Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 73 Superstición
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73 Superstición

ÁLEX

Tuve que respirar varias veces hasta que mis pulmones se acompasaron a los de una respiración normal, y notaba una fuerte erección latiendo por salir.

No sabía hasta cuándo podría aguantar aquel tira y afloja que nos traíamos entre manos, pero supe, desde el primer momento, que merecía la pena. Que ella era para mí como yo era para ella, por mucho que las circunstancias nos separaran.

Me dispuse a salir de allí para buscar a Cósomo, pero, cuando lo divisé, hubiera preferido no haberlo hecho.

Estaba saludando a uno de mis peores enemigos: Xesco Léoni.

Iba trajeado, con un aire tan arrogante que le hacía parecer el dueño del maldito mundo, y hablaba con Cósomo sonriendo, como si se conocieran de antes.

No sabía cómo iba a encajar Romano aquella traición después de lo que había ocurrido entre ellos ni qué hacía Xesco allí, en Nueva York.

Cogí mi teléfono y marqué su número.

—Dime, Álex.

—Roma, ¿estás con Bass?

—Voy a buscarlo, espera.

Dos putos minutos interminables después estaba en altavoz.

—Los Léoni están aquí.

—¿Qué dices? —gritó Bass, pero yo me concentré en el hermano que más me necesitaba.

—Roma, Xesco Léoni está en la fiesta de compromiso… —Hice una mueca al pronunciar esas palabras. Ni yo me lo podía creer—, hablando con Cósomo.

Silencio en la línea.

Todos sabíamos lo que aquello significaba.

—Voy para allá.

—Será mejor que no lo hagas.

—No esperes que me quede de brazos cruzados, Álex, sabes que no lo voy a hacer.

—Deja que sea yo quien hable con él primero. Cuando saque algo en claro, te informo.

—No quiero que le pase nada —me advirtió mi hermano.

Daría la vida por Romano sin necesidad de que me lo pidiera, pero eso era algo que no le podía prometer.

Cogí mi arma y le puse el silenciador. Esperaba no tener que utilizarla, pero no las tenía todas conmigo. Debía estar preparado para lo que fuera.

Busqué a Cósomo en cuanto se deshizo de la compañía del Léoni y apunté a su espalda disimuladamente, pegándome a él y tapando el arma con mi chaqueta.

Él profirió un quejido como si le hubiera hecho daño. Luego miró hacia atrás y sonrió durante un segundo al verme, hasta que se dio cuenta de lo que pasaba y entonces su expresión se contrajo en una mueca de horror.

—Álex, ¿qué coño haces? —me preguntó, pero toda mi intención era sacarlo de allí y llevármelo lejos de las miradas indiscretas de los invitados a esa fiesta.

—Camina —ordené.

—Pero, Álex… ¿Qué demonios estás haciendo?

—No me hagas repetírtelo, Cósomo, porque no seré tan suave .

Había demasiadas señales. Que estuviera en tratos con el FBI, el hecho de que investigara lo que nos ocurrió en Roma y ahora Xesco.

Era inevitable sentir la duda por mucho cariño que le tuviera. Todo apuntaba hacia él, y cuando surgía una pequeña chispa de desconfianza, era imposible pararla hasta que se convertía en una jodida llamarada de fuego.

Tendría que empezar interrogándolo y ver qué ocultaban todos esos hechos. Por qué nuestro amigo, el primo de Blake, el que había sido novio de mi hermano, nos había engañado.

Llegamos a nuestro destino y le até las manos a la espalda con una cuerda. Me fijé en que tenía unas marcas en las muñecas y empezó a revolverse y a llorar ríos de lágrimas.

Lo que me dolió hacerle aquello se me clavó en el alma.

En Roma había una vieja superstición que decía que matar a tu sangre te auguraba una vida de penalidades. Cósomo no era de mi sangre, pero ya lo quería como si lo fuera. Por eso me dolía tanto estar ahí, apuntando con mi pistola a su cabeza.

Dice la superstición que su fantasma te perseguirá hasta el fin de tus días, instalando en tu vida la mala suerte.

No era justo.

Era él quien nos había traicionado.

Era él quien debía cargar con la pena, no yo.