Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 66 Recaudación de fondos
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66 Recaudación de fondos

Ese fin de semana, en Málaga.

ISABELLA ESCALANTE

—Sonríe —me pidió mi hermano, como si parecer sociable no fuera ya un trabajo en sí mismo.

El club en el que se celebraba la recaudación de fondos estaba lleno. Aless y yo saludábamos a los invitados que iban llegando y les sugeríamos que hicieran alguna donación antes de que empezara la cena.

Entre todos los participantes se subastarían varios viajes de una semana por Europa, así que la cosa iba bastante bien.

—Isabella, querida, estás espectacular —me dijo Bernardo Martín, el socio principal de mi hermano.

En aquella ocasión debíamos ir elegantes, así que Aless se había puesto un esmoquin negro y yo un vestido verde oscuro, largo hasta los pies, que abrazaba mis curvas.

—Muchas gracias. —Hice una mueca muy parecida a una sonrisa—. Usted también está estupendo.

Tenía edad para estar jubilado, pero el bufete era su vida. Llevaba del brazo a su esposa y la saludé de la misma forma.

—El trabajo que habéis hecho es increíble.

—Todo es mérito de Isabella —añadió mi hermano—. Se le da muy bien la organización de eventos.

Nos miramos divertidos, recordando las fiestas clandestinas que montaba en casa sin permiso de nuestros padrinos.

—Ahí está Álvaro Montes.

Miré en la dirección que me indicaba y lo vi más guapo incluso que el día en que nos conocimos .

—Lo atraeré como las polillas a la luz —bromeé.

—Isabella, ¿recuerdas lo que siempre dice padrino? No le des a nadie el poder para destruirte...

—Porque tarde o temprano acabará utilizándolo. —Terminé la frase por él. Para nuestra familia, aquello era un mantra que se había cumplido demasiadas veces—. Lo recuerdo, cómo no hacerlo.

—Cabeza fría y corazón de hielo, ¿de acuerdo?

—Lo mismo te digo, hermanito. —Y él sabía que me refería a Sandra Alarcón. Esa chica parecía haber captado su atención. Pese a estar segura de que no llegarían a ninguna parte, me gustaba que mostrara interés por alguien. Era un comienzo—. Elena viene hacia aquí, os dejo solos.

Comprobé que todo fuera tal y como yo lo había dispuesto y les di unas cuantas indicaciones a los camareros antes de que nos sentáramos para la cena.

—Ponme un ron corto —le pedí al chico que atendía la barra.

—Empiezas pronto —dijo una voz a mi espalda que reconocí como la de Álvaro.

—¿De qué otra forma aguantaría esta fiesta si no es bebiendo?

—Yo podría darte unas cuantas ideas.

—Menos lobos, Caperucito —bufé divertida.

—Dime, ¿quién te ha roto el corazón para que vayas rajando a todo el mundo con los trozos?

Me pareció curioso lo bien que había captado mi estado de ánimo y lo miré con interés. Hacía un par de días que no sabía nada de Xesco, me había dejado el último mensaje en visto y eso me tenía preocupada, aunque intentara evitarlo.

—¿Qué te hace pensar que tengo corazón?

Rio por mi comentario y yo lo hice con él.

—Se me da muy bien juzgar a las personas, es mi trabajo.

—Tu trabajo es defenderlas, creas en ellas o no —lo contradije.

Como abogados, no éramos nadie para emitir un juicio de valor sobre un cliente, incluso aunque este nos asqueara, y en derecho penal eso ocurría en demasiadas ocasiones.

Al trabajar en un despacho privado, éramos libres de decidir qué casos cogíamos y, si decidíamos defender a alguien, nos comprometíamos a hacerlo hasta sus últimas consecuencias.

—Bueno, se puede decir que carezco de escrúpulos, aunque me considero una persona selectiva.

—¿Por eso no trabajas en el despacho de tu padre?

Su mirada se tornó oscura. Poseía un don para saber cuándo daba con el punto débil de alguien y ahí lo tenía. Esto iba a ser demasiado fácil, le quitaría emoción.

—Digamos que mi padre y yo tenemos formas diferentes de hacer las cosas.

Un chico pasó por su lado y lo miró con cara de asco.

—Parece que le caes mal a todo el mundo.

—Me he hecho unos cuantos enemigos a lo largo de la vida.

—Yo sé mucho de eso. —Sonreí con ganas por primera vez aquella noche—. A mí también se me da muy bien analizar a las personas.

—¿Y qué ves en mí? —preguntó con interés.

—Veamos. —Tomé un trago de ron mientras lo observaba—. Estás demasiado acostumbrado a que te miren y a que te escuchen. Te encanta encandilar a tu público y, cuando no lo consigues, sales de tu terreno de juego.

—Creo que vamos a llevarnos muy bien.

—¿Vas a aceptar ser socio del bufete?

—¿Estarás tú allí?

—No me lo perdería por nada del mundo.

—Entonces, tenemos un trato.