5. Dieciséis por ciento #2
El doctor Vega activó su carricoche automatizado para que le condujera al centro del laboratorio, justo en medio de las dos grandes puertas.
—¡Un momento! ¡Claro! —Señaló con un dedito la parte frontal del vehículo fragmentado—. ¡Mirad eso!
Su hija, que en realidad parecía su madre, se cruzó de brazos.
—Papá, me da miedo preguntar, pero… —Lo meditó un segundo—. Vale, me da miedo preguntar.
El bebé clon con mente de anciano accionó un pequeño haz láser indicador anexado a su pequeño ingenio de transporte personal y marcó con él una de las mitades del vehículo.
—¡No ha sido un fracaso en absoluto!
Sol se quitó las gafas un momento para limpiárselas con la corbata.
—Yo tampoco lo veo como un completo fracaso.
La doctora Vega extendió los brazos hacia el cielo de tal modo que parecía implorar a algún dios cósmico.
—No, ¡qué va! ¡Es un éxito rotundo! La gente se compra coches para que se partan en dos en algún momento.
—No me refiero a eso —dijo el viejo doctor con voz infantil.
—Una vez compré una limusina a buen precio con la esperanza de que se cortara sola por la mitad. Menuda decepción, aún la tengo entera.
—¡Chris!
—No me cabe en el garaje, así que la aparco en solares. Y lo que tenía que haber hecho es traer la limusina aquí, ¿no, papá?
El niño emitió un chillido estridente mientras se doblaba sobre sí mismo, colocando su barbillita a la altura de las rodillas.
Se quedó gritando cinco intensos segundos.
Aunque yo permanecí impasible, la doctora Vega se llevó las manos a los oídos y temí que sus tímpanos comenzaran a sangrar si la condena auditiva duraba un poco más. No fue así.
Cuando hubo terminado su chillido infernal, la criatura apoyó ambos brazos sobre el borde del carrito, como si fuera a saltar desde ahí al suelo, aunque se quedó con la cara roja y los puños blancos mirándonos a todos igual que un bebé de profecías satánicas.
—¿Puedo hablar?
Sol Navar lo miró de hito en hito como si hubiera perdido la cabeza, asombrado de que tal chorro de sonido punzante pudiera emitirse desde una fuente tan minúscula.
—Puedes —consintió la doctora Vega—. Lo que no puedes es volver a hacer eso. Tengo un bate de acero ahí guardado. Lo he comprado y me muero por usarlo. Ahora, habla si quieres.
Su padre desplazó el láser indicador de su carrito hasta una de las ruedas del rover y de ahí lo llevó hasta la parte superior del vehículo. De haber habido gatos en el laboratorio, se habrían pasado un buen rato escalando como locos.
—Esto de aquí ha pasado por ahí —dijo señalando con el puntero el Portal-B— viniendo de ahí —continuó diciendo, señalando ahora el Portal-A—. ¡Y os parece poco!
Yo uní las manos a mi espalda.
—El experimento consistía en…
—Ya. Pero un montón de átomos han pasado de un sitio a otro.
—El bebé logró ponerse de pie un momento antes de caer de espaldas sobre su habitáculo acolchado.
Sus ancas de rana no podían soportar el desequilibrado reparto de pesos de su cuerpo de cachorro humano.
Estuvo ahí gruñendo y haciendo otros ruidos degradantes mientras se revolvía con esfuerzo.
Cuando logró incorporarse de nuevo, prosiguió con su exposición—: ¿Cuántos átomos puede haber en esa parte delantera del rover?
Si no hablamos de septillones de átomos, será porque son octillones.
—No tanto —le interrumpí—. Unos quince mil cuatrillones de átomos más bien. O, si lo prefiere, 0,015 quintillones.
—¡Muchísimos átomos, coño! Es un montón de materia.
Y no ha aparecido del revés, de dentro afuera, ni se ha convertido en mosca-coche.
¡Hagamos la prueba del tamaño y hagamos la prueba de la velocidad!
Lancemos una pelota. Una pelota roja, como Christian Bale haciendo magia.
Bum y pam. Et voilà, mesdames et messieurs .
El joven científico y la doctora compartieron una mirada paciente, ignorándome por si acaso.
En mi opinión de entonces, podía merecer la pena intentarlo.
El experimento recién efectuado no surtió el efecto que se esperaba, aunque muchas veces la gente va a comprar unos pantalones y vuelve con chaquetas estupendas.
Además, no había que tocar nada. Poner el reactor de nuevo y cruzar los dedos para que no se fundiera, como mucho.
Activar las puertas y lanzar a la sopa una pelota (no tenía por qué ser roja) y ver si salía por el otro lado.
—Andros.
—¿Doctora?
—Probabilidad de que el reactor estalle si lo encendemos ahora.
—Un dieciséis por ciento.
—A mí me vale.
—Un porcentaje aceptable —coincidí yo.
El bebé volvió a conducir su carrito al lugar más alejado del laboratorio.
Con su tracción total y sus ballestas por levitación magnética podía atravesar con gran estabilidad el terreno más accidentado del planeta sin perder velocidad, así que la maraña de cables, tuberías y tubos de todo tipo dispuestos por el suelo no impidió que llegara como un torpedo a la zona segura.
(Se llamaba zona segura, pero sólo era la zona más alejada de los portales, distancia que no evitaría que la fusión nuclear desintegrara todas y cada una de las partículas situadas en esa parte del laboratorio.
Cuestión de semántica. Y de ilusión de seguridad.)
—¡Sí! ¡Dieciséis por ciento! ¡Qué emocionante!
—¿En serio lo vamos a hacer? —Sol no daba crédito a lo que oía. Sería el más joven de nosotros, lo que no quitaba que tuviera un mínimo de sentido común y toneladas de cobardía—. Dieciséis sobre cien no es ninguna broma.
La doctora Vega se puso a la defensiva.
—Podríamos esperar cinco días o hasta una semana para garantizar la seguridad. El problema, querido mío, es precisamente que esperaríamos cinco días o hasta una semana. Una eternidad. ¿En serio el número ochenta y cuatro no te da ninguna tranquilidad? Es un número bastante alto.
—Preferiría esperar cinco días, asegurar el reactor. ¿Andros?
Como androide, podía quedarme tan petrificado como una estatua tallada a cincel. Así daba la sensación de estar apagado, lo que me ahorraba un montón de respuestas incómodas. Sol Navar no se merecía aquello. Era buen chico. Aunque yo no estaba dispuesto a que intentara convencernos.
—¿Andros? ¿Andros? —Hizo gestos y golpeó una superficie de metal reverberante—. ¿Andros?
Al final, tuve que ceder.
—Qué.
—¿En serio no vas a decir nada?