7. Un supramundo feliz #3
—Mira qué superficie más… Me gustaba este uniforme hace unos meses. Ahora lo odio. Siempre mantengo mi esencia estética, es así. Soy Crisis, nadie lo pondría en duda. Aunque estas líneas de aquí podrían ser más finas. Y tengo un par de ideas sobre el antifaz. Algo un poco más…
—¿Has estado con alguien?
Inga apartó el uniforme de la cara y me dedicó una expresión de desconcierto.
—¿Qué?
Me di una vuelta por la estancia mientras me quitaba la máscara de Gomalix endurecido y la sostuve bajo un brazo. Me pasé una mano por el pelo revuelto, inspeccionando el interior de un armario de gran tamaño.
—¿Has traído aquí a alguien?
Como no recibí respuesta inmediata, giré de medio lado el rostro y contemplé el semblante de mi hermana por encima del hombro.
Sin la máscara puesta dejaba de ser Decurión para ser sólo Julek Diamandis, el eterno hermanito mayor. Era un efecto inmediato. Para aquella ocasión, antes que ser el líder de los Zeros, prefería ostentar el rango superior que me ofrecía la jerarquía familiar.
—¿Me estás escuchando?
—¿Algún problema con eso? —respondió Inga finalmente.
—Depende. ¿Con quién te estás viendo?
—No tengo por qué decirte nada. Es mi vida.
—No puedes traer a nadie de fuera a estas instalaciones.
El acceso está restringido, ya lo sabes.
Tendrías que hacer un millón de informes y justificarlo en un grado logístico que dudo mucho seas capaz de comprender.
Y el Espolón ya lo sabría. Y no nos conviene que sepan nada sobre nuestra vida privada.
Inga no contestó. Con un ligero movimiento de desdén, tiró su uniforme táctico de escamas sobre la cama y puso los brazos en jarras en actitud desafiante.
—¿Crees que aún tengo doce años? —La pausa fue todo lo incómoda que podía ser—.
Por supuesto que no, porque ya soy adulta y hago cosas de adulta.
Y sí, amado líder, es posible que esté viendo a alguien.
No aquí, dentro de La Aguja. No soy estúpida.
Y fuera de este puto sitio soy libre de hacer lo que me convenga.
Quizá tú también deberías buscarte a alguien a quien poder meterle caña.
Se te ve muy tenso de un tiempo para acá.
—Las relaciones interpersonales entre miembros de Facción Zero están terminantemente prohibidas —dictaminé.
—Claro, seguro que nadie se ha saltado esa regla jamás. ¡No me vengas con cuentos!
Desde que me puse al mando no se había producido ningún tipo de amorío dentro del grupo, ésa era la verdad.
Antaño las cosas habían sido distintas. Muy comprensible.
Personas de todos los sexos compartiendo mucho tiempo en un lugar cerrado.
Juventud, buena forma, cierto lujo. Las cosas se tenían que complicar por fuerza.
Nadie era de piedra y no había nada más embriagador que jugarse la vida en grupo en una intervención heroica contra criminales de gran calado.
Dicho de otra forma, el sexo estaba aguardando tras cada esquina.
En efecto, en el seno de un supergrupo, evitar las relaciones interpersonales, aunque fueran casuales, era complicadísimo.
Yo, como jefe de campo, había tenido suerte hasta ese momento y, sí, a medio o largo plazo contaba con que la racha terminara, pero que hubiera sido precisamente mi hermanita la primera en quebrantar la norma me sacaba de quicio porque me implicaba a nivel personal.
En otros supergrupos, y conocía de primera mano el ejemplo de Ultraguardianes, la prohibición de relaciones interpersonales entre miembros oficiales se había convertido directamente en un chiste.
En la convivencia de ese supergrupo, los subordinados del Coronel Tabris se abandonaban a un constante caos lujurioso de noviazgos temporales y accidentes orgiásticos.
Facción Zero no podía dejarse llevar por ese tipo de comportamiento indisciplinado.
No con lo que estaba a punto de pasar.
—Inga —dije después de haberme sentado en la cama, procurando esquivar el tejido del uniforme táctico—, cada falta que cometes aquí repercute en mi imagen.
Ella puso los ojos en blanco y dio un cabezazo al aire.
—¡No voy a dejarte en mal lugar! —dijo—. Estamos siendo muy discretos.
—Escúchame, confié en ti… cuando nadie lo hacía.
—Lo sé.
—Y me reventaría tener que darle la razón a nuestro padre.
—No vas a darle la razón a papá.
Nos miramos fijamente. Me pasé la lengua por el labio inferior, reseco. No era plato de buen gusto sacar determinados temas.
—¿No recuerdas lo que decía de ti?
Inga respondió con la cabeza antes que con la boca.
—Sí.
—¿Y no crees que estás a poco de convertirte en lo que él pronosticaba?
—Ah, ¿sí? ¿Eso es lo que crees? Estoy haciendo muchos avances. Me esfuerzo de veras y estoy aprendiendo… Dejémoslo, ¿quieres? Sólo quédate con esto: estoy aprendiendo un montón.
—Con ese amigo tuyo ninja.
—¡Sí! ¿Qué problema hay? Él podrá ser un tipo misterioso para todo el mundo y parecer de poco fiar, pero no para mí. Entiendo que no tratéis con él. Lo que ocurre es que yo sí he podido conocerle un poco mejor. Su mente es preclara… ¿Por qué no puedes confiar en él?
Yo temía que Shuriken utilizara a mi hermana contra mí. ¿Cómo transmitirle eso? Según mi teoría, el ninja usaría a Inga como una especie de aval, por si tuviéramos que vernos las caras en un futuro. Un parapeto.
—No sé nada sobre él —terminé respondiendo—. Y tú tampoco.
—No me ha revelado su identidad, aunque me ha mostrado mucho de sí mismo. Es un tío genial y sabe cosas que…
—Te enseña las golosinas que te gustan y está a punto de decirte que te metas en su furgoneta y te vayas a jugar con él… quién sabe adónde.
—He podido verle más profundamente que tú y te garantizo que…
—¡No te fíes tanto de él! ¡Es quien te ha delatado!
Inga se quedó muy quieta unos segundos.
—¿De qué estás hablando?
—Tu rollo con Púlsar me lo ha soltado él en cuanto hemos aterrizado en el hangar. ¿Sabes por qué lo ha hecho? Para joderme. Prefiere clavarme su aguijón antes que guardar tu secretito. Así es tu amigo.
—Admito que me sorprende eso que me dices. Ya lo hablaré con él.
—Inga, sólo quiero lo mejor para ti. Llevo protegiéndote toda la vida y lo seguiré haciendo, ¿estamos?
Como cuando aquellos dos capullos de los tatuajes se te acercaron en el instituto.
A esa edad no había nadie más en clase que luciera tatuajes.
Te camelaron enseguida. Yo sabía que sólo pretendían utilizarte, aprovecharse de ti.
Tú eras la chica que podía colarles en las fiestas de los populares, la niñita guapa que les presentaría chicas. ¿Me equivoqué con ellos?
—Aquello pasó hace un millón de años. ¿Vas a recordarme todos los errores que he cometido en mi juventud?
—Aún eres una cría, Inga, ¿no lo ves? Nunca has tenido cuidado, nunca has mirado antes de pisar, colocabas el pie directamente en terreno pantanoso, ¿y por qué?, ¿por qué, Inga?
—Supongo que quieres acabar el argumento diciendo que porque tú estabas ahí.
—Porque yo estaba ahí, sí, desde luego. La red bajo los trapecistas.
—¿Sabes por qué los niños nunca se hacen mayores?
Porque sus padres no los dejan. Cuando empiezan a decidir los corrigen de continuo, les señalan sus errores antes de que los cometan.
No aprenden ninguna lección. Mierda, mírate, Julek, siempre intentaste no ser como papá, pero estás sentado en mi cama soltándome lo de «ese chico no te conviene, no me gustan esos amigos tuyos».
Sólo puedo decirte una cosa: déjame vivir, por Dios.
Quiero respirar sin que tu aliento me ahogue.
—No me compares con papá.
Volví a ponerme la máscara. Con ella puesta aparentaba un nivel de seriedad que no se podía describir. Las facciones se endurecían y, con el adecuado juego de luces y sombras, podía parecer realmente intimidante.