SuprAdalid 5. Dieciséis por ciento #3
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5. Dieciséis por ciento #3

—Para mí no supone una diferencia sustancial un ochenta y cuatro hoy que un cien dentro de cinco días. Y creo firmemente que el reactor ya sería fiable en su operatividad para entonces. Ni un día más.

—¿Y no deberías respaldar la opción de la seguridad? —El joven ayudante alzó los dos brazos—. ¡Podemos morir!

—Y una catástrofe natural podría matarnos antes de esos cinco días, señor Navar, así que…

—Y no olvidemos —intervino la doctora— que Andros siempre hará lo que yo le diga porque las leyes de la robótica que le integré en su complejísimo cerebro digital se reducen a una sola: obedecerme.

La doctora Vega no estaba en lo cierto. Lo que ignoraba entonces es si se marcaba un farol para callar a su joven ayudante o si realmente no sabía que se equivocaba.

¿Leyes de la robótica? ¿En serio?

Sol miró al bebé clon, cuyos ojillos asomaron por el borde de la banda de protección horizontal de su carrito, sin encontrar allí el apoyo que el joven científico buscaba.

Finalmente se rindió.

—Hagan lo que quieran —dijo Sol—. Me extraña mucho, doctora, que no le instalase a su androide una directriz que tuviera que ver con su protección, en plan «defenderé a mi creadora, aunque ella no me lo ordene, sea cual sea la situación». Si dispusiese de uno, no aprobaría un riesgo semejante.

—No dispongo de esa directriz —aclaré yo.

La doctora Vega me contempló con el ceño muy fruncido, meditándolo seriamente.

—No se lo tome a mal, doctora, haría lo posible por defenderla —expliqué entonces, adelantándome al proceso intelectivo de mi creadora—, ya que me incumbe personalmente y estimo que mi existencia ganaría si usted continuara con vida, si bien debo explicar que no me sentiría atado por mi programación a salvarla bajo cualquier circunstancia. Hay situaciones y situaciones.

Con los dientes apretados, la doctora Vega se cruzó de brazos.

—Si alguien me disparara, Andros, ¿te pondrías delante de la bala?

—Si fuera un tipo de munición que mi blindaje fuera a soportar, sin duda lo haría.

—Y si esa bala pudiera matarte, ¿te interpondrías?

—Ninguna bala podría matarme. No soy una forma de vida. En todo caso, podría ocasionarme daños estructurales. Destruirme.

—Me has entendido perfectamente, circuitos locos .

—Si pudiera destruirme, no lo haría. Lo siento mucho.

—No lo sientes, cafetera traidora. ¡¡No lo sientes!!

—Era una forma de hablar. Por otra parte, quisiera aseverar con garantía matemática que, si fuera factible, buscaría una feroz venganza, no porque fuera a satisfacerme propiamente, sino por el hecho de…

—¡No trates de arreglarlo ahora, maniquí desagradecido!

Voy a reprogramarte la puta cabeza en cuanto acabemos esta prueba.

Y si el ochenta y cuatro vence al dieciséis, te juro por la gravedad de Júpiter que te reprogramaré para que te interpongas en las trayectorias de todas las balas del mundo si es necesario para que yo no me despeine un solo cabello. ¿Lo has escuchado, chatarra?

—Como deseéis, mi ama.

—Y, ahora, cállate.

—Dueña mía, mi solemne señora, Su Majestad regia y fastuosa…

—¡Oh, cállate!

—… pomposa maravilla de…

—¡CÁ-LLA-TE!

Juré para mis adentros resistirme a tal reprogramación, que juzgué más una fanfarronada que un proyecto futuro de mi diseñadora, así que me dirigí a la parte del laboratorio situada tras los portales, junto al reactor, donde las brillantes superficies frías azuladas de mi blindaje externo adquirían tonos púrpuras y rosáceos.

Conecté los dispositivos que pondrían en marcha el reactor una vez más mientras computaba con una subrutina secundaria el modo de contrarrestar cualquier programación nueva que mi constructora pudiera aplicarme.

No me gustan las balas que viajan en mi dirección. En realidad, no me fío de casi nada que me supere en rapidez, pero viaje por debajo de la velocidad de la luz.

También valoré el riesgo real de la prueba de teleportación.

La explosión podría alcanzar, en el peor de los casos, unos noventa megatones (suficiente como para hacerle bullying a todas las bombas atómicas detonadas hasta la fecha) y, en el mejor, la potencia de una botella de refresco carbonatado cayendo al suelo.

Aun así, sin explosión alguna, también podría liberarse una cantidad de radiación suficiente para mutar una avispa en Mothra.

Lo mejor de todo era que el reactor lo habían diseñado las dos mentes más privilegiadas que ha dado el ser humano a lo largo de su historia: el doctor Vega y su brillante hija, por lo que el artefacto debería aguantar un nuevo embate sin necesidad de sufrir ninguna catastrófica adversidad.

Era un aparato duro y resistente, podría con lo que le echáramos, o eso pensé mientras regulaba unas válvulas de presión y activaba un panel de sensores.

A pesar de todo…

Dieciséis.

La sensación de irresponsabilidad no afectó más a ninguno de los presentes, ni siquiera al joven Sol Navar. El portal tenía que funcionar al coste que fuera. Era el mundo entero lo que había que salvar. Un mundo que no era lo que tenía que ser. Una realidad que se les había arrebatado.