Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 63 La segunda batalla
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63 La segunda batalla

BLAKE

Llegué a la estación en un taxi y bajé hasta los tornos. Miré a mi alrededor, sabiendo que Giordano y Hudson no estarían muy lejos de mí.

Había un montón de gente que salía y entraba del metro. Nada fuera de lo común, hasta que alguien se pegó a mi espalda.

—Dame tu móvil, las armas y todo lo que tengas en los bolsillos o pegado al cuerpo. —Intenté girar la cabeza, pero me lo impidió—. No me mires.

—No traigo móvil —le dije—. Me ha costado un dineral y sabía que lo iba a perder durante el trayecto.

Lo que no le conté era que llevaba un localizador dentro del cuerpo. Me lo había tragado antes de ir, así Giordano podría saber dónde estaba en cada momento. Además, varios de nuestros hombres estaban repartidos por el perímetro, siguiendo mis pasos.

—¿No crees que sacar la pistola aquí armaría mucho revuelo? —comenté. El tipo abrió una bolsa de plástico, indicándome que la metiera ahí disimuladamente.

—No intentes jugármela o mataremos a tu primo.

Hice lo que me decía y le devolví la bolsa.

La tiró a una papelera cercana y luego me tocó por todo el cuerpo.

Cualquiera vería a una pareja de enamorados, ya que me abrazaba por la espalda.

Luego se agachó e hizo lo mismo con mis piernas y mis tobillos, como si me estuviera atando los cordones de las deportivas.

—¿No crees que te estás cebando un poquito?

Se puso frente a mí y por fin le vi la cara.

Parecía un tipo normal. Gafas de pasta, paliducho y muy alto.

No era feo, aunque yo, personalmente, lo consideraba horrible por intentar arrebatarme a una de las personas más importantes de mi vida.

Y digo «intentar» porque no lo iba a conseguir.

Eso lo tenía claro. Antes me llevaba a mí por delante que a mi primo.

—Llevas un chaleco antibalas.

—¿Puedes culparme?

—Tú haz lo que te diga y no te pasará nada. —Tiró de mi brazo con saña—. Vamos, tenemos que coger el metro.

Lo seguí. El viaje pasó sin más hasta que llegamos a Atlantic Avenue. Me llevó todo el tiempo cogida del brazo hasta el coche. Luego recorrimos varias calles y paramos en una barriada con casas adosadas.

—No eres muy hablador, ¿no?

No conseguí sacarle una palabra, ni siquiera intentando desquiciarlo. Tenía toda la pinta de ser otro agente federal, entrenado para ser imperturbable.

Entramos en una de las casas y bajamos hasta el sótano. Quitó una baldosa y abrió una puerta metálica cerrada como si fuera una escotilla.

—Está insonorizada y hay inhibidores de frecuencia por toda la casa, así que más vale que no se te ocurra hacer ninguna tontería.

Le hice una mueca de burla y bajé la escalera despacio. Esperaba haber podido guiar a Giordano y a Hudson hasta mí y que los refuerzos estuvieran en camino.