12. Estela de Molay #3
—No, no es suficiente. Para poder imponerme a todos los miembros de Facción Zero y servirme del Espolón, necesito mucho más poder. El Nivel 10 se me queda corto.
De Molay bebió un poco de limonada y volvió a apoyar el vaso en la bandeja. Yo temía que fuera a caérsele porque le vibraba sobre el regazo. Ella seguía con la mirada a un corcel blanco que trotaba en su recinto al aire libre.
—¿Cuánto poder crees que necesitas, Julek?
—¿Cuánto puede darme?
—La gente puede creer mucho, incluso demasiado, pero no cualquier cosa.
Si iba a hacerle esa petición, y debía ser la última vez, el objetivo era alcanzar los límites de lo inaudito porque no habría más ocasiones para reclamar aumentos de Nivel.
Un buen día yo había llegado al despacho del alcalde de Odeon siendo un suprAdalid prometedor. Ahora, debía hacer historia.
—Quiero algo prodigiosamente apabullante, señora de Molay. Jamás visto en toda la era de los suprahumanos. Algo… fuera de la escala. Cósmico.
Ella se llevó la mano a la boca y sacó de allí una semillita de limón. Podría ser la mejor limonada del mundo, pero no la mejor filtrada.
—De acuerdo —consintió—. Ya sabes que esto no es instantáneo. La idea puede tardar un tanto en arraigar, aunque la nueva generación traga con mucha facilidad. Vuelve a Odeon. Quizá para cuando llegues… ya lo tengas.
Me levanté y dejé el vaso, vacío, sobre la bandeja.
Miré a mi anfitriona y verifiqué que estaba más debilitada de lo que había estado jamás.
En su afán por ser la única telépata de gran poder del mundo, se había servido de mí, su instrumento mortal, para acabar con toda la competencia.
De ese modo, no tendría que debatir con otros once individuos el mejor curso de cada acontecimiento anual que debiera producirse en el mundo. Sería la gran emperatriz del planeta.
Con lo que no contó, y cuando se percató de ello ya era demasiado tarde, fue que, con cada gran mente de los Prelados perdida, los que quedaban veían cómo su poder se reducía.
Algo que Estela de Molay no pensaba que pudiera ocurrir.
De ahí el número concreto y específico de supermentes que poblaban la Tierra.
Entre ellos se hacían fuertes, se alimentaban unos a otros.
Se necesitaban, creando una relación simbiótica.
Llegado cierto punto, cuando los demás Prelados se apercibieron de que uno de ellos estaba eliminando a los demás, De Molay ya no pudo echarse atrás.
Incluso sabiendo que eso la debilitaría, tenía que acabar con todos o ellos terminarían con ella sin piedad.
Cada día que pasaba estaba peor. Y yo contaba con eso.
—Por cierto, señora —dije decidido a que no se me volviera a pasar. La pregunta no podía pasar de ese día—. En lo referente a Shuriken…, ¿quién es?
Ella frunció el ceño y los labios, como si un olor fétido le hubiera inundado las fosas nasales.
—Shuriken… es… inmune —dijo.
—¿Cómo que es inmune?
Estaba bastante más que claro que Estela de Molay no deseaba hablar de esa cuestión. Y entendí por qué enseguida.
—Su bloqueo es impenetrable —afirmó.
—¿Qué quiere decir?
Su expresión se volvió furiosa, como la de una bruja de cuento que muestra sus peores intenciones a los protagonistas infantiles que han acabado en su cabaña en el bosque.
—¡Que no puedo entrar en su cabeza!
Yo pensé entonces que podía tratarse de un Prelado. No era mala idea, creo que muchos habríamos pensado lo mismo. Explicaba muchas cosas. Shuriken, el Prelado.
Eso podía ser un problemón de los más gordos.
—No —se adelantó ella, porque obviamente me había leído el pensamiento—.
No es uno de los míos. Su señal psíquica deja otro tipo de huella.
Shuriken tiene una mente del todo humana, aunque su cerebro emite en una sintonía distinta.
Sólo pude sentirlo mediante una de mis sesiones de visión remota.
Su mente no transmite más que a una distancia mínima.
Mátalo de una vez, Julek, si tanto te importuna.
Lo estás deseando. Acaba con ese dichoso ninja.
Eso sí, no es el Prelado que falta. Y ésa ahora es tu misión primordial.
Entretente lo justo en cualquier otra consideración.
—Es tremendo, si me permite que se lo diga. ¿Y cómo fue? En cuanto salió de esa especie de finca en el Himalaya, ¿ya era Maximum?
—No. Se necesitaron casi doce horas.
—Vaya. Y supongo que toda esa nueva realidad sobrescrita llegó con carácter retroactivo.
—Un poco. No excesivamente, pero sí. Fue un tema para más tarde porque, al llegar al Skyzenith, me encontré con una sorpresa. Y es que alguien me estaba esperando allí.
—¿Alguien?
—Había transportado a uno de los lugares más secretos del mundo a un polizón y ni me había dado cuenta.
Después de mi encuentro con Estela de Molay, supuse que el intruso no quería mantenerse oculto dentro de la aeronave por más tiempo.
¿Por qué motivo salió de su escondite? No podía ser nada bueno para mí.
Y allí estaba, en lo más alto de la rampa de acceso al Skyzenith, con los brazos cruzados y clavándome una mirada incriminatoria. Parecía tener ganas de pelea.
—No me lo diga, ¿era su hermana?
—Era Shuriken.