Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 74 Traición
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74 Traición

BLAKE

—¿Has visto a los Léoni? —me preguntó Giordano, asiéndome del brazo.

Yo acababa de volver de mi incursión en la alacena y había ido al baño para refrescarme. Mis mejillas aún no habían perdido el rubor rosado que Álex les había provocado.

—¿Están aquí?

No me importaba que mis padrinos los hubieran invitado, la verdad era que había demasiada gente en aquella fiesta. Casi tanta como en el funeral de mi padre.

—Sí, Martia me los acaba de presentar. Son unos gilipollas de mucho cuidado —se burló mi primo.

—Así que Martia, ¿eh? —Alcé las cejas con una sonrisa.

—Cállate. —Rio Giordano—. Vamos a buscarlos. Si han venido a tu fiesta de compromiso, por lo menos que saluden a la anfitriona como es debido.

—Tú quieres que los conozca para que te dé la razón —dije, riendo también.

Giordano y yo buscamos por el salón y por el jardín, pero no dimos con ellos, así que inspeccionamos algunas de las estancias de la planta baja, en las que no encontramos más que al personal.

Nos íbamos a dar por vencidos hasta que abrimos la puerta de la sala de reuniones y, por suerte, mi primo fue más rápido que yo y puso su brazo para contenerme, dejando la puerta entreabierta.

Lo que yo vi fue a Scarlett, la hermana de John, besando a un chico cualquiera. Lo que vio Giordano fue a Scarlett besando a Vitorio Léoni.

Mi primo me miró y frunció el ceño. ¿Qué hacía una Ricco con un Léoni? ¿De qué se conocían? ¿Y de qué iba todo aquello?

Scarlett era una niña, una cría de dieciséis años.

—Estoy deseando largarme de esta pantomima de fiesta —dijo ella, coqueta.

Por suerte, pudimos oírla porque no estaban muy lejos de la puerta. Aquella sala era bastante grande.

—Pronto estaremos en el hotel —contestó Vitorio acariciándole la mejilla.

Todo aquello era, cuanto menos, raro. Sin embargo, la voz que oímos a continuación, y lo que dijo, fue lo que más nos llamó la atención. No estaban solos.

—Menos mal que John no te ha escuchado decir eso —repuso Vera Lorenzzo.

Sacudí la cabeza, incapaz de asimilar lo que estaban viendo mis ojos. ¿Desde cuándo Vera y Scarlett eran amigas? Se llevaban, al menos, diez años.

—Tu novio tendrá que aguantar lo que a mí me dé la gana mientras necesite mi ayuda, ¿no crees? —amenazó Vitorio.

¿Cómo que su novio? Miré a Giordano y él me cogió de la mano, instándome a que no hiciera conjeturas, pero aquello no dejaba lugar a dudas: John estaba con Vera.

Esta se achantó ante las palabras de Vitorio. No la veíamos porque no podíamos abrir más la puerta, pero lo noté en su voz.

—Solo lo he dicho porque es su hermanita pequeña.

—Vera, no seas estúpida. John sabe lo que hay y lo acepta. —Scarlett besó a Vitorio y a mí me subió un malestar por el estómago. ¿Qué ocurría allí?—. Además, su primo y él no han hecho más que ayudarnos desde que llegaron.

—Y sabes muy bien lo que hemos perdido con eso. — La mirada de Vitorio era desafiante. Llevaba puesto un traje negro y en ese momento se quitó la chaqueta—. Si no nos hubierais llamado para poner esa maldita bomba, Xesco y yo hubiéramos podido estar con nuestros padres el día que los asesinaron.

¿Una bomba? Apreté la mano de mi primo y él me miró pidiéndome calma, pero ¿cómo iba a tenerla?

Noté su mano agarrando la mía con fuerza y supe que había sentido la misma rabia que yo.

Me entraron ganas de abrir esa puerta y ponerme a gritarles hasta saber lo que estaba ocurriendo.

Porque no podían referirse a mi padre. No. Eso no podía ser.

—Marcello estaba allí y tampoco pudo impedirlo —dijo Vera, supuse que refiriéndose a otro Léoni, aunque estaba siendo cauta. Vitorio le daba miedo—. Nadie sabía que aquello iba a ocurrir.

—¡Malditos Cabante! —gritó Vitorio con gesto malicioso—. Acabaría con ellos de una vez por todas si Xesco no me lo impidiera. Sabe que la Escalante no se lo perdonaría.

¿Se refería a Álex y a sus hermanos? ¿A sus padres? Dios mío.

—Por eso seguís aquí —afirmó Vera—. Tienes que hacerle cambiar de opinión.

—Por eso y para estar conmigo, ¿no? —preguntó Scarlett.

Pobre ilusa. No sabía cuánto tiempo llevaría con el Léoni ni el aprecio que le tendría, pero en los ojos de ese chico solo había venganza. Yo la conocía muy bien.

—¿Utilizaréis el mismo método? —dijo Vera sonriendo.

—Veo que le has cogido el gusto a las bombas.

—No puedes negar que ha sido infalible —bromeó ella, ahora con más picardía. Estaba llevando a Vitorio a su terreno—. Si hubieras estado en el funeral… Ni siquiera pudieron tener el ataúd abierto. ¡No había cadáver!

Rieron los tres y miré a Giordano. En silencio, dibujó la palabra «tranquila» entre sus labios y una lágrima quiso escaparse de mis ojos .

Noches y noches en vela pensando en aquello y ahora que tenía la respuesta delante de mí, no era siquiera capaz de asimilarla.

—Yo sigo diciendo que teníamos que habérsela puesto a Blake —comentó Scarlett tan segura como si dijera que dos más dos son cuatro. Me quedé totalmente helada.

—No digas tonterías. La boda tiene que celebrarse. Si no, ¿cómo nos haríamos con su herencia? No he estado fingiendo todo este tiempo que me gustaba el idiota de Fredo para nada.

No era posible.

Aquello no era real.

¿Habían llamado a los Léoni para que mataran a mi padre y yo obtuviera mi herencia? ¿John se casaba conmigo para eso, pero, en realidad, estaba enamorado de Vera? ¿Y luego qué planeaban? ¿Matarme a mí también?

John, Vera, Scarlett y los Léoni. ¿Pero qué locura era esa?

Tiré del brazo de mi primo hasta el pasillo. Ya había escuchado bastante.

—Giordano… —susurré y él me abrazó, pero en ese momento yo no quería llorar, por mucho que las lágrimas pugnaran por salir. Quería venganza y él lo sabía.

—Sube a por las armas y avisa a la familia. Yo haré guardia para que no salgan —me apremió.

Fui corriendo a mi habitación y cogí dos armas, una para mi primo y otra para mí. Comprobé que estuvieran cargadas y bajé al salón. Solo había unos cuantos camareros recogiendo las copas vacías.

Salí al jardín, entré en la carpa que habían preparado para la cena y encontré a mi familia sentada ya a la mesa. Yo no iba a olvidar ese día, pero ellos tampoco.

Todos los invitados estaban sentados ya en sus respectivos sitios, expectantes. John se levantó de la mesa principal y se acercó a mí.

Comenzaron los aplausos.