SuprAdalid 3. Ideas que se instauran #2
6%

3. Ideas que se instauran #2

Había que ofrecer un mensaje que pudiera interpretarse con claridad meridiana.

Ningún gobierno envía un grupo de suprahumanos a un país rival cuyo nombre acaba en istán sin dejar un reguero de muerte y desolación.

El ejemplo sembrado con polémica, porque la polémica amplía la envergadura de una noticia como el exceso de pólvora.

Sin delicadezas. Se debía hablar de aquello en todo el mundo durante, al menos, tres o cuatro días. Por lo menos, tres.

No se podía reivindicar el acto, ya que había que mantener una cierta compostura internacional.

Habría personas con corbata en ruedas de prensa negando cualquier implicación en los horribles sucesos.

Entre líneas, por otra parte, debía subrayarse que este tipo de cosas podrían volver a pasar en cualquier momento y en cualquier lugar.

A nadie le importaba qué le ocurriera a la gente de ahí abajo. La cuestión era que el mensaje que llegase al resto de naciones del planeta fuera el siguiente: «Nosotros nos portaremos bien si vosotros os portáis bien. Y a portarse mal no nos gana nadie».

Se preveía que, dos horas después, Facción Zero estuviera cenando en un Jamburger que acababa de abrir cerca de la base, con un sinfín de anécdotas jugosas que contar.

Nadie haría preguntas acerca de qué habían hecho en realidad o a qué propósito político había servido la acción. No habría ningún documento impreso.

En teoría, no tuvimos nada que ver.

—Lo que me llama la atención es cómo se pone en marcha una misión exprés como ésta…

—Funcionaba así: la primera ministra llamaba personalmente por teléfono al líder de Facción Zero (en aquellos momentos era yo); decía qué hacer y cómo hacerlo, asumiendo que, en el momento de la llamada, todos los operativos logísticos estuvieran en sus puestos.

En realidad, los metahumanos siempre éramos los últimos en enterarnos.

Y se nos ponía al corriente con menos de una hora de antelación.

Yo recibía su llamada y ella utilizaba mi nombre de pila.

—¿En serio? ¿La primera ministra, Clara Morris?

—Sí.

—¿Le llamaba personalmente?

—Si era muy serio, sí. Otras veces le encargaba la tarea a uno de sus asistentes. Yo veía su número privado y descolgaba. «Hay un trabajito que hacer, Julek. ¿Os pillo en mal momento?», me decía.

—¿Usted la llamaba por el nombre de pila?

—No. Había cierta confianza, pero yo nunca perdía de vista con quién estaba hablando. No tuteas a la primera ministra de Eurotania Federal. Por mucho que ella tonteara conmigo, no la tuteas.

—¿Tonteaba con usted?

—No de un modo muy descarado. Al contrario, era casi victoriana. Aun así, me tiraba los tejos, sí.

—Le daba la misión y Facción Zero la cumplía.

—En aquellos tiempos, sí. Éramos su juguetito preferido.

El concepto de guerra nuclear se había convertido en algo trasnochado y anacrónico.

Como el mosquete con bayoneta. Los suprahumanos eurotanos habíamos puesto el mundo del revés.

No hacía falta ni amenazar a los jefes de gobierno adversarios.

El simple hecho de coaccionar, presionar de palabra o con maniobras militares convencionales a líderes políticos para que hicieran lo que a la primera ministra se le antojara, es decir, los métodos de toda la vida, implicaban un proceso más costoso que enviar un supra a la residencia del jefe de gobierno en cuestión y que se sentara delante de él.

Podíamos decirle: «Retirará sus tropas a la orilla oriental del mar de Galilea antes de mañana al amanecer…

o volverá a verme. Su mujer y sus hijos también me verán».

—¿Eso hizo usted? ¿Llegó a hacerlo para la primera ministra?

—Con el califa de Batufi, Zaid Ismaili, sin ir más lejos.

—¿Se presentó en su casa y le amenazó?

—Prefiero decir que hablé con él.

—¿Por orden de la primera ministra Morris?

—A mí no se me ocurriría visitar a ese hombre para nada.

—El caso es que aún sigue vivo.

—Oh, sí. Me hizo caso.

—Entiendo.

—Cuando una persona hace refulgir un resplandor rojizo en sus globos oculares y habla con voz de trueno y dice frases como «o volverá a verme», no hay político en todo el mundo capaz de resistirlo.

Es un terror atávico que el ser humano lleva inserto en sus genes desde tiempos inmemoriales.

El miedo a los dioses. Y el conocimiento empírico de que estos dioses son reales y perfectamente tangibles convierte la experiencia en algo todavía más espeluznante.

—Entiendo que nadie puede demostrar este tipo de coacciones.

—Por no decir que era imposible evitar que en todo momento pudiera haber un suprahumano cerca de cada máximo dirigente de un país.

—El miedo como herramienta útil.

—Es más, según una línea de pensamiento bastante pesimista, una herramienta necesaria a lo largo de la Historia. Aunque jamás el miedo ha obrado una sensación más palpable y recalcitrante que en aquellos días de esplendor de los suprAdalides.

La idea que lo cambió todo me asaltó en ese preciso momento, cuando la voz mecánica del piloto del Skyzenith resonando en los altavoces anunció:

—Treinta segundos para alcanzar objetivo.

—Todo el mundo en posición —ordené a los demás.

También ese día pensé en el miedo. Nuestra primera ministra era la persona más aterrada de todas. El marionetista que veía los hilos de su títere cortados por él mismo… y éste moviéndose a sus anchas. Los misiles nucleares no se sublevan contra los máximos dirigentes que deciden cuándo emplearlos.

El miedo de que tomáramos la iniciativa ya se había instalado en la mente de todas aquellas personas, poderosas culturalmente y, aun así, indefensas ante los nuevos dioses.

—Pasamos a visión nocturna.

En fin, yo, como arma, ya me había cansado de que otras personas me ordenaran disparar y quería ser yo quien eligiera los blancos. Los reyes y gobernantes tradicionales lo habían intentado durante milenios. El mundo seguía igual.

Por mi parte, quería intentar que el mundo mejorase.

—Diez segundos.

—Abriendo puertas.

Desde que visité ese ostentoso despacho de Odeon no había hecho otra cosa que encarguitos.

En secreto, tan ilegales como podían ser.

Llenando arcas ajenas, inflando el poder y la influencia de otros.

Seguía siendo ese joven e impresionable Decurión sentado ante aquella formidable mesa negra ante la placa de oro donde podía leerse «Alcalde Furio Carpi».

Desde entonces, todo igual. Un mandado. Y los nuevos patrones ni siquiera habían combatido el crimen con sus propias manos una sola vez.

Me acercaba a los cuarenta y todavía quería redimirme.

Merecía la pena seguir intentándolo. Aguardar a que llegara la hora. Mi hora.

Debía tener paciencia.

Sin embargo, antes había llegado la hora de arrasar en plan bíblico un poblado de Aljalizhistán. Y lo hicimos. Una labor metódica.