4. Sigmar
Sigmar
Conducción de las entrevistas a cargo de la magistrada Sarah Largo.
—¿Podemos llamarla Ji-yoon o prefiere Sigmar?
—¿Y por qué no agente Kim? Sonaría más oficial.
—Lo que usted prefiera. Esto no es exactamente un interrogatorio.
—Hay gente que dice que sí que lo es.
—Bueno, sólo queremos saber qué ocurrió. La primera ministra quiere entender qué está pasando.
—Entonces, Ji-yoon está bien. Es mi nombre de pila.
—¿Qué sintió aquel día? El día en que se estrenó como Zero.
Llegué a casa con mi atuendo civil y una bandolera cruzándome el pecho. Cualquiera que hubiera sabido algo de lenguaje corporal, al verme la espalda encorvada, una postura ajena a mí, habría dicho que me sentía abatida. Mi rostro sólo tenía una lectura posible: no había sido un buen día.
Lo sé porque, cuando Ula abrió la puerta y me encontró así, no lo pensó ni un segundo y se lanzó a abrazarme.
—Sea lo que sea, ya ha pasado. —Trató de consolarme frotándome la espalda—. Ya está, ya está.
Yo no moví los brazos en respuesta, no hundí la cara en el hueco de su cuello, tan sólo me quedé ahí, petrificada. Pero rompí a llorar.
—Ha sido horrible —dije, entre sollozos—. Ha sido totalmente…
—Se acabó, ¿me oyes? Se acabó. Ya estás en casa. Hay sopa recién hecha y un sofá que te ha echado de menos. —Ula casi tuvo que empujarme para que entrara en el piso—. Vamos, ¿o quieres que te lleve en brazos? Puedo hacerlo. Y te advierto que lo haré. Y será más humillante para ti, te lo garantizo.
Accedí a ser conducida como un autómata hasta el sofá, donde me senté con la mirada perdida y, si bien siempre he sido pálida, en ese momento mi tez debía de ser más blanca que la leche.
En aquel piso franco no advertí la presencia de más agentes del Espolón (de cuando en cuando se pasaba alguien por allí) ni de nuevo instrumental operativo, por lo que deduje que las cosas debían de seguir como siempre.
Me importaba bien poco. El ruido sordo que llegaba a mis oídos, casi como un zumbido agudo enviciado por sonidos inconexos que iban y venían, no me transmitía información alguna.
Estaba tan absorta que casi era un estado de trance.
Mi supervisora me siguió hablando de todo y nada en particular, procurando consolarme, hacerme sentir cómoda en aquella casa, por mucho que mi mente aún no hubiese salido de aquel poblado tercermundista.
Las miradas de aquellas personas, sumidas en la pobreza más absoluta y, a pesar de ello, orgullosas e implacables, odiándome por lo que era, por lo que representaba.
El modo en que lucharon y murieron… sabiendo que no tenían ni una oportunidad.
Abuelas arrojándonos piedras, sartenes, chatarra y, cuando todo aquello de cierta contundencia que tenían a mano se les terminó, tirándonos hogazas de pan y piezas de fruta mientras nos increpaban hasta desgañitarse.
Maldiciéndonos, haciéndonos responsables de todos sus males.
Los niños…
Aquella gente nos veía como demonios y actuaba en concordancia con su consideración de nosotros.
Un pueblo entero echándosenos encima. No huyó un solo aldeano para esconderse.
Ni siquiera cuando los demás miembros de Facción Zero comenzaron a masacrarlos quisieron ponerse a salvo, ni para salvaguardar a un ser querido o desvalido.
Todos a una. Contra los monstruos occidentales.
Aunque yo no encajara exactamente en esa definición.
Sí, es cierto que Corea del Sur ya formaba parte de la FE, pero, aun así… , ¿occidental?
No importaba. Nada importaba. Éramos los adalides eurotanos, el mal de las escrituras sagradas de tiempos pretéritos. Apocalipsis con forma humana.
Repasé cada segundo de esa horrible mañana.
Desde el descenso del Skyzenith hasta el posterior regreso.
Cada maldito segundo de la operación. En especial aquellos en los que me vi obligada a defenderme, a reaccionar violentamente.
Esos pobres diablos tenían bazucas y fusiles de asalto.
Traté de convencerme de que no tenía más remedio.
Habría sido mucho peor no hacer nada.
Ula siguió hablándome tras aquel muro de insonorización, me acercó un bol con algo y me lo colocó en las manos. Apenas pude sentir el calor del recipiente. Mi supervisora me tomó de las manos y me ayudó a llevármelo a los labios. Bebí un poco de sopa de verduras, humeante e insípida.
Nada de eso iba a ayudar. Los abrazos estaban bien, como también estaba bien tener algo caliente que depositar en el estómago, ver alguna serie mala en la tele y escuchar palabras reconfortantes de mi supuesta compañera de piso.
Aguardaba una noche de llorar hasta caer agotada sobre la almohada antes de sufrir terribles pesadillas.
Después, me despertaría hecha una mierda. Eso era lo que había.
Ula se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos. Me susurró algo al oído que no parecía importante. Su tono cálido sí surtía efecto. Eran las palabras de mi mejor amiga, su tono no era nada profesional. Simplemente dos mujeres jóvenes con toda la vida por delante.
Su olor intenso me gustaba, rezumaba sensualidad.
Con esa ropa que vestía, de colores tan claros y luminosos, en contraste total con la oscuridad de su piel, estaba para comérsela.
Hacía sólo un par de días que se había dejado el pelo cortísimo, lo que servía para que aquellos ojos enormes y los labios carnosos destacaran en un rostro, por lo demás, sutil en casi todos los detalles.
Tenerla tan cerca resultaba embriagador.
Me aceleraba el pulso. Si Ula quería, podía hacerme olvidar lo ocurrido durante la operación.
Lo dejaría todo atrás, hasta las imágenes más espeluznantes del día.
Estaba convencida de que a ella le gustaría, si se aplicaba a fondo la haría descubrir un mundo nuevo. Sería como si…
… Maldita sea, ¿y por qué no…?
Me lancé a besarla sin más dilación. No lo pensé más. Llevaba deseándolo desde el día que la conocí.
Ula se apartó a toda velocidad. Ni siquiera la rocé. Me puso su dedo índice vertical sobre los labios, taponándome la boca y reteniendo el empuje de mi cabeza para que me detuviera.
—No, cielo —dijo, aplicando la ternura justa, sin derroches—. No. Tenemos una misión. Esto es muy serio. Si no nos jugáramos tanto, quién sabe, lo mismo dejaba que nos emborracháramos y jugáramos con antorchas. Dadas las circunstancias, hay que centrarse. Lo comprendes, ¿verdad?
Menudo palo. Encima eso. La vergüenza máxima todavía no había hecho su aparición, aunque habían avisado de recepción que ya estaba en el hall y a punto de subir.
Si al menos hubiera podido convencer a Ula por compasión…
—Ha sido un día de perros para mí y sólo…
—Soy tu superior, Ji-yoon —me interrumpió, y cada vez sonaba más tajante—.
Estaría mal, incluso aunque este rollo me gustara, y resulta que, cuando experimenté en el instituto…
, en fin, no te ofendas, pero no me dijo nada.
Te veo guapísima, en serio, eres un bombón.
Si yo fuera como a ti te gustaría que fuera y la misión estuviera completada, esta noche te ibas a enterar.
Quiero que lo sepas. Sin embargo, estamos donde estamos, queda mucho por hacer y la respuesta tiene que ser no.
Estuve a punto de romper a llorar de nuevo.
Reprimir todo lo que tenía dentro me parecía imposible, así que me tentó dejarme llevar y que pasara lo que tuviera que pasar.
Quedaría humillada y destruida por dentro un poco más de lo humillada y destruida que me sentía ya.
Granizando sobre diluviado. ¿Acaso importaba?
Sería una liberación convertirse en un manantial de agua salada y gimoteos patéticos. Quería tirarme por ese precipicio.
Sin embargo, a veces surge una especie de llama, llámala orgullo o como quieras. Se enciende en tu interior y te induce a mantener la poca dignidad que te queda. Así que reprimí mis lágrimas, apreté los puños con todas mis fuerzas y busqué las mejores palabras para sacar la pata.
—Perdona, Ula, no sé qué me ha pasado. No lo he visto venir.
No estuvo mal. Podría haberlo adornado mucho mejor si mi supervisora no se hubiera arrojado sobre mí, abrazándome con una efusividad hipócrita.
—¡No, mujer —me dijo—, no pasa nada! ¡Si lo entiendo!
Ha debido de ser una experiencia traumática, me lo puedo imaginar.
Un momento de debilidad lo tiene cualquiera.
Además, me halagas. Así que te propongo que hagamos como que no ha sucedido.
¿Te parece bien? —Frunció el ceño y puso una voz grave y exagerada que pretendía imitar al superintendente Grimaux—.
«¿Qué ha pasado, agente Kim? Se comporta usted como si hubiera intentado besar a alguien.
» Oh, pero es que yo no recuerdo nada de eso. ¿Ha ocurrido? No sé nada de besos.
Sonreí de medio lado, no porque me hicieran gracia sus bromitas, sino porque pretendía ser condescendiente. Debía reconocer que la comandante Adeyemi se estaba esforzando, yendo más allá de sus responsabilidades, qué menos que reírle los chistes.
—Estoy dentro —susurré, cambiando de tema.
La oficial saboreó la dulce realidad antes de asentir con la cabeza con gesto de orgullo.
—Bien, entonces.
—Mañana seré presentada al resto del grupo.
—Fantástico. Ten tacto ahora. Debes convertirte en imprescindible, sin forzar la maquinaria. Hemos hecho un perfil psicológico de Decurión y, qué quieres que te diga, no lo vas a tener fácil. No ofrece su confianza así como así.
—Me tomaré mi tiempo.
Ula me dio unas palmaditas en el hombro y se levantó del sofá, arrebatándome el bol de sopa de las manos sin derramar ni una gota.
—Una copa. Hay que celebrarlo y tú lo necesitas. Creo que te vendrá mejor un buen vaso de vodka que esta sosería. Además, he comprado un zumo de naranja que te cagas en el supermercado.
Yo saboreé en mi imaginación el trago. Sí, esa copa podría ser lo mejor que fuera a pasarme ese día.
Al menos, me quedaba eso.
—Comandante Adeyemi, ¿es cierto que la agente Kim se le insinuó?
—Yo no hablo de esas cosas.
—El superintendente Grimaux le ha ordenado que coopere.
—Para hablar de materia oficial. Asuntos suprahumanos, no personales.
—La agente Kim ha asegurado que intentó besarla.
—Quizá la agente Kim hable más de la cuenta.
—¿Fue un descuido que la pilló con la guardia baja, por decirlo así, o piensa que se estaba enamorando de usted?
—¿De qué forma puede ayudar a esclarecer las cosas el hablar de ese detalle trivial?
—En ese momento, la agente Kim acababa de vivir una experiencia muy dura, hablaría bien de ella que usted confesara que fue un instante de debilidad, como aseguró que usted le dijo, y leo textualmente: «Un momento de debilidad lo tiene cualquiera».
¿Realmente lo cree o se estaba encaprichando de usted?
—Ji-yoon estaba… La agente Kim estaba sufriendo un episodio breve de estrés postraumático. En dichas circunstancias, se puede buscar alivio en lugares erróneos.
—¿La está exculpando, pues?
—Por supuesto. Fue una insignificancia.
—¿No pensó entonces que la misión era demasiado para ella?
—Calibré tal posibilidad, pero era demasiado pronto para abortar o para realizar cambios drásticos. Lo superaría. Ocurre siempre, el primer contacto con la cruda realidad te deja huella. Luego sigues caminando. Había costado mucho meterla en Facción Zero, la misión debía continuar.
—Pero usted albergaba dudas de que ella estuviera preparada.
—No estaba convencida al cien por cien, por decirlo así. Por otra parte, el porcentaje de duda no implicaba un cambio de planes.
—¿Así se lo hizo saber a Gilbert Grimaux?
—Así se lo hice saber.
—Le comento esto porque no consta en ninguna parte transcripción escrita ni grabación en audio sobre la conversación telefónica que mantuvo esa misma noche con el superintendente.
Sin embargo, sí consta registro de que esa conversación telefónica existió.
Más concretamente, se efectuó desde el piso franco que ocupaban la agente Kim y usted, y fue recibida en el despacho del señor Grimaux.
Duró cuatro minutos y treinta y seis segundos.
¿Cómo es que la conversación fue borrada de los expedientes?
—Lo ignoro. Pregúntele al superintendente Grimaux.
—¿De qué cosas se habló en esa llamada telefónica?
—Pregúntele al superintendente Grimaux.
—Se lo estoy preguntando a usted.
—Lo sé, la estoy oyendo. Está ahí delante, la escucho con claridad.
—Pues responda a la pregunta, se lo ruego, comandante Adeyemi.
—No lo recuerdo bien, quizá el superintendente Grimaux tenga mejor memoria que yo.
—Si sólo se habló de la conveniencia de seguir con el plan de infiltración de la agente Ji-yoon Kim, el audio de la grabación no se habría extraviado. ¿Se tocaron materias más sensibles en aquella conversación?
—Ella es coreana, habría que decir Kim Ji-yoon.
—Agente Kim Ji-yoon. Apuntado. ¿Puede responder ahora a la pregunta?
—Hablé con mi superior acerca de Sigmar. Le dije que todo saldría bien, que ella lo haría bien.
—La conversación no se habría eliminado si únicamente hablaron de eso.
—¿Usted cree? Desaparecen muchas cosas. No siempre son tan trascendentes como parecen.
—¿Podría esforzarse un poco más y especificar qué tipo de asuntos se abordaron en esa conversación?
—Pregúntele. Al. Superintendente. Grimaux.