SuprAdalid 6. El diván del caos #2
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6. El diván del caos #2

—La semana pasada tuve una crisis —confesó Portalus—.

No fue muy fuerte, así que se me pasó enseguida.

Y le puedo asegurar que ya había calculado un salto espacial a Bangkok.

Conozco un barrio donde una persona podría desaparecer y nadie haría preguntas.

Digamos que no me gusta actuar en suelo eurotano.

Indochina, Australia profunda, tengo cierta debilidad por Corea del Norte, qué quiere que le diga.

Hay sitios donde a nadie le importa lo que ocurra y sitios donde las autoridades no permitirán que se difunda el rumor.

Habrían sido unos segundos. Chas, chas y…

, en fin, se acabó todo. Con poco que haga puedo aliviar la desazón.

Al final, no obstante, se me acabó pasando.

Las conversaciones con Portalus solían ser así.

Hablaba como si tal cosa de sus pensamientos salvajes, insinuando tentaciones ilícitas y prohibidas incluso en los países más depravados del planeta, esperando que yo le entendiera, que no me horrorizara con sus declaraciones.

En fin, yo no exteriorizaba mis sentimientos, así que él se los imaginaba a su manera.

Perdí nueve kilos durante aquellas sesiones, únicamente sudando.

—Perdone que le interrumpa, doctor Ottosson. Para entonces, usted ya había tratado a otros supertipos. Portalus no fue el primero, ¿me equivoco?

—Todo comenzó cuando Crisis, la joven miembro de Facción Zero, encontró el teléfono de mi consulta, la más cercana a su lugar de residencia en Odeon, al parecer, y me preguntó si estaría dispuesto a tratarla sin necesidad de descubrir su rostro.

Accedí y, al parecer, la ayudé mucho con aquella mala racha que estaba atravesando, porque los resultados le parecieron notables.

No hice nada del otro mundo, pero es el propio paciente el que termina por ponerle nota a tu labor, por lo que, tras su terapia, se extendió la noticia entre otros héroes.

»En menos de un mes recibí la visita de Réquiem y Predadora, compañeros de equipo de Crisis y, antes de que me diera cuenta, mi agenda se llenó de nombres en clave y seudónimos heroicos.

—Corríjame si me equivoco, doctor, lo que tengo entendido es que no es una especialidad médica propiamente dicha, por mucho que la gente lo interpretara de ese modo: psicología suprahumana.

—Correcto. La mente del suprahumano no difiere de la mente de una persona corriente.

Por lo tanto, de los integrantes de Facción Zero pasé a tratar a varios miembros de Ultraguardianes y Escuadrón Letal, antes de su ilegalización.

Llegado cierto punto, tuve una lista de pacientes con más de treinta metapersonas.

No todas ellas autorizadas oficialmente.

—En esas fechas, la excepcional situación profesional que usted atravesaba no tuvo repercusión mediática, a pesar de que estaba generando un auténtico bombazo dentro del sector.

Era un cuchicheo atronador, a juzgar por lo que he podido investigar.

Las críticas fueron feroces en ciertos simposios del gremio.

Determinados artículos especializados masacraron el buen nombre de Ulf Ottosson, calificándolo a usted como enemigo número uno de la profesión.

Su consulta fue tildada en un artículo como «el Diván del Caos». ¿Cómo se sobrelleva algo así?

—Muy mal. Y, al mismo tiempo, me daba igual.

Ya tenía bastante con lo mío. A ver si me sé explicar: cuando un león hambriento te está arrancando a dentelladas un brazo, que un caniche cabreado te esté mordisqueando el otro no tiene importancia.

Las sesiones con Portalus eran mucho peores que las envidias de mis colegas.

A pesar de todo, debo decir en mi defensa que me salieron imitadores de debajo de las piedras.

Expertos en el tratamiento de la mente de toda índole integraron el concepto de terapia especial para suprahumanos a sus lemas profesionales con fines mercantiles. La idea se puso de moda.

—Le insultaron primero, le copiaron después.

—Tal cual. Sentar en el diván a un vendedor de seguros y a un suprAdalid de Nivel 7 no supone reto alguno.

Se los trata con el mismo método. El caso es que yo fui el primero y, gracias a eso, he podido hacerme un hueco enorme en el sector.

Me he granjeado un grado de popularidad entre los suprahumanos que mis rivales no pueden ni soñar con igualar. Los supras confían en mí.

—¿Cuánto hace que no sienta en su diván a una persona normal y corriente?

—Dos años y medio. Y, al ser una línea de especialización tan concreta y específica, no me queda más remedio que mezclar parámetros de profesión que se salen de mi área, ejerciendo psiquiatría y psicología a partes iguales, con un toque de psicoanálisis y un espolvoreado sutil de neurología básica porque, en el fondo, da igual cuál sea la terminología correcta, soy el loquero de los enmascarados.

Hacen cola para verme. Lo que los demás no saben es que tengo que escuchar cosas en mi despacho que podrían estremecer el mundo entero.

Portalus fue el peor de todos. Un homicida desquiciado con superpoderes que hacía tiempo que no ejercía como protector de la justicia y la libertad.

Un parado más, con la capacidad de aparecer en el sitio más insospechado del planeta, hacer literalmente lo que viniera en gana (con frecuencia, tropelías) y que el mundo siguiera girando sin mayores repercusiones.

Un hombre que pagaba sólo en efectivo porque era capaz de abrir portales directos al interior de cajas fuertes de seguridad, tanto particulares como de entidades bancarias, extrayendo de esos depósitos la cantidad que se le antojara con el simple acto de extender la mano y rapiñar a placer.

—¿Se encuentra bien ahora? —le pregunté en el primer silencio largo con el que me había obsequiado en toda la sesión.

Portalus se lo pensó.

—Sí. —Se lo pensó un poco más—. Sí, desde luego.

Se incorporó un tanto del diván y abrió ante sí un portal del tamaño de un plato de cocina.

Otro portal del mismo tamaño (en realidad, era el mismo) apareció a su vez en el espacio que estaba situado junto a su espalda, quedando mi paciente entre dos aberturas en el tejido de la realidad.

Introdujo el brazo en el agujero espacial que tenía frente a su pecho y el mismo brazo surgió justo detrás de él, rascándose él mismo por debajo del omoplato con saña.

Estuvo unos segundos rascándose hasta aliviar un picor que, por lo visto, debía de ser insoportable.

Desde mi posición, pude ver cómo el mismo brazo que desaparecía hacia delante en la ventana dimensional surgía de la otra brecha en una imagen que me causó una honda impresión.

—Vale, ahora ya sí que estoy bien —dijo sacando el brazo de la abertura espacial antes de que los dos pequeños portales desaparecieran en el acto—.

Son estos trajes. El tema del sudor no está del todo superado.

¿Se ha acercado alguna vez a la axila de un suprAdalid?

Es cierto que somos sexis y vivimos en un mundo de músculos maravillosos y proporciones perfectas, pero lo que nuestros fans no pueden ni imaginarse es lo mal que huelen los suprahumanos. ¿Qué le parece a usted?

—Pensaba que esa cuestión ya estaba subsanada.