SuprAdalid 7. Un supramundo feliz #2
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7. Un supramundo feliz #2

[Anexo] Púlsar: miembro titular de Facción Zero.

Nivel 6. Poderoso en las distancias largas.

Su piel puede volverse energética a voluntad, superando así los cincuenta grados, lo que le vuelve lumínico por sí mismo.

Expele de sus manos y sus ojos proyectiles a presión de plasma puro.

Vuelo de categoría intermedia; maniobrabilidad seis sobre diez y velocidad máxima registrada Mach 1.

A título personal, y sin pretender ser muy entrometido en el informe, me atrevo a hipotetizar que Decurión considera que Púlsar sufrió un atasco intelectual a los doce años.

SHURIKEN: Pensándolo bien, quizá se encuentre en las dependencias de él. Esperándole para darle la bienvenida. ¿Ha sido Púlsar eficaz durante la operación? Estoy convencido de que tu hermana está ansiosa por reencontrarse con él.

DECURIÓN: Gracias.

Decurión suelta más cantidad de aire por la nariz de la que habría deseado mostrar. Se puede escuchar con claridad. Casi es un bufido.

Las puertas del ascensor se abren y el líder de Facción Zero sale como una apisonadora. Shuriken se queda dentro, observándole atentamente mientras se aleja hasta que las puertas cromadas se vuelven a cerrar. Quizá haya una sonrisa maliciosa en ese rostro oculto.

Shuriken mira a cámara en el minutaje 10:04:45:44. Continúa haciéndolo mientras las puertas del ascensor se cierran. Al ser llamado a otra planta, las puertas vuelven a abrirse, pero él ya ha desaparecido.

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .

Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.

Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.

—¿De dónde venía esa rivalidad con Shuriken?

—No lo sé muy bien. Yo no le hice nada. Me limité a reaccionar. Él me trataba de una forma agresiva y yo hice lo mismo casi desde el principio.

—Cuando usted entró en Facción Zero, él ya era miembro titular. Al parecer, los más veteranos daban por hecho que Shuriken sería el siguiente líder del equipo.

—Podría ser una buena razón para que me odiara.

—¿Eso es lo que usted cree?

—No creo que fuera lo único. En aquellos momentos debió de figurarse que yo sería otro suprAdalid más, trepa y corrupto hasta la médula. A merced de los poderes fácticos. No me dio ni una oportunidad de demostrarle que se equivocaba.

—Si tan molesto estaba Shuriken con la corrupción de los suprahumanos oficiales, ¿por qué seguía formando parte de Facción Zero, la mayor herramienta de las altas esferas?

—Le ofrecía recursos y presupuesto para seguir permitiéndose sus misiones nocturnas privadas. Salía cada noche por ahí, a impartir justicia o lo que fuera que hiciese. El justiciero definitivo.

—¿No participaba en las misiones gubernamentales?

—Encontraba excusas para no involucrarse demasiado. Digamos que estaba en el grupo y no estaba en el grupo.

—Tras la misión de Aljalizhistán, según parece, usted se enteró del idilio de Inga Diamandis, nombre en clave Crisis, con el suprAdalid Púlsar, nombre civil Tip Lassard. ¿Qué ocurrió de puertas adentro entre ustedes dos? Entre su hermana y usted, me refiero.

Había tenido un encuentro molesto con Shuriken en el ascensor. Fue entonces cuando me enteré de que estaban saliendo, acostándose o lo que fuera, tampoco lo tenía muy claro.

Entonces llegó el dolor retardado. La primera de las estocadas metafóricas comenzó a sangrar: «Está haciendo muchos progresos».

Eso podría haberlo visto cualquier miembro del grupo, por supuesto, aunque Shuriken lo sabía mejor que nadie.

Ese maldito ninja había estado instruyendo a la chica esas últimas semanas.

«Para que me enseñe algunos trucos», me dijo Inga, cuando casi me pidió permiso para entrenar con él.

Como tiendo a ignorar a mi hermana la mayor parte de las veces, no le di mucha importancia entonces.

«Creo que va a hacer que nos sintamos muy orgullosos de ella.» Esa frase sería mi martillo pilón durante horas. Empezó esa misma noche, cuando trataba de conciliar el sueño, y se extendió al día siguiente.

La llamaba por su nombre de pila.

No se me ocurría nada peor que imaginarme a Shuriken convertido en una especie de sensei de mi hermana pequeña. Su mayor influencia, una suerte de padre adoptivo, el que yo no supe ser. Que no me propuse ser.

A fin de cuentas, había procurado portarme como un buen hermano, con eso debía bastar, ¿no?

La chica estaba en el equipo gracias a mí.

¿Inga, miembro de Facción Zero? Por favor.

Había un montón de suprAdalides con más potencial cuando la presenté para el cargo.

Lo que ocurría es que yo ya era el jefe de Facción.

Y ella era mi hermana, coño, a nadie debería extrañarle.

¿Dónde estaría más segura que a mi lado?

Aparte de eso, ¿qué más había hecho por ella?

Ayudarla durante toda su vida, mientras que ella sólo me había dado problemas.

Cuando yo tuve que cumplir, cumplí. Hice lo necesario.

Es verdad que fue pura y estrictamente lo necesario, ni un ápice más.

Y podría haberme molestado en conseguir que aprendiera por sí misma, en lugar de asumir, quizá demasiado pronto, que yo iba a ser su niñera por siempre jamás.

Así que me limité a tenderle la mano en cada ocasión en que la veía en apuros o ella se dignaba a reclamar mi ayuda.

Así funcionaba, le tendía una mano y, tras eso, la dejaba totalmente a su aire.

La cuestión era que una niñera distaba mucho de ser lo que necesitaba. Mi hermana necesitaba un maestro.

Y parecía que lo había encontrado por su cuenta.

Tras dejar al estirado de Shuriken en el ascensor, avancé por la base proyectando en la sala de cine de mi mente imágenes de Inga entrenando con ese ninja. Artes marciales místicas que iban más allá de patadas y de esa cháchara filosófica que se asociaba al combate cuerpo a cuerpo oriental.

El interior de La Aguja era un laberinto.

Pasillo. Puertas de seguridad. Pasillo. Las instalaciones contaban con un nivel de tecnología que se hacía notar tanto como el confort.

Bonita moqueta. Ideal para andar descalzo por ella.

Pasillo. Puertas. Personal de seguridad.

Puertas automatizadas. El diseñador de interiores debía ser fan de la ciencia ficción, seguro. Otro pasillo.

Y, para colmo, la joven se había puesto a tontear con el chico del grupo con mejores abdominales.

Entendería que las cosas fueran más allá del puro compañerismo.

Inga era rubita, guapa, tenía una sonrisa encantadora y un trato cordial.

Que le surgiera algún lío era lo más normal, sabía que era amiga de los encuentros fortuitos en alcobas ajenas.

Nunca la había visto en acción en lo referente a…

, bueno, esas materias, por supuesto que no…

, aunque me llegaban noticias de sus éxitos.

Siempre eran rollos temporales, nada serio.

Ellos, ellas, elles, Inga no tenía problema en catar todas las delicias que podía ofrecer el sexo.

Sin embargo, si en algún oficio no se debía mezclar trabajo y placer, era en este.

La profesión más seria del mundo. La mayor profesionalidad se demostraba en este mundillo, donde todo el mundo era ideal, las mandíbulas cuadradas, las sonrisas perfectas, los trajes se ajustaban al punto del torniquete y la violencia exaltaba la testosterona y los estrógenos hasta niveles de alarma.

Si eras capaz de tener la cabeza fría en el universo de los suprAdalides, dejabas fuera de toda duda tu profesionalidad.

Por supuesto, al final acababas follándote a alguien. Era lo más normal del mundo. Por otra parte, lo que convenía, y mucho, era buscarse ese tipo de relaciones fuera del ámbito suprahumano.

A pesar de todos estos inconvenientes, había errores más garrafales que otros. Y Púlsar era un error mayúsculo.

Tras pasar por las dependencias de Predadora y Réquiem, llegué hasta las de Crisis y me detuve allí un momento, respirando profundamente mientras elucubraba un guion esquemático. Qué iba a decir y cómo.

Sobre las puertas de ébano opaco que tenía ante mí vi las letras de corte tecnológico perfectamente delineadas que formaban su nombre: Crisis.

Como líder de Facción Zero, podía entrar si quería.

Tenía tarjeta de seguridad de rango cuatro coronas, pero accioné el dispositivo táctico de la puerta para que sonara el timbre en el interior.

No deseaba tentar a la suerte y encontrarme con una situación incómoda.

A pesar de que Púlsar había formado parte de la misión y no había tenido tiempo material para adelantarme, no descartaba que mi hermana se hubiera buscado cualquier otra compañía.

Las puertas se abrieron tras una orden de voz dada desde el interior. Entré y eché un vistazo rápido a sus aposentos, aquello parecía una suite de lujo en un hotel. Inga estaba sola. Mucho mejor.

—¿Qué haces? —pregunté—. ¿Te pillo en mal momento?

Mi hermana estaba sentada en la cama, en camiseta, pantaloncitos cortos y calcetines blancos, inspeccionando con cierto escepticismo su uniforme oficial estirado a su izquierda sobre el edredón.

Apestaba a ese sudor pegajoso del ejercicio practicado hacía ya una hora larga.

No se había duchado aún. Señal inequívoca de que no la aguardaba ninguna cita en breve.

Entonces se puso en pie de un saltito grácil, aunque también un poco infantil, me rodeó los hombros con un brazo y me llevó hasta los pies de su cama. Señaló su traje.

—¿No debería quitar las escamas y cambiarlas por un tejido liso? Se verían mejor los colores.

—Las escamas te ofrecen algo de protección. Y tienen personalidad.

Inga chascó la lengua.

—No sé. Me gusta que el amarillo destaque sobre el negro.

—Sabes que odio los uniformes brillantes. No somos carrocerías de coches de concesionario. Deja ya de modificar el traje, ¿quieres? Le has hecho mil cambios.

Inga apartó su uniforme del edredón de un arrebato y lo examinó muy de cerca.