SuprAdalid 6. El diván del caos
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6. El diván del caos

El diván del caos

—Buenas noches, doctor. Le informo de que estoy grabando la conversación.

—Hola. Estoy… un poco nervioso.

—No disponemos de tanto tiempo como cree. Deberíamos empezar cuanto antes.

—Perdón. Yo… De acuerdo. ¿No activamos las cámaras?

—No. Hágalo usted si quiere. Sólo necesito el micrófono.

—Como usted prefiera. ¿Por dónde empiezo?

—Hábleme de su paciente. Tómeselo como una forma de terapia. Usted también la necesitará, supongo.

—Comprendo. Diré que… yo… Verá, es difícil explicar la clase de terror que puede causar un suprahumano a una persona completamente normal. Es un miedo ancestral. Similar al que podían sentir los hombres de los libros sagrados ante las manifestaciones de Dios.

»El paciente que se convirtió en una pesadilla. Una pesadilla que caminaba sobre dos piernas.Alguien desprovisto de utilidad para la sociedad, incluso siendo poseedor de un gran poder metahumano, debido a sus incapacidades mentales. Un inadaptado irredento. Una criatura peligrosa.

—Él llegaba allí en calidad de paciente, así que usted no debería haber corrido peligro en ningún momento. Le estaba brindando ayuda profesional.

—Eso no quitó que cada minuto fuera una tortura, y cada revelación que yo escuchaba, un motivo de pánico. Estaba haciéndole terapia a Portalus. ¡Portalus! ¡Menudo paciente! Y lo que nadie sabía hasta ese momento era que este hombre estaba completamente desquiciado.

—Cuéntemelo todo, doctor, ¿cómo se convirtió usted en el loquero de los supras, como se le denominó peyorativamente, y cómo empezó todo con Portalus?

—Es difícil de explicar. Recuerdo una sesión en concreto. No fue una de las más intensas, aunque sí perfectamente definitoria de lo que suponía estar ahí, sentado junto a un psicópata superpoderoso que, además, te estaba confesando sus secretos más oscuros.

—Lo hacen por la sensación de poder —dijo Portalus.

Yo me reincorporé al diálogo sin saber muy bien cuál era el hilo que nos había conducido hasta esa afirmación. Debía de llevar un par de minutos sin prestarle atención.

—Es lo que se siente —continuó diciendo— cuando se rompen ciertas reglas elementales, ¿sabe? Como cuando eres el único mono con un palo. Te conviertes en el jefe de la jauría. ¿Se dice así, doctor? ¿Jauría?

Me aclaré la voz y, sin apartar la vista de mi libreta de apuntes, donde me había dedicado a dibujar un edificio de corte posmoderno, respondí en voz baja.

—Manada.

—¿Manada? Sí, manada de monos. Tiene usted razón. Y una jauría, entonces, ¿qué es?

—Una jauría correspondería a un grupo de perros.

—Vale.

Sentí alivio de que la pregunta no fuera muy difícil.

Portalus, o Bernard Carón, empezó siendo muy comedido.

En las primeras consultas casi había que sacarle las palabras con sacacorchos.

Para entonces se explayaba con gran facilidad.

Le había pillado el tranquillo. Se sentaba en el diván y se ponía a hablar sin que yo le diera pie siquiera.

Y, a no ser que le recondujera en momentos puntuales o insistiera en alguna cuestión, Portalus prácticamente consumía la hora de consulta sin detenerse para nada.

Le encantaba escucharse. Como psicólogo, podía ponerme a leer una novela y dejar que el individuo hablara y hablara, sin que eso repercutiera en mis análisis del caso. Un caso que yo ya tenía cerrado.

Portalus no tenía solución. A pesar de eso, no podía decírselo y, como estaba claro que disfrutaba de sus sesiones de terapia, tampoco podía quitármelo de encima. Lo que me jugaba era la vida.

Él no fue nunca un gran suprAdalid. No disponía de una fuerza sobrehumana ni podía expeler energía de su cuerpo.

Su clasificación era Insólito. Básicamente, se teletransportaba.

Nadie más lo hacía. Podía desaparecer de un sitio y aparecer instantáneamente donde se propusiera.

O bien, abrir un portal circular que conectara dos lugares separados.

Daba igual, podía matarme cuando quisiera.

Hasta ese momento, había entrado todas y cada una de las veces por la puerta del despacho.

Y también la utilizaba para salir de allí.

Me consta que incluso aparcaba en el parking del edificio su berlina italiana de gran potencia.

Un hombre capaz de aparecerse en cualquier sitio del globo terráqueo (puede que incluso fuera del planeta) con un simple pensamiento utilizaba un vehículo para desplazarse por la ciudad. Eso se llama excentricidad.

Yo pensaba en la clase de cosas que podía hacerme si, un buen día, se enfadaba conmigo.

Agarrarme, teletransportarnos a doce metros de altura sobre un volcán activo y soltarme allí, en caída libre hacia el magma, mientras Portalus se teletransportaba de nuevo a un lugar a salvo.

Cosas así. Mi imaginación jugaba en mi contra.

Ni siquiera le era preciso materializarse en el lugar del destino.

Con sólo mantener contacto físico podía enviar a otras personas al sitio que le pareciera oportuno.

Una falta de respeto y adiós. Portalus me pondría una mano sobre el hombro y me teletransportaría al fondo de un foso abisal donde la presión oceánica me aplastaría en un microsegundo sin haberse siquiera movido él de la consulta.

Y aquella mañana estaba allí, hablando tranquilamente sobre… ¿Sobre qué me estaba hablando?

—Cuando no puedes hacer nada excepcional —continuó diciendo Portalus—, cuando eres, en esencia, un tío normal y corriente, un mediocre, no se me ofenda, no va por usted, este tipo de cosas dan una sensación de poder indescriptible.

Como la primera vez que empuñas un arma de fuego.

Por eso lo hacen. Yo no es que sea muy aficionado a ese tipo de grabaciones, pero alguna vez me he descargado sin querer alguna película de ésas cuando pretendía hacerme con algún título de animación infantil, sobre todo a principios de los años dos mil, en las plataformas de descarga mediante torrent.

Y me he llevado la sorpresa de que algún cabrón había subido una película horrenda con el título equivocado adrede.

Jamás olvidas esas imágenes. Por supuesto, hace falta estar muy enfermo para ver esas películas completas.

Lo poco que ves se te queda ahí dentro, grabado a fuego.

»Si te fijas en las miradas de los críos, no entienden nada.

Es la sensación de miedo en sus ojos, ¿sabe?

No es sólo placer físico, usted debería saber de qué hablo.

No quiero insinuar que le vayan estas cosas, me refiero a que esas filias usted ha debido de estudiarlas, o qué sé yo.

La gente tiene problemas en la cabeza. Ya sabe.

Así que, no, no tiene nada que ver con el placer físico.

Hay un grado implícito de humillación en todo eso.

Estás mancillando algo puro. Es una forma de superioridad que va más allá de someter y doblegar.

Es como escupir a Dios a la cara. Rebasas una línea roja que muy pocos se atreven o se permiten cruzar.

Cuando has probado tantas cosas, quieres seguir sintiendo algo yendo más allá del límite.

De cualquier límite. Acabas mezclando sexo y mutilación, se llega al asesinato y, si estás muy metido en estas fronteras de la mezquindad, pasas poco a poco de niños de ocho o nueve años a bebés.

¿Se lo puede creer, doctor? ¿Qué clase de acto sexual se puede perpetrar con una cosita de diez o doce semanas?

Quiero decir, no debe haber espacio superior a un dedal para que…

—Señor Portalus —le interrumpí—, si no le importa…

—Sí. Quiero decir, no.

—¿Podríamos volver a sus inquietudes?

—Por favor, llámeme señor Carón.

La forma adecuada del trato con los suprahumanos oficiales debía ser siempre la correcta.

Si el individuo se presentaba en la consulta ataviado con su uniforme táctico y su identidad protegida, entonces había que llamarle por su nombre en clave.

Si, en cambio, se personaba vestido como un civil más, en ese caso se le podía llamar por su apellido, pero bajo ninguna circunstancia se debía tratar con tanta confianza como para llamar al paciente por su nombre de pila.

Ciertas puertas se dejaban cerradas. Y, con pacientes como ese, el muro que separaba al doctor del paciente por fuerza tenía que ser sólido e infranqueable.

Portalus había acudido a la sesión con su traje supra, así que sólo existía una manera de dirigirse a él, por mucho que el paciente prefiriera más cercanía.

—Señor Portalus, ¿ha vuelto a experimentar episodios de visión roja?

Así es como lo había llamado, visión roja.

Portalus se refirió a ella por primera vez hacía dos meses y medio.

No era un nombre excesivamente original, aunque especificaba claramente cuál era el denominador común de aquellas experiencias.

Se trataba de ataques de una ansiedad irrefrenable que le hacían estremecer todo el cuerpo y le generaban fuertes migrañas.

La visión se volvía, en efecto, roja, y el paciente lidiaba con un deseo arrollador de asfixiar, de apretar algo hasta destrozarlo, un deseo de golpear con furia, un deseo de destruir.

Portalus era un asesino en serie.

Nadie lo sabía. Menudo escándalo podría ser.

En realidad, que yo supiera, lo sabían cuatro personas, quizá más, si lo pienso; constatarlo es difícil.

Si semejante noticia hubiera trascendido, la opinión pública se habría echado encima de aquel sujeto.

Con razón, toda la del mundo. Un miembro destacado de Ultraguardianes (grupo que abandonó para dedicarse por entero a su carrera en solitario), un suprAdalid condecorado, bien considerado por la sociedad y con tres millones de seguidores en su cuenta de Swakwee.

Maldita sea, tendría que haber estado encerrado en una prisión especial con neuranuladores desde hacía décadas. En Tartârus IV. Y con la llave perdida por ahí.