8. Alianzas #4
Era de suponer que cada Zero tendría al menos un teléfono móvil de ultimísima tecnología, producto que, en ocasiones, no estaba a la venta.
Mi segundo móvil, no oficial, era un 4ut0-Phon3 especial de una partida de tan sólo doce unidades que básicamente contaba con las mismas prestaciones que el último modelo vigente, con la salvedad de que sólo podía operar dentro de una red interna y creada exprofeso para esos aparatos específicos, incluso en una órbita satelital.
Incompatibles con cualquier otra forma de tecnología, carentes de entradas para periféricos convencionales y con un diseño poco atractivo, pensado para el campo de batalla.
Dicho de otra forma, mi otro móvil tenía su propio internet, era imposible de piratear y se suponía que funcionaría desde el espacio próximo a la Tierra.
Además, podía llevarse en el bolsillo en mitad de una guerra encarnizada de suprahumanos por su composición flexible, como una portada de libro en rústica.
Y, por un arte de birlibirloque científico que sólo unas cuantas personas en todo el mundo podrían explicar, jamás de los jamases se quedaba sin conexión.
Sólo unos pocos privilegiados disponían de uno de aquellos modelos.
Entonces llamé al Coronel Tabris, líder de Ultraguardianes. Videollamada de máxima definición.
Tras dos tonos, sonó la profunda voz del fundador y actual único miembro de la formación original del supergrupo.
Luego se activó la cámara y apareció ese enorme y veterano rostro negro con la cicatriz que partía el labio inferior y que, muy paradójicamente, el yelmo tecnificado de color negro con líneas de diseño doradas no ocultaba.
—Julek.
—Caleb.
—Me tienes en ascuas, socio. ¿Cuánto tiempo falta para lo nuestro?
—Poco. Muy poco. He recibido un mensaje de Ella. A través del 4ut0-Phon3.
—¿En serio? ¿No ha usado la telepatía esta vez?
—Creo que su poder psíquico está en las últimas. Ella está en las últimas. Y me ha dicho que vaya a verla.
—Es el fin, amigo mío. Adiós a los malditos telépatas. Estamos a un paso de la nueva era.
Abrí con la mano libre el mueble bar oculto tras una estantería de madera de roble de barniz antirreflectante y me dispuse a ponerme un trago de vodka helado.
—Aún no puedo estar seguro —dije, mientras manipulaba el tapón de la botella—. Sólo sé que cuando una de estas momias malvadas está a punto de expirar, pueden entrarle arrebatos de llevarse el mundo consigo.
El Coronel guardó silencio al otro lado de la línea. Tuve la sensación de que la imagen se había congelado por problemas con la conexión, lo cual era imposible con aquellos aparatos. Hasta que se quitó el yelmo y se pasó una mano rugosa por la cabeza rapada, pensativo.
—Tengo que ir esta misma noche —le conté, con un deje de preocupación en la voz—. Informaré a la sala de control de la base de que me llevaré un Skyzenith. Si no te llamo en veinticuatro horas, sabrás que esa bruja me la ha jugado.
—Podría estar escuchando esta conversación con su mente.
—Está muy frágil y, cada vez que usa sus dones telepáticos, se muere un poco más.
Si me ha llamado desde el teléfono, te garantizo que no estará en condiciones para efectuar una visión remota.
Créeme, Caleb, esa mujer me ha llamado para despedirse.
Si fuera a hacerme algo… inesperado…, estaría ahorrando fuerzas para hacérmelo en esta última visita. Es un todo o nada.
—Y en cuanto haya muerto…
—Comenzará nuestro plan.
Mostré mi vaso, humedecido por la condensación del vodka helado, y mi interlocutor hizo lo propio con una lata abierta de cerveza barata.
— Autre temps, autres mœurs —dijo Tabris, con su calva marrón oscura humedecida por una capa de sudor.
—Amén, cabronazo.
Y bebimos. Me serví un segundo trago casi al momento.
Una idea me corroía la mente. No sabía cómo enfocar el asunto. Tabris y yo no hablábamos de esas cosas.
—¿Cómo lo llevas con los tuyos? —le pregunté sin más—. ¿Son todos de fiar?
Ultraguardianes contaba con Julio Sorni, conocido mundialmente como Eón, un idealista como pocos.
Estaba con el Coronel Tabris casi desde el principio.
Buenas maneras, correcto (de un modo frío) y bastante poderoso.
Uno de los más poderosos del grupo. Nivel 8, si los informes del Espolón no erraban.
Casi seguro que Eón formaría parte de nuestro complot. Los demás eran un misterio.
Igual que ocurría con… los míos .
El Coronel Tabris me sacó de dudas enseguida.
—Están todos metidos en el ajo.
—¿Seguro? ¿Núcleo y Enigma también?
—No les he contado nada, por el momento.
Estoy convencido de que tendré que utilizar grandes cantidades de verborrea.
Aun así, formarán parte del plan. ¿Cómo no van a hacerlo?
Tengo sus trapos sucios guardados al fondo de un cajón, por decirlo así.
Ya sabes, como en las sociedades secretas.
—Se acercó el aparato al rostro hasta que sólo pude verle los ojos y el arranque del tabique nasal—. ¿Qué me dices de tu gente?
Yo habría preferido meter los pies en un río de pirañas con mandíbulas de titanio antes que responder con sinceridad, lo cual era un problema grave porque no me interesaba disimular la verdad. Llegados a ese punto, ser honesto era lo correcto.
—Yo… no me fío de nadie —confesé.
—Vaya.
—Verás, Crisis es demasiado joven y todo este asunto la va a sobrepasar.
Como a Predadora. Necesitarían años para hacerse a la idea y todo va a venirles de golpe.
Con todo, no las considero un gran obstáculo para nuestros planes, la verdad.
Réquiem es distinto. Lo veo metido hasta dentro en todo esto.
El factor ideológico le dará igual, pero una revolución no se lleva a cabo sin meter un buen montón de palos y él estará dispuesto a dárselos a quien no se aparte de su camino.
De la nueva, no sé qué pensar. Al ser novata tratará de adaptarse al medio y no hará muchas preguntas al principio.
Nos seguirá la corriente. Más adelante, ya veremos.
Y con respecto a Púlsar, será un problema.
Ahora sí lo será. ¿Te puedes creer que se está tirando a mi hermana pequeña?
Al Coronel Tabris se le atragantó la cerveza y estuvo tosiendo un buen rato.
—Vale. Ya estoy… ¿Y… no podrías aprovechar eso?
—No. He estado a punto de expulsarlo. Ahora ofrecerá toda la resistencia del mundo.
—¿Y el ninja?
—El puto ninja.
—Sí, me preocupa vuestro puto ninja.
—¿Y a quién no? A mi hermana, supongo.
—¿También él se la está…?
—¡No, joder! ¡No! —Lo pensé un poco mejor—. No sé, creo que no. Sería… desvelar mucho y Shuriken no revelaría tanto a nadie. Joder, Caleb, lo mismo tenemos que cargárnoslo antes de que todo empiece. No sé.
Tabris se rio con un timbre realmente grave y colocó su aparato sobre algún tipo de superficie, ya que lo vi levantarse y alejarse hasta salir del plano. Cuando reapareció, llevaba consigo una carpeta con un expediente clasificado, que abrió y se puso a ojear.
—Los miembros de Facción Zero seréis los hijos predilectos de Eurotania, el supergrupo principal del gobierno, pero nosotros también somos oficiales y a Gilbert Grimaux le caigo bien.
No sé si será una cuestión racial, ya que tengo entendido que en La Aguja no tenéis muchos chicos blancos en puestos destacados. Por lo menos, eso es lo que se rumorea.
—No te creas todo lo que oigas, aquí hay de todo.
—Qué lástima. Pensaba que acabar con el racismo pasaba por llevaros a todos los caucásicos a África y poneros a currar en las plantaciones de algodón egipcias de sol a sol.
Tabris rio, con aquel labio mal pegado y unos dientes enormes con alguna que otra pieza metálica.
Le reí el chiste a mi pesar. Sabía de sobra que la madre de Tabris, y también su abuela paterna, eran mujeres blancas.
El propio padre del Coronel, como él mismo, en lugar de nacer con el presumible tono de piel café con leche, exhibía una epidermis oscura y otras características de la raza africana.
—Ahora en serio —continuó el líder de Ultraguardianes—, hace unos meses, el Espolón realizó otra investigación exhaustiva para averiguar la identidad de Shuriken.
Ignoro cómo lo hace ese japonés infernal, el caso es que no deja que una sola partícula se desgaje de su cuerpo.
No hay ni una muestra de su ADN en toda la base.
Grimaux nunca se hizo ilusiones de conseguir sus huellas porque Shuriken debe de bañarse con los guantes puestos.
Posiblemente el tipo ni siquiera cague en La Aguja.
Así que…, tras meses de investigación, se ha designado una cuarta teoría con respecto a su origen y es que ni siquiera sea humano. ¿Te imaginas?
—Para nada. Te juro que ese ninja es humano. Es muy humano.
—Pues, entonces, es muy bueno.
—Puede que el mejor.
—¿Crees que podría contigo? Eres un Nivel 10.
Me habría gustado saber qué contestar. Estaba a punto de hacer una reflexión al respecto cuando el Coronel Tabris se me adelantó y continuó hablando.
—Pregúntale a la momia templaria quién es ese shinobi del demonio y aclárate de una vez. Y, por cierto, espero que tu hermanita la descarriada no la cague en el peor momento. Durmiendo con el enemigo y todo eso. Entiendo que será tu mano derecha. A tope con el plan. ¿O no?
Me bebí de un trago lo que me quedaba en la copa y me serví una tercera.
—Claro que sí. Por supuesto.
Tabris aplastó su lata de cerveza vacía con dos dedos y la dejó del grosor de una moneda.
—De Portalus es mejor que te encargues tú, Julek —propuso—.
Cuando lo expulsé del grupo casi lo mato a golpes.
No creo que le gustara la idea de que yo le propusiera, en fin, algo tan fuerte como nuestra operación.
Me diría que no sólo por ser yo. Obviando que, si vuelvo a tenerlo delante… , no sé, amigo mío, no sé qué le haría.