8. Alianzas #3
Si quería, sí que podía hacerlo. Tendría que mover algunos hilos, presentar un par de firmas relevantes y el resto de Zeros se enteraría de la noticia cuando Púlsar ya estuviera fuera del grupo y con su licencia oficial derogada (puede que mi hermana se enterara antes). Burocracia, sí, pero podía hacerlo.
Y estaba la opción, mucho más directa, de la votación Zero. Básicamente, si todo el grupo votaba algo, se cumplía en el acto. Fin. Se decidía en aquella sala y luego nos encargábamos de hacerlo oficial. Sin trámites farragosos.
—Podría pedir una votación para confirmar tu expulsión —dije, sin estar muy seguro de cuál sería el resultado, pero, como él tampoco lo podría calcular con precisión, esa posibilidad podría resultarle temible—.
Te garantizo que no es lo que quiero, Púlsar, pero no me dejas otro remedio.
Ahora Facción Zero ya no es ese circo que fue en su día.
Te sugiero que lo medites, si es que lo has… olvidado.
—¿Pedirías una votación para decidir mi expulsión por prestar mi imagen a una empresa de refrescos? ¿Nada más que por eso?
—Podríamos hacer un simulacro ahora mismo.
Así sabrías a lo que atenerte y tendrías la posibilidad de pensártelo mejor antes de cometer un error.
¿Te parece que lo hagamos? No nos llevará más de un minuto y creo que te ayudará a ser consecuente con tu decisión final.
¡Bien, veamos! —Me puse en pie—. Votos a favor de que Púlsar alcance un acuerdo con Mainer, en el que su imagen como suprAdalid será utilizada como campaña de publicidad para unas bebidas energéticas.
El propio Púlsar alzó la mano, con la máxima urgencia, como si tardar más de un segundo le pudiera arrebatar el derecho a voto.
Shuriken, muy lentamente, alzó la mano también. Mirándome, desafiante.
Púlsar buscó el apoyo de mi hermana, pero, como en ese momento ella habría hecho cualquier cosa para no enojarme, no tuvo otra opción que apartar la vista.
Réquiem se cruzó de brazos sin cambiar mucho de expresión. Siempre supe que contaría con su voto.
—¿Predadora? —Púlsar empezaba a desesperarse—. Tú llevas toda la vida sacando partido a tu imagen.
Era cierto, Predadora cubría para el grupo la imagen prototípica de la suprahumana de ensueño. Pechos turgentes, labios carnosos, ojos enormes y formas femeninas rotundas. Parecía cincelada por un dibujante de cómics.
—Dejé de hacerlo cuando el jefe lo ordenó —se defendió ella—.
Sí, sigo luciendo bien y ello no me impide combatir el crimen.
—Se cruzó de brazos, apretando sus turgentes pechos de un modo que cortó la respiración a varios miembros del equipo—.
Desde entonces, no he vuelto a posar en ninguna sesión de fotos.
Me he perdido ofertas importantes. Si yo puedo resistirme a eso, tú también deberías.
Otra verdad incuestionable: Predadora había pasado de ser una suprAdalid muy cotizada en las revistas a no volver a aparecer en ellas, ni tan siquiera desenfocada en una foto de grupo.
Aunque existían muchas probabilidades de que, como Michelle Tabardo, su identidad civil, hubiera seguido haciéndolo hasta la fecha.
Sigmar se encogió de hombros.
—Acabo de llegar, espero que se respete mi abstención.
—Contando con el acusado, suman dos votos —repasé—. Muy bien, ahora, votos a favor de echar a Púlsar de Facción Zero si utiliza su imagen suprAdalid para una campaña publicitaria, del orden que sea, vulnerando nuestro acuerdo pactado —dije alzando la mano antes de acabar la frase.
Réquiem y Predadora también la alzaron. Ya habíamos ganado, pero otro conflicto importante se dirimía en esa mesa…
Inga contempló a su nuevo compañero de alcoba con pesar y, luego, estudió mi semblante. El recuerdo de nuestra conversación en sus dependencias estaba muy reciente. Yo asentí imperceptiblemente. Era el momento de elegir prioridades.
—No nos favorece en nada, Púlsar —dijo Crisis—. Entiéndelo.
—Lo siento, tío —declaró el grandullón del equipo justo antes de bajar la mano y dar por concluida la votación.
—Sí —secundó Predadora.
Volví a sentarme. Manipulé la consola táctil en mi borde de la mesa para que un holograma apareciera a dos palmos de altura sobre la superficie: 4-2.
—Facción Zero ha hablado —zanjé—. No se puede permitir que esta clase de frivolidades dañe la imagen.
No pasaría nada si utilizaras tu rostro civil, es decir, que fuera Tip Lassard quien participara en esa campaña de marketing .
Tu identidad civil es un secreto gubernamental, como lo es para todos los presentes, así que nada de lo que hicieras como tal repercutiría en nuestra popularidad porque nadie te asociaría al grupo.
El problema es que quieres beneficiarte de tu fama como suprahumano.
Él se apoyó en la mesa enseñando los dientes.
—¡Mainer no sabe quién es Tip Lassard —rugió—, nadie sabe quién es ese tío! Esta oportunidad sólo la puedo aprovechar como Púlsar y mi imagen energética. Es lo que tiene sentido.
—Mainer o Facción Zero —le dije—. Lo siento mucho, eso es lo que debes decidir. Y, por favor, te pido que lo analices a conciencia. Te darás cuenta de que es la opción más sensata. Son nuevos tiempos para los Zeros. Tenemos una nueva ética.
—Eres un cabrón, Diamandis.
Púlsar lo había susurrado con los dientes tan apretados que apenas se entendió. Era muy difícil que alguien de su talante y su posición se hubiera hecho con una información tan privilegiada. Sobre el líder del grupo, nada menos.
Eso no me molestó ni la mitad que el hecho de que lo aireara en una reunión oficial.
Lo que ignoraba era si también conocía mi nombre de pila.
A mi hermana se le enrojeció el rostro y parecía rogar por que se la tragara la tierra. Era evidente que todos sabían que éramos hermanos y, entre las sábanas, resultaba normal liberar datos comprometedores. Si Púlsar sabía el apellido de mi hermana, conocía el mío.
Daba un poco igual porque Julek Diamandis no era nadie en el mundo de ahí fuera. Aun así, decirlo tan a las claras allí delante… me cabreó.
—Crisis, por favor, siguiente tema del día —ordené, con mal sabor de boca.
—Bueno… —dijo mi hermana recolocando sus archivos digitales.
Con tanta tensión en el ambiente, mucha más para ella, era complicado arrancar con otra cuestión—.
La OTNE nos ha solicitado ayuda, expresamente la de nuestros supras con capacidad de vuelo, para probar el prototipo de ese nuevo caza de combate, el interceptor AKTIS-300.
Serían tres días de maniobras y en torno a…
Mientras Crisis añadía datos, su amante fue tomando asiento como a cámara lenta. Sin dejar de observar a mi hermana, apenado por haber sido traicionado (pues eso era lo que debía de pensar en aquellos momentos) por quien menos lo esperaba.
Fue entonces cuando observé algo que activó mis alarmas.
Sigmar permanecía atenta a todo y a todos.
Repasando los semblantes de cada miembro del equipo, sus reacciones, el diseño de la estancia (prácticamente, el interior de una tarta de luz color crema), la información que se ponía sobre la mesa, como si estuviera memorizándolo todo.
No debería extrañarme; Sigmar era la novata y simplemente estaría maravillándose de encontrarse en la cumbre de la vida, en el supergrupo más importante del planeta, sin duda una experiencia por la que otros suprahumanos matarían a su propia abuela.
Sin embargo, había algo raro en todo aquello, pues se mostraba muy perceptiva, sí, lo normal, aunque no ilusionada y, en esos casos, el nuevo componente del grupo tiende a mostrarse nervioso por la emoción, no haciendo gala de una frialdad semejante.
Debió de advertir que no le quitaba el ojo de encima, mientras Crisis seguía detallando su informe, y me observó con las pupilas visiblemente dilatadas y un ligero temblor en su ceja izquierda.
«¿Quién eres tú?», me pregunté.
Luego me planteé si estaría de mi parte en el futuro próximo, cuando lo que estaba a punto de ocurrir fuese inevitable.
Tuve mis dudas.
—¿Pensaba usted que ella llegaría a ser un personaje muy determinante en el futuro?
—Hasta cierto punto. Mi instinto me decía que iba a llegar lejos. Mejor tenerla cerca, moldearla, ganármela… Bueno…, y si era una espía, quería descubrirla, por supuesto.
—¿Sospechaba ya que era una espía del Espolón?
—Algo en las entrañas me decía que debía tener cuidado. Sí, supongo que sí. Después salí de dudas.
—¿Cómo?
—Preferiría no entrar en eso. Ahora, no.
—¡Vaya, me frustra usted, señor Diamandis! Pero dígame: en cuanto acabó esa reunión, ¿qué ocurrió?
Cuando la reunión hubo terminado, me encaminé a mis estancias.
Los pasillos estaban llenos de cámaras falsas que daban a entender al profano qué áreas estaban o no vigiladas, cuando lo cierto era que un sistema mucho más complejo de vigilancia operaba dentro de toda la base.
La Aguja utilizaba una estructura de paredes y techos de un compuesto comercializado como Plastceramix, una mezcla de cristal plastificado, cerámica y una fibra de aramida tan dura como el kevlar.
Una de sus virtudes era que las paredes y techos podían iluminarse a lo largo de toda su extensión, como una pantalla de LED, y ofrecer transparencia desde el lado oculto a voluntad del demandante, lo que permitía esconder cámaras en los conductos interiores de los pasajes.
Cada pared de los pasillos y de determinadas salas era una fuente de luz programable en función del horario o la disposición estratégica del edificio y una ventana a través de la cual se podía ver sin ser visto. Y encima eran antibalas.
Atravesé la ruta hacia mi habitación sabiendo que el Espolón estaría atento a cada uno de mis pasos y sin dejar de preguntarme cuándo esa fina línea de colaboración entre la organización espía por antonomasia y el supergrupo se rompería y cómo. El porqué lo sabía de sobra.
En cuanto entré en mis aposentos, propios de una suite nupcial de un gran hotel, me sentí por fin a salvo.