70 La única batalla que perdió
BLAKE
La mansión no estaba muy retirada de la civilización, nada en Nueva York lo estaba, y pronto llegué a Union Square.
Parecía que con Álex nunca iba a ser capaz de tomar una decisión en firme. Yo, que para todo me creía implacable, con él me sentía más vulnerable que nunca.
No tenía sentido. Sabía que quería estar con él, pero por el momento no podía. Y pelear contra esas ganas me tenía agotada. Porque, muy en el fondo, estaba segura de que era una lucha perdida.
Antes de darme cuenta siquiera, me vi en la puerta del cementerio en el que estaban los restos de mi padre. Entré en el mausoleo y me senté en el suelo. Solo enterramos cenizas, pero, aun así, delante de su tumba conseguí sentirme muy cerca de él.
—Hola, papá.
Repasé las letras de su lápida con mis dedos.
En ella rezaba una frase, cosecha de mi abuelo, y que a toda mi familia le pareció correcta, dado que mi padre era un luchador nato.
Ponía: «La única batalla que perdió». Y para todos era un consuelo, ya que la batalla contra la muerte no la ganaría nadie.
¿Quién querría matarlo ?
Era un hombre inteligente y de palabra. Una persona íntegra y decidida. Pero también era un mafioso… Ciertamente tenía enemigos, pero nunca nadie destacó por ello. Al fin y al cabo, era un hombre respetable y procuraba no hacer un daño innecesario a quien no se lo merecía.
Mi teléfono comenzó a sonar. Era una llamada de Cósomo.
—¿Dónde estás? —dijo por todo saludo. Parecía muy serio y no sabía por qué. Hacía unas horas que había hablado con él y estaba de buen humor.
—¿Por qué estás de tan mala hostia? ¿Qué te ha pasado?
—Luego te lo cuento. Te llamo porque hay algo en lo que no hemos caído. Necesitamos averiguar cuándo escribió tío Roberto la carta, eso nos dará pistas.
—Hablaré con el albacea —pensé en voz alta.
—No hay tiempo que perder —contestó—. Llámalo y mantenme informado.
Las intuiciones de mi primo había que seguirlas, sin duda. Pero yo no iba a llamarlo por teléfono si podía mirarlo cara a cara cuando le hiciera la pregunta. Así que me dirigí hacia su despacho en Times Square.
—Buenas tardes —dije a la ayudante de Donald Stumpterland, el amigo de confianza de mi tío Agostino y albacea de la familia.
—Buenas tardes, ¿tenía cita?
—No, pero dígale al señor Stumpterland que Blake Marconni desea verle, por favor.
—Enseguida. —Cogió el teléfono, pulsó una extensión y dijo mi nombre—. Puede pasar, señorita Marconni.
Me alegré de que no estuviera reunido. Pegué en la puerta y pasé. El señor Stumpterland se levantó de su mesa en cuanto me vio.
—Blake. —Me tendió la mano y yo se la estreché—. ¿Va todo bien?
—Sí, todo bien.
—Siéntate, por favor. ¿A qué debo tu visita?
—Verá, he estado dándole vueltas al testamento de mi padre. —Asintió—. Como sabe, en él había un sobre con una carta.
—Lo sé, aunque no vi su contenido.
Por supuesto. Eso era privado. Yo tampoco se lo iba a revelar.
—Me preguntaba si podría decirme cuándo la escribió.
Donald me miró perspicaz y luego soltó una carcajada.
—Tú padre me dijo que eras muy lista. Has tardado en venir menos de lo que pensaba.
Lo miré extrañada.
—¿A qué se refiere?
—Roberto sabía que indagarías, sobre todo por la forma en que murió. —Hizo una pausa—. Blake, ¿qué me dirías si te contara que tu padre me trajo esa carta la noche antes de su muerte?
¿Cómo? ¿El día de mi cumpleaños?, ¿mientras yo estaba en la discoteca? Aquello no era posible… Avancé un paso en el asiento, pegándome más a la mesa.
—Le diría que me contara todo lo que sabe.
Cogió un bolígrafo y empezó a jugar con él.
—Lo único que puedo afirmar con seguridad es que tu padre sabía que iba a morir y quería que tú lo descubrieras.
—Eso no puede ser. —Estaba realmente impactada—. ¿Por qué? ¿Con qué motivación?
—No me contó más. Solo me pidió que te lo confirmara cuando vinieras y que te hiciera prometer que no le contarías a nadie lo descubierto aquí.
—¿No lo sabe nadie más? —Entrecerré los ojos. Este hombre era una persona de confianza para mi tío, ¿sabría algo él?
—No me dijo que nadie más lo supiera, no. Parecía bastante resignado con lo que iba a ocurrir y me pidió que te asegurara que ibas por buen camino.
Dios mío… ¿qué estaba ocurriendo? ¿Mi padre sabía que iba a morir? ¿Era todo aquello intencionado? Y, sabiéndolo, ¿por qué no trató de evitarlo? Era posible… ¿Era posible que mi padre siguiera… vivo?