Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 68 Revelaciones
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ÁLEX

—La coca deja rastro, lo único que tenemos que hacer es seguirlo —dijo Bass.

—No la están colocando, eso seguro.

—Entonces, ¿para qué la querían? ¿Crees que la tendrán guardada?

—No tengo ni idea, pero hoy voy a encargarme de otra cosa. Patrulla tú —le pedí a mi hermano.

Llevaba casi dos semanas patrullando las calles; el mismo tiempo que llevaba Blake sin contestarme a los mensajes.

Le había dado margen, pero ya no podía más. Quería hablar con ella. Así que cogí las llaves de la moto y decidí ir a buscarla, porque la alternativa me suponía continuar con un hueco en el pecho, que cada vez se parecía sospechosamente más al de una maldita bala.

Me presenté en su casa esa misma tarde.

Cuando las verjas se abrieron permitiéndome pasar, observé cómo su madre estaba coordinando a un montón de gente, que movían mesas, sillas y centros de flores de un sitio a otro.

Era una mujer admirable. Se parecía bastante a Blake físicamente, pese a los estragos que la edad había hecho en ella. A mes y medio de haber fallecido su marido, mostraba entereza, y supe que también su personalidad guardaba un parecido muy fuerte con la de su hija .

Blake apareció desde el jardín y le dedicó una mirada de adoración a su madre. No me cupo duda de que, pese a las adversidades, ambas saldrían adelante.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunté a uno de los empleados mientras me acercaba a ellas. Había dejado mi moto aparcada un poco más lejos de lo habitual a propósito.

—Estamos preparando una fiesta de compromiso, señor —contestó y me dio una punzada en el pecho que decidí ignorar.

Blake no advirtió mi presencia hasta que estuve junto a ellas.

—Señora Marconni —dije utilizando el apellido de su marido, porque sabía que ella lo había adoptado al casarse—, lamento mucho su pérdida.

—Gracias. —Me miró extrañada—. ¿Nos conocemos?

—Soy Alessandro Cabante —contesté observando la reacción de Blake.

Su madre la miró también. A ella y a mí, alternativamente, y su mirada traslució un brillo de comprensión que no me pasó desapercibido.

Asintió.

—Os dejaré solos. —Echó un último vistazo a su hija antes de volverse hacia mí—. Encantada, Alessandro.

—Igualmente —contesté, y el silencio se hizo hasta que estuvo a la suficiente distancia como para dejar de escucharnos.

—¿Cómo tienes la herida del brazo? —Fue lo primero que me preguntó.

—Curada, aunque me ha quedado una pequeña cicatriz. —Una cicatriz que siempre me recordaría a ella—. Gracias por enviarme al médico.

—Estaba en mi mano y era lo menos que podía hacer. —Sonrió—. ¿Qué haces aquí? —Quiso saber y yo saqué mi as bajo la manga. Había venido con una sorpresa.

—Te traigo un regalo.

Puse el objeto delante de ella y le quité la funda que lo cubría .

—¡El Pintor! —exclamó con la sorpresa en sus ojos y me llevó dentro de la casa para que nadie lo viera—. ¿Me lo regalas?

—Bueno, no exactamente. —No era mío para poder dárselo, aunque, en ese momento, deseé que lo fuera—. He pensado que tu madre podría valorarlo después de todo.

—Se lo podías haber dicho a ella… —Alzó las cejas y me sentí completamente cautivado.

—Llegados a este punto, creo que es más que evidente que quería hablar contigo.

Tragó saliva. Era inteligente, pero no era inmune a mí.

—Ahora está muy entretenida montándome una fiesta, como puedes ver. —Puso sus manos en alto, abarcando todo lo que nos rodeaba.

—Ya me he dado cuenta.

Me maldije por arrastrarme ante ella cuando iba a unir su vida a la de un hombre que no era yo…, pero ya había decidido que estaba cansado de luchar contra ese sentimiento. Quería darle alas y ver lo lejos que podía volar.

—Esto no se trata solo de ti y de mí —Esbocé una mueca arrogante—. Es trabajo. El hombre que te seguía...

—Es Karím Dietrich, lo sé todo sobre él.

Fruncí el ceño.

—¿Lo has averiguado?

—Y nos hemos encargado de ello —afirmó.

—¿Cómo?

—Ese es uno de los secretos que me reservaré para mí.

—Eres una jodida cabezota. ¿Por eso no has contestado a mis mensajes de estos días?

—No tiene sentido alargar la agonía, ¿no crees?

—Ya veo que lo del motel no significó nada para ti —afirmé. Una mueca de dolor se reflejó en su cara.

—Lo siento, Álex.

Negué con la cabeza. Sentirlo ya no era suficiente.

—Muy bien, si no quieres hablar de nosotros, hablemos de negocios.