3. Ideas que se instauran
Ideas que se instauran
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—¿Quiere un café, señor Diamandis? Podemos traerle lo que quiera. ¡Ferdi!
—Un americano, en taza bien grande. Mucho café solo y mucho azúcar.
—¿Ferdi? Ya lo has oído. Bueno, sigamos, si le place. ¿Se encuentra cómodo?
—Más o menos.
—Según tenemos entendido, usted se encargó personalmente de la evaluación de la agente suprahumana Sigmar.
—Cierto.
—La operación en Aljalizhistán.
—Así es.
—Podría detallarnos cómo ocurrió. Fue el bautismo de fuego de ella, ¿no es cierto?
—Como miembro de Facción Zero, sí. Ella tenía experiencia como suprAdalid individual.
—¿Nos contaría más?
Debo confesar que me había vuelto adicto a interpretar el papel de ira de Dios con forma humana.
El Skyzenith sobrevolaba la zona a velocidad de infarto, en modalidad stealth , por supuesto, para no indignar a ese tipo de naciones que no veían con buenos ojos que Eurotania, la Europa de otro tiempo, se hubiera convertido en el nuevo sheriff de la ciudad, más aún cuando, en otros tiempos no muy distantes, ellas mismas habían lucido la brillante estrella en su pecho.
Y se suponía que el grupo de intervención no estaba aquí.
Recuerdo que observé a los seis agentes de campo del Espolón. Ataviados con ligeras armaduras tácticas y los prototipos de cascos de próxima generación, parecían más cíborgs que humanos.
Era el mismo arsenal que ahora tenían las Fuerzas de Choque Eurotanas, las ESF. Tecnología de precisión para trabajos más finos. Los agentes del Espolón estaban ahí sólo por si acaso. Y yo ya estaba seguro de que no se moverían de la aeronave.
—Acercándonos al área púrpura —avisó la voz robotizada del piloto.
Aparte de Sigmar y de mí, había otros dos miembros de Facción Zero elegidos para la operación, pese a que estaban a lo suyo: Predadora se entretenía con su teléfono móvil, Púlsar se ajustaba los velcros de las botas.
Me giré de lado mientras me quitaba el auricular con micrófono incorporado para hablar fuera de línea con la novata.
—Habrá menores de edad —le advertí a Sigmar, con una ceja enarcada.
No me había colocado la máscara todavía para que ella pudiera leer la expresión de seriedad en mi rostro.
Como el mejor de los actores. En ese instante ya era demasiado tarde para que la chica se echara atrás y opté por ponerla al corriente de la naturaleza de la misión.
Las sorpresas son lo único, después del dinero contante y sonante, que merece la pena ahorrarse un millón de cada un millón de veces.
—En realidad, no son niños —continué diciendo—.
Sólo desde el punto de vista de nuestra cultura, que siempre se ha amparado en disquisiciones éticas absurdas.
Desde el punto de vista de este país, se trata de adultos de ocho o nueve años.
—Apliqué un tono ligeramente más grave para las palabras que iba a pronunciar a continuación.
Llevaba haciendo eso toda la vida. Lástima que los actores más famosos de entonces no se sintieran retados por mi interpretación—.
Los milicianos los reclutan a esa edad —dije— porque ya tienen los brazos lo suficientemente desarrollados para que la mano izquierda alcance el cargador mientras la derecha sostiene el mango de los fusiles AK y la suficiente fuerza para aguantar el retroceso en modalidad de disparo tiro a tiro.
Los enseñan a matar. Y lo hacen, te lo garantizo.
Lo primero que les inculcan es la idea de poder.
Pasan de ser críos controlados por los padres a hombrecitos que pueden regresar a sus pueblos, al cabo de unos años, dispuestos a no tolerar que nadie les lance una mala mirada, a someter a sus vecinos y a arrebatar vidas sin pedir permiso a nadie.
La mayoría son instados a violar a sus hermanas y matar a su padre.
Es el paso definitivo a una edad adulta, en la que serán invencibles y obrarán a voluntad.
Es raro que uno de esos chicos cumpla trece años sin haber asesinado a unas veinte personas.
Con dieciséis años se creen semidioses. Toman sus decisiones.
Son culpables de sus crímenes. Abrirán fuego contra ti en cuanto te vean.
No tenía por qué decirle que todos y cada uno de esos críos estaban enganchados a las drogas desde que las milicias los reclutaban a la fuerza, pero Sigmar parecía una novata bastante avispada, por lo que podría conocer ya este dato. Y se la veía bastante segura de sí misma para su edad.
—No se han convertido en monstruos por decisión propia —dijo.
—Un yuppie no elige el esnobismo porque haya nacido en una cloaca, sino por todo lo contrario.
No tienen opción. Tampoco la buscan. Un yihadista perturbado podría volar las oficinas del periódico donde trabaja tu pareja.
Al día siguiente, podríamos culpar a los fanáticos que le han lavado el cerebro, a la religión que profesa o a la visión que ofrece el primer mundo al resto del planeta.
Podría no tener la culpa en un análisis profundo de la situación, a futuro.
Ahora bien, te garantizo que, si puedo encontrar a ese exaltado antes de que se inmole junto a la mesa de recepción, voy a tardar exactamente un segundo en desintegrarle por completo.
—Yo creo que…
—Esos milicianos de ocho años van a dispararte con sus fusiles de asalto o pueden herir a otro miembro del equipo. Elimínalos antes o me voy a cabrear un montón, ¿lo captas?
—De acuerdo —asintió ella, con ganas de dar por zanjada la cuestión.
Yo la entendía. La entendía perfectamente.
Cuando uno se convertía en suprAdalid, lo último que esperaba era que su bautismo de fuego consistiera en viajar hasta un país tercermundista cuyo nombre ningún occidental sabría pronunciar, sobrevolar las carreteras controladas por los rebeldes en busca de puestos que destruir y llegar hasta un poblado perdido en las montañas donde, y sólo según los últimos comunicados recibidos por los servicios de inteligencia, se escondían los líderes de la milicia a los que había que hacer desaparecer sin más.
Sin negociaciones (ningún miembro presente de Facción Zero hablaba el idioma nativo), sin complicaciones (nunca las había) y sin piedad (obviamente).
La munición de los AK-47 no podía hacernos el menor daño, fuera cual fuera el margen de edad del tirador, lo que significaba que nadie corría el menor peligro en caso de ser objetivo de un rifle. Era una simple cuestión de estética.
—Un momento, perdone que le interrumpa, hay algo que no comprendo. Si nada de lo que pudieran hacerles esos niñitos tercermundistas podía dañarlos en modo alguno, ¿por qué advertir a Sigmar de que se aplicara a fondo con ellos?
—Nuestras misiones no requerían resultados sutiles. Si se quería atrapar a algún caudillo ideológico, robar planos, desactivar una cabeza nuclear o algún trabajito por el estilo, enviaban a los shockers . No a nosotros.
—¿ Shockers ?
—Ya sabe, ESF, Fuerzas de Choque Eurotanas. Entre las armaduras, las ciberarmas y el apoyo microdrón, esa gente podía sacar adelante cualquier operación con una precisión quirúrgica. Cuando nos llamaban a nosotros, lo que pedía el gobierno eran castigos categóricos.
—Comprendo. Prosiga, se lo ruego.
Un dato de interés, por seguir aportando información, era que ningún habitante de ese pueblecito se rendiría jamás.
No era la primera vez que el equipo se enfrentaba a fanáticos de ese calibre y, salvo la novata, cada Zero sabía que la audacia de esos nativos era extrema.
Se inmolarían mil veces antes de dar cuartel.
Trato hecho, entonces.
La operación era sencilla. Los representantes de Facción Zero caerían desde el Skyzenith a plomo como rocas humanas sobre el poblado objetivo.
Saldríamos de los socavones provocados y ejecutaríamos un despliegue en círculo, acabando con los objetivos a pie y destruyendo su arsenal empleando toda la fuerza necesaria.
Después, surcaríamos el cielo en formación de cuña hasta abordar nuevamente el transporte.
El Skyzenith aguardaría nuestro reingreso a bordo, como un insecto de metal estático a treinta y cinco mil pies de altura, fuera del rango de detección de radar y emitiendo un zumbido sordo que no alertaría de su llegada.
Verdaderamente precioso. Abandonaríamos los límites de la zona designada, en un tiempo total estimado de seis minutos, y nos dispondríamos a regresar a territorio eurotano con toda tranquilidad, sin que ningún miembro del equipo se hubiera despeinado mucho.
Por supuesto, se temía que el poblado que albergaba las cabezas pensantes de la oposición armada al gobierno local estuviera lleno de pobres ancianas, mutilados de guerra, niñas prostituidas, familias inocentes y otros personajes con carita de desamparo que un fotógrafo profesional inmortalizaría como el rostro más terrible de la guerra, como si ésta tuviera rostros menos terribles que mostrar.
No obstante, ningún miembro del equipo había traído cámara de fotos.
Existían formas sutiles de arrasar el lugar. Se podría convertir el maldito sitio en un cráter y después hacerlo desaparecer hasta el punto de que fuera imposible de rastrear. Cuando el humo se disipara, no quedaría nada que se distinguiera a vista de satélite.
Pero una de las características de aquella misión era precisamente su aparatosidad. Como profesionales que éramos, los Zeros debíamos otorgar a nuestras acciones un toque de exacerbación. Elefantes entrando en salas con inacabables hileras de piezas de dominó verticales formando bonitas figuras.