda división, lo he tenido claro desde siempre. Sin embargo, para que pongan a una demente al mando, muy mal deben de estar las cosas.

—Date cuenta de que cualquiera que no esté con nosotros se pondrá contra nosotros. Todo el mundo cuenta.

—Sí.

Tabris se puso la cámara delante de la cara. Todo su rostro ocupó la imagen, un tanto deformado por la perspectiva.

—Tengo pruebas que podrían demostrar que la primera ministra está auditando al Espolón. Hay una magistrada haciendo muchas preguntas. Se están oliendo lo nuestro y quieren saber si el Espolón sabe algo o incluso si forma parte de la operación.

—¿Crees que saben lo que vamos a hacer?

El Coronel Tabris se apartó un tanto el teléfono de la cara para dar un trago de cerveza.

—No del todo. Saben que hay un gran plan en marcha, Julek, por eso el gobierno tiene mil ojos y anda haciendo preguntas a todo el mundo. Cuidado con dar ahora un mal paso. No creo ni que imaginen lo que estamos a punto de hacer. Aun así, no subestimemos a nadie.

Tomé aire profundamente y lo exhalé despacio.

—Bueno, socio, recuerda lo de las veinticuatro horas. Si no vuelves a saber de mí, véngame en condiciones.

—Confía en mí.

—Aprendimos mucho de Yunnan, ¿verdad?

El Coronel Tabris ladeó la cabeza mientras tragaba saliva.

—Muchísimo. No volverá a pasar nada parecido.

No volverán a utilizarnos de ese modo para enfrentarnos entre nosotros.

Ahora elegimos a nuestros mejores adversarios antes que a nuestros peores aliados.

Mientras tengamos bien presente que los humanos corrientes que mandan nos venderán en cuanto tengan oportunidad, no nos volverán a pillar desprevenidos.

Y, dentro de muy poco, mi buen Decurión, tocará anticiparnos y tomar la iniciativa.

—Hacemos lo que debemos, Caleb.

—Hacemos lo que debemos, colega.

Ambos colgamos la llamada al mismo tiempo.

Medité la posibilidad de que esa madrugada pudiera ser el Día Cero de nuestro gran plan… o que, para antes de que amaneciera, ya estuviera muerto.