SuprAdalid 6. El diván del caos #3
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6. El diván del caos #3

—Oh, sí, ese tejido moderno. Nolex. Es un tejido hecho de…

¿Cómo es? ¿Microfibras superligeras? Algo así.

Permiten la ventilación sin perder elasticidad.

Se suele combinar con licra. Con poliéster también y, sobre todo, cuero.

No se crea que los uniformes completos de todos esos figurines están hechos de Nolex.

Bueno, el de Predadora sí. Y creo que también el traje de Mantis.

Y el de Enigma. No sé, creo que la mayoría combinan diferentes tejidos.

Incluso los que usan armaduras o trajes bien pertrechados suelen ponerse un mono de Nolex entre la piel y las placas protectoras.

—Señor Portalus.

—Depende del supra.

—Señor Portalus.

—Sí. No me diga que ya es la hora.

—Siento decírselo. No quería interrumpirle.

—Vaya, qué rápido pasa. De acuerdo. Ha estado bien. ¿No cree?

—Ha estado bien, sí.

—Hemos avanzado, ¿no? Estamos haciendo progresos.

—Sin duda hemos dado un gran paso.

—Sí. Desde luego. Entonces, ¿la semana que viene a la misma hora?

—Por supuesto.

—Hasta la vista, doctor.

—Hasta la vista, señor Portalus.

Mi paciente se encaminó hacia la puerta.

Con su disfraz rojo oscuro, casi sucio, adornos de un carmesí brillante, capa granate ostentosa que se podía pisar si no se llevaba el cuidado debido y, en conjunto, un diseño absolutamente retro, parecía un suprAdalid de los años ochenta.

Quizá fuera eso exactamente lo que pretendía aparentar.

Era ridículo.

Cuando atravesó la puerta del despacho, la dejó entreabierta.

No era la clase de individuo que cerrara las puertas a sus espaldas.

En cuanto escuché cómo se despedía amablemente de la secretaria en la otra estancia, saqué el móvil de inmediato.

Lo desbloqueé y busqué un nombre de mi lista de contactos.

Le envié un mensaje breve: «Fin sesión Portalus».

Me dirigí hacia uno de los cajones del mueble bar.

Iba a necesitar unas caladitas. En cuanto saqué el paquete de tabaco, vi cómo mi atenta secretaria salía de su escritorio para acercarse a cerrarme la puerta.

Con el cigarrillo ya en la boca, le sonreí antes de que la puerta se cerrase.

Sabía que no había más pacientes en lista, había anochecido, así que era el momento de relajarse un poco y luego huir, a casa o adonde fuera.

Yo sabía que mi secretaria sacaría una petaca y le daría un buen trago. Pasaba su correspondiente ración de miedo. Portalus le causaba escalofríos.

Por ese día, todo había terminado. Y terminado bien.

Como sabía que mi contacto llamaría en cuanto recibiera mi mensaje escrito, sostuve el teléfono con una mano y el pitillo encendido con la otra.

Abrí una ventana para echar el humo a la ciudad.

Unas alturas impresionantes me dieron la bienvenida.

Rascacielos de diseño competían por ser los más intrépidos en su arquitectura, con aquella mezcla de art déco , retrofuturismo y bizarrepunk , desafiando la gravedad y otras leyes físicas, apiñados entre sí mientras grandes extensiones de terreno daban paso a los parques llanos de cemento cortado a láser y muros milimétricos de Plastceramix, delimitando los paseos peatonales.

Uno de los puentes aéreos que conectaban edificios a doscientos pies de altura pasaba cerca de mi ventana, por lo que me entretenía viendo a la gente que transitaba por allí, concentrada en sus cosas, imaginándome que me intercambiaba por ellos y vivía alejado de los individuos con uniformes de colores, que pueden partirte accidentalmente todos los huesos de la mano al estrechártela.

El móvil sonó en el mismo momento en que daba la última calada y me debatí entre arrojar la colilla al vacío urbano o depositarla en el cenicero de la mesa. Me comporté cívicamente y accioné el botón de aceptar llamada. Cerré la ventana para que el ruido exterior no entorpeciera la conversación.

—Acaba de salir por la puerta ahora mismo.

La voz que escuché al otro lado de la línea era autoritaria, aunque respetuosa.

—¿Ha sacado algo de interés, doctor?

—Está empeorando.

—Vaya. —Se oía una respiración muy fuerte a través del auricular—. No es lo que quería oír.

Saqué otro cigarrillo del paquete y me lo coloqué en los labios, sin encenderlo aún. Decidí meterme donde no me llamaban.

—¿Está seguro de que necesita a Portalus para sus planes?

—Es absolutamente esencial, doctor.

—Lo digo porque usted ya sabe que está desequilibrado, por supuesto, pero creo firmemente que irá a mucho peor.

—Es una lástima. Esto podría llevarme a tener que acelerar las cosas.

—Escuché un pitido tecnológico, lo que significaba que mi interlocutor estaba accionando algún sistema de seguridad, puede que una puerta bloqueada electrónicamente—.

Doctor Ottosson, tengo un viaje urgente.

Le volveré a llamar. Estoy muy interesado en que me siga informando acerca de sus sesiones con Portalus.

Y con los demás suprahumanos, obviamente.

Querré un informe semanal de todo, especialmente de los miembros de Facción Zero.

—Por supuesto.

—Espero novedades, doctor Ottosson.

—Hasta la vista, señor Decurión.