8. Alianzas #2
—Púlsar es como una de esas lámparas de lava que se pusieron absurdamente de moda en su día —dijo sonriendo—.
Puede apagar su poder y pasar a tener un aspecto perfectamente normal, y sin poderes, lo que todo el mundo prefiere para que no caliente los sofás o queme la moqueta.
Ahora ya podéis comunicaros. Yo no voy a ser quien te lo recomiende, Sigmar, quiero que lo sepas.
Púlsar tiene una conversación intelectual bastante floja.
—Yo discutir lo que mujer blanca decir —bromeó el aludido.
—Es bonito —opinó Sigmar, señalándole al pecho—. Tu cuerpo… mola.
—Mucha gente se relaja observándome, como un protector de pantalla o algo así. Para las misiones nocturnas soy un problemón.
—¿Qué ocurre si sangras?
Púlsar congeló la sonrisa y dirigió la mirada a la punta de sus pies.
—Eso no puede ocurrir. En teoría, mi piel es físicamente indivisible.
Las partículas que conforman no sólo mi gruesa epidermis, sino todo mi cuerpo, están solidificadas como las estructuras atómicas a macroescala .
Si algo abriera brecha en mi composición estructural, supongamos que una flecha lograse atravesarme, sería el equivalente a una fisión nuclear.
—Un reactor nuclear con patas —comentó Crisis, sofocando una carcajada.
—Vaya —se asombró Sigmar—. Y, aparte de las víctimas que pudieras ocasionar, ¿la explosión te mataría a ti también o te recompondrías con el paso del tiempo como hacía Semtex?
—Moriría. Creo. No estoy seguro, no ha pasado nunca. Quizá tenga el poder de regenerarme, partícula a partícula, igual que Semtex, pero lo dudo mucho.
—Desactívate —le ordené. En cuanto me obedeció, mi hermana volvió a su asiento y yo seguí con las presentaciones—. Ella es Predadora. Ya la conoces de nuestra misión en Putositiozistán.
—Hola —dijo Sigmar, con media sonrisa.
—A mí me puedes llamar Michelle, no tengo problemas con eso. Me verás muchas veces sin máscara por aquí.
—¿Te llamas Michelle? —preguntó con sorna el grandullón de Réquiem, dejando entrever que lo sabía de sobra.
—¿Eres tú la que va sin máscara por ahí? —añadió Púlsar, estirando el chicle.
—Que os den.
—Encantada, Michelle. Yo soy Ji-yoon —dijo Sigmar, desconcertando a todos—. Kim Ji-yoon.
No era común poner todas las cartas sobre la mesa el primer día.
Por el estrecho vínculo que se establece en profesiones donde te juegas la vida, los suprAdalides terminaban por confesar sus identidades civiles ante sus colegas superheroicos, pero era inusual que alguien se desenmascarara así en apenas unas horas como miembro oficial del grupo.
—El tipo del rincón —dije aguardando a que la chica nueva lo localizara, ya que nuestro ninja nunca se sentaba en su asiento porque prefería siempre colocarse en rincones estratégicos para fundirse con el mobiliario— es Shuriken.
Sigmar levantó la mano.
—Hola.
El ninja parecía una imagen de Blu-ray en pausa. Si respiraba, no daba muestras de hacerlo.
El último en ser presentado fue Réquiem.
Parecía un héroe de otros tiempos. Con uniforme de cuero negro muy desgastado bajo un abrigo largo, botas gruesas de puntera reforzada, protecciones de goma endurecida en las rótulas, guantes de nudillos de acero y una cadena de grandes eslabones cruzándole el colosal torso.
Un bulldozer humano, achaparrado a pesar de su descomunal tamaño, de manos desproporcionadas y rostro marcado por cicatrices grotescas, que, en conjunto, inspiraba poca confianza.
No entraba dentro de la clasificación «Golem» porque no llegaba a los dos metros setenta de altura mínima y tampoco en la clasificación «Monstruoso» porque, aunque era feo como un demonio, carecía de caracterizaciones bestiales.
Difícil de catalogar, Réquiem era simplemente una bola de demolición humana.
—Y él es Réquiem.
—Hola —dijo él, con voz cavernosa—. Yo te voy a llamar Sigmar. Los nombres coreanos se me olvidan.
Sigmar no dijo nada, limitándose a mirarle de arriba abajo con cierto horror.
Réquiem se hizo famoso a principios de los años dos mil, cuando él solo desarticuló una red de pedofilia yendo de un implicado al siguiente, machacándolos a golpes y obligándolos a delatar a los demás.
Entre todas las personas involucradas, Réquiem causó seis tetraplejias, siete pérdidas de extremidades, ocho mandíbulas destrozadas, otras tantas lesiones craneales, noventa y seis dientes arrancados y en torno a mil huesos rotos en total, por no hablar de incontables hemorragias y hematomas.
No obstante, no mató a nadie. Todos acabaron arrestados, procesados y encerrados. Hoy en día, algunos de ellos todavía no han salido del hospital, aguardando el momento en que puedan ser trasladados a la enfermería de su correspondiente prisión.
Di entonces una fuerte palmada y alcé la voz:
—¡Está bien, dejemos de vaguear! ¡A vuestros asientos, por favor!
Venga, venga. Volvemos a ser siete, que parece que a la opinión pública es un número que le gusta mucho.
A ver cuánto dura esta formación. Aparte de la nueva incorporación, ¿qué otros temas tenemos, Crisis?
Ya sé que ésta no es la reunión trimestral prevista para dentro de dos semanas, aunque podemos adelantar el trabajo.
—A ver —dijo mi hermana al tiempo que activaba la pantalla de alta definición que era la superficie de la mesa, donde aparecieron unos documentos con el membrete del Espolón—.
El Departamento de Imagen de nuestros benefactores ha mandado un comunicado.
Vuelve a insistir en la necesidad de recuperar nuestras olvidadas campañas de marketing.
Entrecrucé los dedos y adopté una pose impertérrita.
—Ya les explicamos en su día —comenté— por qué rechazamos ese tipo de prácticas. No somos productos. No se nos toma en serio si somos grandes estrellas de la cultura popular.
—Mejor ser temidos que adorados —intervino Shuriken, sus primeras palabras en la reunión.
No supe cómo tomármelas. Nadie lo supo. ¿Era una crítica o una opinión?
—En cualquier caso —proseguí—, no se nos paga para inspirar a los niños ni para aparecer en grandes pósteres o camisetas.
—Sin ese lado amable —opinó Predadora—, nos verán como inquisidores medievales.
—Lo prefiero —sentencié—. Sé que no es una forma de pensar muy popular. Y, a pesar de eso, creo que nos beneficia. No rechazamos la fama y el dinero como tales, sino la excentricidad y la ordinariez. Servimos al ciudadano, le protegemos. Para entretenerle ya están otros.
—La verdad es que yo opino lo mismo —secundó Crisis.
—¿En serio? —inquirió Púlsar—. ¿Qué problema hay en que podamos…, no sé, sacar partido de nuestra popularidad? Yo no creo que eso perjudique el estatus del grupo.
—No somos influencers —sentenció ella.
—¿Cómo que no? —Púlsar se quitó un guante y cerró el puño para abrirlo, estirando mucho los dedos y haciendo crujir todas las articulaciones—.
En fin, no creía que tuviera que pedir permiso aquí.
El caso es que… yo tengo una oferta para ser la cara visible de Mainer y su línea de refrescos energéticos.
No pude evitar fruncir los labios. Ya había dejado claro de manera tajante que ese tipo de maniobras comerciales debían detenerse del todo. El grupo llevaba un año y medio esquivando entrevistas, apariciones públicas y, sobre todo, rechazando cualquier tipo de actividad promocional.
Y ahora Púlsar (no podía ser otro) se había salido del redil.
—¿Has aceptado?
—Me lo estoy pensando.
—¿Te estás pensando elegir entre esa oferta o… seguir en Facción Zero?
Utilicé entonces mi huella para activar las opciones más privilegiadas de mi tableta personal.
Mi posición me permitía consultar ciertos archivos clasificados del Espolón.
La información confidencial, en forma de archivos considerados de alto secreto, se abrió en mi pantalla.
Yo no debería tener tanto acceso, pero tenía contactos.
—Porque eso es lo que te juegas, Púlsar —dije.
—Disculpe, perdóneme de nuevo. ¿Cómo es posible que el superintendente Grimaux del Espolón le permitiera tener tal acceso?
—Él no sabía que yo contaba con ese nivel de intrusión, porque eso era en realidad. Ahí es donde entra Estela de Molay, que me facilitaba…, en fin, todo lo que yo le pidiera. Pero sería adelantarse mucho. Si lo prefiere, no nos metemos ahí.
—No, por favor, continúe con su relato.
Púlsar se llamaba Tip Lassard, entonces tenía veintiocho años y había vivido toda su vida en Odeon.
Había sido modelo masculino y actor en capítulos de varias series de televisión.
Por lo demás, tenía dos años de experiencia como acompañante especial de clubes exclusivos, donde ofrecía sus servicios a clientes de ambos sexos, algo así como una geisha en formato varón.
Acompañante especial…, siempre me resultó interesante esa expresión.
No había duda de que había experimentado con sustancias sospechosas y se había librado de una acusación de evasión de impuestos.
Nada que poder usar como agravante en una expulsión.
Con todo, aceptar aquella campaña publicitaria contravenía una orden directa, no debía buscar más argumentos; si me desafiaba, se iba a la calle. Punto.
—¿Perdona? —preguntó él—. ¿Es lo que me juego, dices? ¿Qué es lo que me estoy jugando? Explícamelo.
—Si aceptas esa oferta mercantilista, Púlsar, puedes ir despidiéndote de esa silla. ¿Me he explicado ahora?
Púlsar se puso en pie.
—¡Un momento! Lo de rechazar la publicidad no fue una orden decretada, sólo un acuerdo verbal que se apalabró en esta misma sala. Y, que yo sepa, fue un empecinamiento tuyo. Nadie está obligado a someterse a ese capricho.
—¿No entiendes la finalidad de esa filosofía? Se trata de ofrecer una imagen seria y responsable. Sin glamur y sin… gilipolleces…, Tip. Somos un grupo de suprAdalides, no una marca comercial.
—No puedes expulsarme, Decurión.