75 La tercera batalla
BLAKE
Mi fiesta de compromiso acababa de convertirse en una vendetta, pero nadie lo sabía aún.
—Blake, ¿dónde estabas? —dijo John en mi oído, volviéndose a saludar a todos los que nos aplaudían.
En ese momento me sentía totalmente asqueada. No quería que ese hijo de puta me tocara, pero iba a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar para quedarse con lo que era mío.
—John —lo insté—, necesito que avises a las familias, que vayan a la sala de reuniones.
—¿Qué ocurre? —Agradecí que no me cuestionara, porque mi paciencia tenía un límite, y lo que había escuchado de él ya lo había sobrepasado.
—Vera está con los Léoni. —Omití a su hermana y esperé su reacción—. Ellos pusieron la bomba en el coche de mi padre.
La sorpresa cruzó su cara, pero, así como la de mi tío era una expresión genuina de protección, la de John clamaba a gritos «me han pillado».
Quería su muerte. Quería que muriera una y mil veces. Y quería ser yo quien lo matara con mis propias manos y de mil formas diferentes.
—En un minuto estaremos allí.
Acepté su respuesta, pero iba a ser yo quien se lo dijera a mi madre .
Fui hasta la mesa en la que estaban sentados y le dije lo mismo a mi familia. Mi madre se sobrecogió, pero, por suerte, se repuso pronto.
—Bianca, entretén a los invitados. Diles lo que quieras —pidió a mi tía.
—No creas ni por un segundo que voy a perderme eso, cuñada. —Mi tía también quería venganza. Todos la queríamos.
—Pues échalos, me importa una mierda —espetó mi madre—. Pero encárgate, por favor.
Fuimos corriendo a la sala custodiada por Giordano y lo encontramos medio inconsciente, de rodillas en el suelo y con la mano apretando el picaporte.
—¡Hijo! —exclamó Agostino agachándose a inspeccionar a mi primo e intentando espabilarlo.
—¡Giordano! —gritó Martia, que llegó detrás de nosotros.
—El Léoni ha huido con Vera. Solo he conseguido retener a Scarlett. —Le salió un hilo de sangre por la presión del golpe que le habrían dado en el ojo y me preocupé—. Lo siento, Blake.
—Ellos son quienes tienen que sentirlo. —Le di un beso en la cabeza—. Tío Agostino, por favor, que lo vea el médico.
Él asintió.
—Haznos sentir orgullosos, Blake.
Le apreté la mano, comprendiendo sus palabras. Tenía tanto que contarle como él a mí, pero ahora sabía que esto podía acercarme un paso más a mi padre y a la verdad que él me pidió que buscara.
Entramos y encontramos a Scarlett sentada en un rincón, abrazando sus rodillas. La sala había sido testigo de una reyerta. Había varias sillas en el suelo y un rastro de sangre en la mesa que esperaba que no fuera de mi primo, aunque, en vista de su cara, no las tenía todas conmigo.
Mi madre se quedó tras de mí junto con mis abuelos. También estaban allí Salvatore y Graziella, Sylvana, Fiorella, Carrick, Zia, Matteo, Elio, Fredo y Rosetta. Casualmente, Petra no había venido y maldije la hora en que esa mujer seguía respirando.
Mis suegros y John entraron los últimos, pero se les cayó el alma a los pies cuando vieron a Scarlett en el suelo. Kinsley corrió a abrazarla.
—Matteo, por favor —pedí ayuda a mi amigo, sabiendo que él sin duda me la prestaría, pese a que John era uno de sus mejores amigos. Por eso, antes de hacerlo, lo miró y dijo:
—En cuanto se aclare lo sucedido, la soltaremos.
Elio y Fredo ayudaron a separar a madre e hija, y Matteo ató a Scarlett a una silla valiéndose de unas bridas que no supe de dónde había sacado. Me satisfizo verlo tan preparado.
Hice caso omiso de la mirada de John, porque no merecía la pena siquiera mirarlo después de lo que había escuchado. Después de lo que sabía de él.
—Vera y Scarlett nos han traicionado a todos con Vitorio y Xesco Léoni —pronuncié en voz alta y lamenté que solo pudiéramos ajustar cuentas con una de ellas.
—¿Qué dices de Vera? —preguntó mi padrino, Salvatore.
—Lo he escuchado yo misma —respondí y vi cómo Graziella se lamentaba.
—¡Lo sabía, Salvatore! ¡Sabía que Vera estaba demasiado unida a Petra y que no traería nada bueno! —Se derrumbó mi madrina.
—Mamá —pronunció Zia, arropándola. No pudo decir nada más, la emoción no la dejaba.
Volví a explicar todo lo que había ocurrido, lo que Giordano y yo habíamos escuchado, omitiendo la parte que implicaba a John. Fiorella me pidió iniciar el interrogatorio y yo le di una de las armas que llevaba.
A ella le iba a costar casi tanto como a mí, pero ambas sabíamos que era igualmente necesario y que yo estaba demasiado implicada. Agradecí el gesto. No la hubiera querido más en ese momento si se tratara de mi hermana .
Salvatore intentaba contener las lágrimas de Graziella, mientras Kinsley gritaba desquiciada en los brazos de Luciano.
Me removió el alma ver a mi suegro tan resignado y en ese momento podría jurar que me sentí de nuevo completa.
La parte de mí que se rompió cuando mi padre murió, con el hambre de la venganza, estaba volviendo a su ser.
—Cuéntanos qué ha ocurrido, Scarlett —reclamó Fiorella—. ¿Por qué estás con el Léoni?
Asombrosamente, la cara de Scarlett era puro acatamiento, como si hubiera contemplado esa posibilidad mil veces y la tuviera perfectamente asumida en su cabeza.
—Dinos qué te une a Vera —insistió mi amiga.
—No pienso decir nada, estúpida. —Scarlett miraba a John y a su padre alternativamente.
Fiorella acarició su cara con la pistola que yo le había dado y sonrió.
—Así que Vera y tú le pedisteis a Xesco y a Vitorio que pusieran la bomba… Dinos por qué.
Scarlett no hablaba. Seguía con la vista puesta en su familia, como si esperara que su hermano saliera en su defensa, pero yo sabía que John no lo iba a hacer. Era una maldita sabandija.
Fiorella le tiró del pelo y puso la pistola en su garganta, volviendo a amenazarla sin éxito. Kinsley estaba llorando, pero ya apenas se la escuchaba. Era solo un sollozo.
—¡Contesta! —le exigió.
El rostro de Scarlett no se alteró ni su voz desentonó cuando se dirigió a mí.
—¿Cómo eres capaz de dormir, Blake? —me escupió como si ella fuera mucho mejor que yo.
Me temblaba todo el cuerpo de pura rabia. Lo que había hecho era de baja calaña. Scarlett era escoria.
—¿Cómo puedo dormir yo? —espeté—. Habéis puesto una bomba en el coche de mi padre. —Cogí su cara entre mis manos, apretando con tanta saña como pude. Fiorella se apartó y me dejó hacer—. Dime, Scarlett, ¿su fantasma te atormenta por las noches?
Me sentía enajenada. Habían matado a mi padre. Habían herido a mi primo. Y ahí estaba, echándome cara.
Soltó una risita hiriente y me pareció desequilibrada. Sabía que me odiaba, pero nunca pensé que hasta ese punto.
—Lo único que me atormenta es no haberte puesto la bomba a ti como propuse.
Increíble. Miré a mi abuelo, que en ese momento estaba acariciando la mano de mi abuela. Ambos imperturbables. Él asintió y fue lo único que me hizo falta para saber qué hacer a continuación.
—¿Sabes? —siseé yo—. No duermo bien desde que mi padre murió —apreté más su cara—, pero espero que tu muerte me ayude esta noche.
Sabía que llegado el momento volvería a matar y lo odiaba tanto como a mí misma cuando lo hacía. No me consideraba una asesina. No como los Spígola o los Léoni. Sin embargo, mi sed de venganza me pedía que lo hiciera. Que la matara yo misma.
Como siempre decía mi abuelo, «No se le puede tener respeto a quien no se respeta a sí mismo», y Scarlett se había vendido, llevándose toda nuestra misericordia con ella.
—¡Piedad, por favor! —gritó John a mi lado y me faltó reír—. Es mi hermana, Blake —me rogó, poniéndose de rodillas.
Podía entenderlo. «Familia» era un concepto irrefutable para nosotros y, sin embargo, ellos nos habían arrebatado a la nuestra.
Nos habían traicionado. Incluso él lo había hecho, aunque yo no lo delatara. En mi mente le tenía guardada la más cruda de las torturas.
La puerta se abrió y tía Bianca entró. Rápidamente se puso al lado de mi madre y yo la miré. No lo había hecho antes porque estaba cegada por la ira. Pero ella, al igual que mis abuelos, me pedía que terminara lo que había empezado.
—Considéralo un regalo de boda, John —dije con sumo placer—. Sabes que podría hacerle cosas mucho peores que la muerte.
Encañoné mi pistola en su cabeza y me dispuse a disparar, pero alguien se adelantó un paso: Luciano.
—Si tiene que morir, prefiero que sea por mi mano. —Mi suegro cargó su arma, pero yo no iba a dejar que esto lo hiciera él.
No lo iba a hacer porque todo mi cuerpo clamaba que la matara yo. A ella, a John, a Vera y a los Léoni.
No lo iba a hacer porque no sabía si Luciano y Kinsley estaban tan implicados como sus hijos.
Y, sobre todo, no iba a dejar que nadie se cobrara la vendetta que había prometido a mi padre.
—Lo siento, Luciano. —Apoyé una mano segura en su pistola y la bajé. No se opuso—. Esto es solo cosa mía.
—Hay gente que no merece vivir en este mundo —habló mi abuelo y no pude estar más de acuerdo—. Tendrá que ajustar cuentas allí abajo.
—Pero eso no somos nosotros quienes lo decidimos —replicó Luciano—. Y, de ser así, quiero ser yo quien le dé a mi hija ese destino.
Mi suegro miró al resto de personas congregadas allí esperando que alguien le diera la razón, pero todo el mundo callaba y yo me regodeé.
De ese juicio yo iba a ser jurado, juez y parte.
—¿Vais a permitir esto? —clamó a todos los presentes.
—Tu hija está en mi casa, y en estos mil metros cuadrados yo soy Dios —disfruté pronunciando, y fue lo último que dije antes de que una bala volara la cabeza de su hija.
—Yo no fui, fue mi… —No pudo hablar más. La bala le atravesó el cráneo y, lo que nos quería contar, murió con ella.
Un murmullo recorrió la sala .
Unas gotas de su sangre me habían salpicado el vestido y me pareció casi poético.
Los ojos de Scarlett, aún abiertos, estaban puestos en John y, por inercia, yo también lo observé. Me profería una profunda mirada de odio que le devolví sin titubear.
Qué bien había sabido interpretar su papel. Qué bien nos había engañado a todos.
Me sentí como una imbécil. Conocía a los Ricco desde que era pequeña. John había sido mi novio desde el colegio…, pero siquiera recordar eso valía ya para nada.
—Yo le di la vida. Debía ser yo quien le diera la muerte —pronunció Luciano, antes de llevarse a lo que quedaba de su familia consigo. En ese momento me fijé en que la tal Allegra salía detrás de ellos sin echar la vista atrás.
Quizá el resto de las familias tampoco me lo perdonaran, matarnos entre nosotros era sobrepasar un límite tácitamente impuesto desde el principio de los tiempos.
Quizá, algún día, yo también tendría que ajustar muchas cuentas. Pero vi el alivio en el rostro de mi madre y eso fue suficiente para saber que, cualquier infierno que tuviera que soportar, había merecido la pena.