5. Dieciséis por ciento
Dieciséis por ciento
El reactor colapsó y los dos portales se cerraron de repente, partiendo en dos el pequeño vehículo rover.
Hubo algunas chispas y un poco de humo, luego el silencio.
El ronroneo de conmutadores y otros artefactos electrónicos se disipó y la maquinaria pesada pasó a un sosegado ralentí apenas perceptible.
La doctora Vega se quitó las gafas de protección y las tiró de cualquier manera sobre una consola de mandos, sacó las que tenía plegadas en el bolsillo de la bata, graduadas, y se las puso.
Observó el panorama. El Portal-A tenía la parte trasera del rover justo delante, así como el Portal-B había permitido el paso de todo el morro del vehículo, el tren delantero y parte del habitáculo destinado a los pasajeros (que afortunadamente no había).
—Me cago en todo. —Era una maldición tranquila, la calma antes de la tormenta.
Reparó en la reacción sosegada de sus ayudantes mientras se mordía el labio inferior. Molesta, quizá, porque todo el mundo estuviera tan relajado. Yo era un androide cromado de dos metros que no solía cambiar de expresión, así que repelí aquella mirada asesina con un talante impertérrito.
Había que señalar que el vehículo lunar cortado en dos tenía cada parte en un punto diferente del laboratorio.
—Deberíamos haber lanzado un segundo dron —consideré, recordándole a todo el mundo que yo había abogado por esa posibilidad.
Habíamos perdido el primero, cierto, pero un dron es más barato que un rover lunar.
El joven Sol Navar se ajustó las gafas al puente de su nariz mientras examinaba un monitor, luego otro y un tercero detrás del segundo. Parecía resuelto a encontrar una solución inmediatamente. En unos segundos, al menos. Luego se desinfló como una pasa antropomorfa. No dijo nada. Era listo.
El padre de la doctora Vega, el insigne Lornias Vega, se asomó desde el interior de su cochecito de paseo, con su cuerpecito de bebé clonado temblando como un flan.
El cuerpo había nacido de la probeta con muchas posibilidades físicas modificadas; no obstante, le seguía avergonzando hablar con el timbre propio de un bebé de pocos meses.
—No sé qué ha podido salir mal.
La doctora Vega recogió su enmarañada melena gris con destellos azul celeste en una cola de caballo hecha de cualquier manera, de la que escapaban mechones sueltos, extrajo un aparato medidor de radiaciones de uno de los bolsillos de su larga bata blanca y comprobó los resultados que obtenía sobre la marcha en un sondeo rápido.
—No hay emisión de radiación gamma. Te equivocabas, papá.
—Porque ha salido mal —se defendió la voz aflautada que salía del interior del cochecito.
—Andros, Sol, comprobad de nuevo los cálculos, ¿os suena la frase?
Sí, recuerdo que los comprobasteis trescientas veces y os pedí que lo hicierais una vez más antes de activar el reactor.
¿Y qué me dijisteis? Que no hacía falta porque los habíais comprobado trescientas veces.
¡Así que decidme —gritó arrojando el aparato medidor al suelo antes de pisotearlo con saña hasta hacerlo añicos—: ¿hacía o no hacía falta comprobarlos una vez más? !
—Habríamos obtenido el mismo resultado. —Como androide no me sentí intimidado. Aunque sabía simular la sensación, y a veces lo hacía para conseguir determinados resultados, en aquella ocasión no lo hice. Y no lo hice porque no me dio la gana—. El reactor todavía no está listo.
—Andros.
—¿Sí, doctora?
—Andros.
—Dígame.
—Ahora mismo intento no odiarte. Me lo pones muy complicado.
—Sólo intento ser útil. Como siempre.
Examiné una de las partes del rover, la que había quedado frente al Portal-B. El corte no era limpio, como el de un láser (y eso era lo que esperábamos), sino que parecía mordisqueado por unas mandíbulas enormes.
—No —dijo la doctora conteniendo su ira—.
No es cierto, pedacito de titanio, no. Útil es decir algo que mejore nuestra situación.
Nuestra situación no ha cambiado. Hago esfuerzos memorables, cruzo un Rubicón, construyo una maldita pirámide en Giza para no ponerme a romper el laboratorio enterito, permanecer templada.
Muy profesional. Y lo destrozaría todo, no sólo mi muñeca y el meñique, como aquella otra vez, porque ahora tengo un bate de béisbol.
Lo compré de metal. Lo tengo ahí, en esa taquilla.
Quiero romper cosas, Andros. Pero aquí estoy. Calmada, calmada de cojones.
Eché un vistazo desde lejos a la parte posterior del rover autocontrolado, detenida frente a la puerta con una enorme A en la parte superior del umbral.
—No creo que sea útil creer —dije— que con haber realizado un cálculo más habríamos alcanzado la conclusión de que no iba a funcionar.
Habríamos realizado los cálculos trescientas una veces y habríamos fracasado igualmente.
—Caminé despacio del Portal-B al A, cruzando varios metros de laboratorio con ríos de cables de todos los grosores y materiales.
El aspecto del tajo en ese otro pedazo de vehículo era el mismo.
Cercenado como por un millón de espadas—.
Es útil recalcar —añadí— que el reactor no está preparado.
—¿Lo sabías antes de la prueba, hombre de latón? ¿Que saldría mal?
—Creía que podía funcionar y, por eso, no dije nada.
Ahora sé que necesitamos un nuevo reactor, al menos el doble de potente, o rehacer el artefacto por completo para que se ajuste a lo que necesitamos ahora.
Ha sido un fracaso a medias, por lo que la teoría es buena. Sólo requerimos muchísima más potencia.
La doctora Vega frunció los labios y se metió las manos en los bolsillos. Le echó un vistazo a la punta de sus pies, sorprendiéndose al encontrar uno de ellos moviéndose como si estuviera siguiendo un ritmo musical pegadizo.
Revisó cada parte del experimento en su cabeza.
Al menos, eso me pareció a mí. Prefiero contar que lo hizo.
En efecto, la teoría era buena. El laboratorio disponía de un tipo de tecnología que podría hacer llorar a muchos técnicos de NASA.
Las puertas tenían tres metros y medio de ancho, casi cinco de alto y estaban arqueadas en sus respectivos dinteles.
Habían sido situadas en línea, a izquierda y derecha del gran centro del laboratorio.
El vehículo lunar debería haber atravesado el Portal-A en dirección norte y haber salido por el Portal-B en dirección sur.
Sin viajes interdimensionales entre medias, sin desintegración y sin posterior integración.
Sólo un pliegue artificial en el espacio que permitiría unir dos puntos geofísicos distintos.
Un viaje que se había realizado a medias.
La profesora se arremangó mientras salía de esa especie de anfiteatro suyo de control, rodeó varias consolas y bajó unos escalones hasta la zona de pruebas. Se aproximó a uno de los marcos construidos para saltar por el espacio.
Christelle Vega era una mujer de cuarenta y tantos años que había visto envejecer de repente ciertas partes de su anatomía, mientras que otras permanecían jóvenes.
Aún se movía con agilidad felina, era rápida, impredecible, caminaba encorvada en diagonal como si sus pies no fueran capaces de seguir el ritmo de su cabeza.
Sus manos, siempre ansiosas y con dedos largos y esqueléticos, parecían prestas a toquetearlo todo, y habitualmente lo hacían.
Comprobó el conducto de energización con el ceño fruncido.
—No se ha quemado nada.
—En efecto —coincidí, y ya había detectado que los humanos se sentían mejor, aliviados incluso, cuando les daba la razón. Así que, si había que darle la razón a una persona, yo se la daba—. Sólo ha fallado el reactor.
— Coitus interruptus .
—A decir verdad, y aprovechando el mismo repulsivo símil, esto ha sido más parecido a una disfunción eréctil repentina.
—Menudo destrozo —dijo ella, cuando vio la línea de corte, por llamarla así, del rover.
Me coloqué junto a la parte trasera del vehículo, evitando pisar un charco de aceite que empezaba a formarse en el suelo.
—Es interesante, ¿no cree, doctora? Siempre pensé que, si el portal desaparecía de repente, el corte sería quirúrgico.
—¿Has visto ese fluido que ha aparecido al conectar las puertas? —La doctora se dio la vuelta para comprobar el hueco libre que había en el marco de la puerta—. Hay una especie de sopa amarilla bajo el dintel.
—Parece un vómito.
—Gracias, Andros. Qué útil eres, desde luego.
—Se diría que tiene consistencia sólida, pese a que esa parte de ahí —dije señalando la mitad del rover que había delante de la otra puerta— la ha atravesado sin que una sola partícula del vómito haya quedado adherida a las superficies.
—Eso era lo que queríamos —dijo el doctor Lornias Vega—.
Esto debe de ser igual que tirarse de cabeza a una piscina, superar la superficie del agua y caer en la zona de las tumbonas completamente seco.
Y, por cierto, qué dolor. Aunque, a veces, tienen césped.
Una vez me tiré desde un balcón de mi habitación de hotel a la piscina interior. Por eso lo digo. No lo volveré a hacer.
—Excelente, doctor —convine—, gracias por compartirlo. ¿Podría ser que el colapso se haya debido al tamaño del objeto transportado? ¿Qué opinan? —Miré al doctor y luego a su hija.
Uno siguió pensando en sus historias, la otra emitió un bufido.
—El tamaño importa —susurró la jefa del proyecto.
—¿Y si lanzáramos una pelota de tenis? —les propuse—. Como en aquella película de fantasmas.
—Aunque probablemente tenga que ver más con la rapidez —teorizó ella—.
Si lo hubiéramos dirigido a cuarenta kilómetros por hora en lugar de hacerlo a velocidad de crucero de geriátrico, el rover podría haber cruzado entero.
—Mi creadora empezó a hacer aspavientos mientras pasaba a mi lado, apartándome de en medio y encaminándose al otro fragmento de vehículo—.
¡Qué más da! ¡Es lo mismo, no queremos crear portales así de inestables!
La idea es conseguir pórticos fiables, agujeros de gusano no letales.