Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 72 El compromiso
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72 El compromiso

BLAKE

—Cariño, deja de torcer el gesto —me pidió mi madre.

Había estado haciendo los preparativos durante varios días y me alegré de que hubiera estado entretenida y eso evitara que pudiera pensar en exceso. Sin embargo, por muy bonito que estuviera todo, no podía interpretar el papel de la novia feliz. Simplemente, no me salía.

—Lo intentaré, pero ya sabes que odio fingir lo que no siento.

Todos los invitados, salvo las personas mayores, estaban de pie y habían hecho corrillos para hablar unos con otros. Los camareros de la empresa de catering iban pasando con las bebidas y algunos canapés. Posteriormente, nos sentaríamos y comenzarían los discursos. Me asqueaba esa fiesta.

Muchas de las personas que había allí no me sonaban de nada, pero era habitual que se aprovechara ese tipo de eventos para hacer contactos y cerrar tratos, así que no me extrañó.

—Mi niña, ¡estás tremenda! —Me abrazó tía Bianca, que no tenía pelos en la lengua. Para haberse criado en Nueva York, parecía una auténtica italiana. Quizá tuviera que ver con el hecho de que mi padre y ella pasaron allí sus primeros años de vida.

—Muchas gracias. ¿Sabes dónde puedo encontrar a tío Agostino?

—Lo he dejado hablando con el consigliere de los Inchenza, ya sabes, quiere ver cómo va todo desde que Palmiro murió. Por cierto, Lena, ¿has visto el vestido de Rosetta?

Dejé a mi madre y a mi tía despotricando de la pobre Rosetta, que suficiente tenía encima. Tanto ella como sus hijos habían acudido a la fiesta por protocolo, ya que a un evento así no se debía faltar.

Mientras iba hacia donde estaba mi tío, algunas personas me pararon para felicitarme. Saludé al Gobernador Tinsdale y otros habituales de Nueva York que estaban allí por puro postureo, igual que en la gala de la fundación.

—Blake, querida. Ven un segundo. —Me llamó Kinsley. Antes su figura me resultaba acogedora, pero ahora veía su verdadera cara, su sonrisa falsa y su frialdad—. Quiero presentarte a Allegra, es la hija de una gran amiga y la ahijada de mi hermano Logan.

Le di la mano a la chica. Tendría unos dieciocho años. Era rubia, de ojos marrones y mirada astuta. Su apretón fue firme y me pareció que había mucho más en ella de lo que se veía a simple vista.

—Encantada de conocerte. ¿Los Price están aquí?

Aunque Hudson ya no me caía tan mal, y a Axel lo adoraba, Cam y Riley me exasperaban, y no tenía la más mínima intención de perder el tiempo con ellos.

Kinsley hizo una mueca.

—No han querido venir, todavía no te perdonan el desplante del funeral, pero sé que se les pasará. —Sonrió—. Allegra está pasando unos días con nosotros, su madre acaba de fallecer.

—Lo siento mucho. —Miré a la chica con otros ojos y reconocí el dolor en ellos—. Si me disculpáis, tengo que hablar con mi tío.

Me zafé de mi futura suegra y volví a buscar a Agostino.

—¿Interrumpo? —pregunté al llegar hasta él .

Quería encararlo y ver si le sacaba algo de información. Y para ello no había nada mejor que pillarlo por sorpresa.

—Claro que no, querida. Estás espectacular. —Me dio un beso en la mejilla.

Sonreí, porque yo también me veía favorecida. Llevaba un vestido negro con pedrería en el escote palabra de honor y gasa desde la cintura hasta los pies. Mi madre lo había elegido y yo lo combiné con unos tacones de aguja en un rojo intenso y un recogido bajo y desenfadado en el pelo.

—Gracias. —Sonreí—. ¿Podemos hablar un segundo?

—Claro. —Carraspeó y se despidió de su interlocutor—. Si me das un momento.

—Por supuesto —exclamó el aludido, que se volvió hacia mí—. Enhorabuena, Blake.

—Muchas gracias —contesté sin ganas. Cuando nos dejó a solas, hablé—. Tío Agostino, ¿sabías que papá escribió la carta que me dejó la noche antes de su muerte? —comenté sin paños calientes y observé su reacción.

Su cara se contrajo en una mueca de sorpresa que recompuso al instante, pero no lo suficientemente rápido como para que yo no me diera cuenta.

Supe que su sorpresa era porque yo lo hubiera averiguado y no porque no lo supiera. Mi padre y él eran tan inseparables como mis primos y yo, aunque no compartieran la misma sangre.

—Parece que te estás acercando. —Sonrió—. ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Estupefacta. Así me quedé al comprobar que mi tío no lo negaba. Más aún, parecía divertirle mi descubrimiento.

—¿Por qué no me lo explicas tú? ¿Qué está pasando?

—Yo solo sé que no sé nada realmente, querida sobrina. —Se llevó la copa de champán a los labios y me entraron ganas de quitársela de un manotazo y montar un espectáculo.

—No se te ocurra citarme a Sócrates, por favor — bufé exasperada.

—Mis labios están sellados por el momento, Blake. Debes averiguarlo tú misma.

—Pero ¿cómo?

—Busca la verdad.

«En la verdad hallarás la libertad», recordé la carta.

—Tú sabías lo que mi padre escribió en su carta —afirmé.

Mi tío sabía mucho más de lo que decía, estaba claro. Pero no me lo iba a revelar.

—¿Mi padre sabía que iba a morir? —pregunté—. Y de ser así, ¿por qué no lo evitó?

—Sigue haciendo exactamente lo mismo que hasta ahora y lo descubrirás —dijo enigmático.

¿Quería encubrirlo?, ¿protegerlo, quizá…? No me estaba mintiendo, pero omitía contarme lo que sea que supiera. De lo que sí estaba segura, era de que hasta los vínculos más fuertes tenían sus límites y yo estaba dispuesta a averiguarlos.

—Mi padre me llamó tesoro, pero no se refería a mí sino a la persona que ocultáis, ¿estoy en lo cierto?

Vació su copa de un sorbo, creando una tensión que podía estallar en cualquier instante. Luego la dejó en la bandeja de uno de los camareros y me habló muy bajito.

—Blake, te quiero y siempre que necesites contarme algo, aquí estaré para escucharte. Pero no puedo revelarte nada de lo que sé. Sigo instrucciones precisas de tu padre.

—Estoy harta de esto —siseé entre dientes. Unas lágrimas rabiosas quisieron escapar de mis ojos, pero las contuve.

—Debemos seguir saludando a los invitados —dijo antes de girarse con una sonrisa para hablar con alguien.

No podía soportarlo. Lo juro. Estaba furiosa, cansada y me iba a volver loca de seguir así por más tiempo.

Necesitaba salir de aquella casa y respirar aire puro.