65 Pillados
ÁLEX
Blake había mandado al médico a mi casa.
Me llevé una sorpresa, pues ni ella sabía hasta qué punto lo necesitaba.
La herida me palpitaba y el ibuprofeno no era suficiente para contener el dolor.
El hombre la limpió con cuidado y me dio unos calmantes.
En unos días volvería a pasar para quitarme los puntos que me había dado Blake.
No quiso cambiármelos porque no se habían infectado y estaban evolucionando bien.
No había vuelto a verla desde que pasamos la noche juntos, así que le escribí un mensaje:
YO: Gracias por pensar en mí.
Con eso le agradecía, no solo lo del médico, sino también que me tuviera en su cabeza. Que me demostrara que aún podíamos tener una oportunidad.
Quien realmente me preocupaba era Roma. Llevaba encerrado en su habitación desde que volvió de la mansión. Intentamos hablar con él, pero estaba tan furioso que ya no sabíamos ni cómo tratarlo y parecía que lo suyo con Cósomo no iba a tener fácil arreglo.
—¿Qué podemos hacer para ayudarlo?
—Creo que sería mejor esperar un poco para volver a hablar con él —dijo Julia—. Roma tiende a cerrarse cuando se siente rechazado.
—Está investigando lo del robo en el almacén, ¿no? Eso lo mantendrá entretenido —comentó Bass.
Esa era otra. La coca había volado y Philippe estaba haciendo malabares para abastecer a sus clientes, pues no podía permitirse invertir más dinero sin obtener beneficios.
No era cosa nuestra arreglar su negocio, pero sí nos afectaba directamente, porque menos clientes suyos se traducía en menos ingresos para nosotros, ya que éramos sus únicos distribuidores.
—Todavía no entiendo la conexión que hay entre ese Fiodor, Karím o como se llame y nosotros o Blake.
—Yo tampoco.
—Dije que le iba a dar unos días para que Giordano lo averiguara, si no hablaré con ella.
—Alessandro. —La voz profunda de mi padre llenó el salón—. Quiero tener una charla contigo.
—Uhhh, alguien se la ha cargado —bromeó Bass, pero yo sabía que era así.
Cuando mi padre se masajeaba el puente de la nariz, tenía claro que me esperaba una buena bronca.
—Fuera —indicó mi padre a Bass y Julia no tardó ni un segundo en tirar de él escaleras hacia arriba.
—¿Qué pasa, papá?
—He tenido una conversación muy interesante con Philippe.
—Si es por el tema de la coca, estamos en ello. Roma se está encargando de investigar el robo.
—Ojalá fuera eso. —Torció los labios y la cicatriz que tenía encima del superior se hizo más patente—. Imagínate mi sorpresa cuando me ha preguntado qué habíamos hecho finalmente con El Pintor.
«Ostras, el puto cuadro».
—Te lo iba a contar —me apresuré a decir.
—¿El qué? ¿Que lo has movido sin mi permiso? ¿Cuándo se supone que ibas a hacerlo?
—Pronto. —La única excusa para no haberlo hecho aún era que quería evitar precisamente aquella conversación—. Voy a hacer algo con él y sé que no te va a gustar —adelanté.
—Estás dispuesto a enfadarme más, por lo que se ve. —Se cruzó de brazos. Su aspecto era amenazador—. No solo soy tu padre, soy tu jefe, y por alguna extraña razón que no logro entender se te olvida.
Cómo me jodía que no dejara de recordármelo una y otra vez. Tenía veinticinco años, joder. Ya no era un niño. No negaba que me quedaran muchas cosas que aprender para llegar al nivel de Alessio, pero yo iba a ser su sucesor. También llevaba sobre los hombros una gran carga.
—Escúchame antes de juzgarme, por favor —le pedí en buenos términos. No quería que se cerrara en banda—. Voy a dejarle el cuadro a Blake Marconni.
Su gesto se tornó aún más serio.
—¿Y descubrir nuestra tapadera? ¿Por ella? ¿Por qué quieres delatarnos?
—Su madre es autentificadora, podría ayudarnos.
—Nosotros no necesitamos a nadie, Alessandro.
Miré el semblante severo de mi padre. Yo lo respetaba, pero tenía ideas propias. Me habían educado para ello. No podían darle alas a un pájaro y luego impedirle que volara. Estaba en mi naturaleza y sabía que, muy en el fondo, también en la suya.
Me acerqué a él, temiendo su reacción cuando pronunciara mis siguientes palabras.
—Ya no tenemos a Giovanna, papá. Sí la necesitamos.