Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 62 El viento de la ira
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62 El viento de la ira

BLAKE

El FBI era el único enemigo que me creé por no hacerle caso a mi padre, pero hacía semanas que no habíamos vuelto a tener noticias suyas.

En el momento de la persecución contemplamos la posibilidad de que hubiera sido él, pero habíamos terminado descartándola e inclinándonos más hacia alguna banda callejera de las que solían pulular por nuestro territorio.

Llegué a la verja de la mansión en un taxi y crucé el jardín con Chipri y Quitta siguiéndome los pasos. Lo que no me imaginaba de ninguna manera era que me iba a encontrar a Giordano en la entrada hablando con Hudson.

—¿Qué haces aquí, Price?

—Otra simpática —bufó—. En esta familia os multiplicáis.

—No estoy para tonterías, suéltalo de una vez.

—Dice que había quedado con Cósomo, pero no le coge el teléfono —respondió Giordano por él—. Lo he comprobado y lo tiene apagado.

—La última vez que hablé con él me dijo que iba a quedar con Roma, ¿has mirado si están juntos?

—Lo he llamado, su número estaba en la carpeta que nos dieron junto a la información de sus negocios, pero no sabe nada de él desde ayer.

Me mordí el labio, seriamente preocupada.

Mi primo siempre tenía el móvil operativo, esa era una de nuestras normas más rígidas.

Debíamos poder estar en contacto pasara lo que pasara, aunque fuera para cualquier tontería sin importancia.

Y que no diera señales de vida en tanto tiempo no era propio de él.

—¿Es que no vais a rastrear el número o algo? —gritó Hudson—. ¡Puede estar en peligro!

Gio y yo no dejamos de mirarnos, ignorando su interrupción.

Estábamos sopesando las posibilidades. La noche en la que me esperó para que nos emborracháramos parecía muy afligido, me dijo que tenía que hacer algo y que no sabía si iba a poder soportar el peso de su decisión.

¿Por qué no insistí más en que me lo contara? ¿Por qué no puse más empeño en ello?

No tenía ninguna llamada perdida o mensaje de texto suyo del día anterior y supuse que era porque estaba con Roma.

¡Había sido una estúpida!

Me abrí paso entre los dos y subí corriendo a su habitación con ellos detrás. La cama estaba hecha y no parecía haber dormido en ella.

Giré sobre mis talones.

—Si el móvil está apagado, no emite señal. ¿Cuánto tardarías en localizarlo?

Giordano apretó los dientes, tan preocupado como yo.

—Nada es irrastreable, pero tardaré un par de horas como mínimo.

—Pues ponte a ello, ya.

Volvimos a bajar las escaleras con prisa cuando Lindsay me llamó.

—Señorita, esta mañana trajeron un paquete para usted, la he oído llegar y he ido a buscarlo.

Me tendió una caja diminuta.

—Muchas gracias.

—Aquí no, en la sala de vigilancia —me pidió Giordano.

Entramos por la puerta de debajo de la escalera y nos dirigimos hacia ella.

—Pero ¿qué coño tenéis montado aquí ?

—Ni se te ocurra decir nada a nadie sobre lo que oigas y veas dentro de esta sala, Price —lo amenacé.

—Oye, sé que no tienes un buen concepto de mí, pero me preocupo por tu primo. —Cuando pronunció aquellas palabras parecía tan sincero que me hizo pensar que sentía algo más por Cósomo que un simple cariño.

—Está bien.

Me dispuse a abrir la caja. Dentro había un pequeño cofre con las palabras «Fidelidad, valentía, integridad» grabadas. Giordano y yo compartimos una mirada sabiendo quién era el remitente.

Abrí el cofre y todos comprobamos que guardaba la falange de un dedo en su interior.

—Joder.

—Maldita sea.

—Cósomo.

Se me encogió tanto el corazón al pensar en lo que estaría sufriendo mi primo que no me di cuenta de la nota que lo acompañaba. Hudson fue quien la cogió y la leyó:

—¿Echas de menos algo? Si quieres volver a ver a tu primo con vida, reúnete conmigo en Wall Street a las siete. Baja a la parada de metro y espera instrucciones.

—Esto ha llegado demasiado lejos —dijo Giordano.

—Hay que liquidarlo —declaré yo.

—Primero tendremos que dejar que nos lleve hasta mi hermano.

—¿Sabéis quién ha hecho esto? —preguntó Hudson. Yo asentí.

—Me quiere a mí, ¿no? Pues vamos a darle justo lo que está pidiendo.

—Eso es muy peligroso, Blake. A ese tío le importamos una mierda mientras consiga sus objetivos.

—No me da miedo .

—Sea lo que sea, yo me apunto. Si tengo que estar unos días en Nueva York, por lo menos voy a divertirme —dijo Hudson.

—Esto es muy serio, ni se te ocurra cagarla. La vida de Cósomo está en juego —le advertí, pero agradecí toda la ayuda que nos pudiera dar.

—Haré lo que queráis, pero contad conmigo —contestó solemne—. El pequeño Marconni no va a morir hoy.

—Avisa a los hombres y monta el operativo —le dije a Gio, que rápidamente se puso a teclear en su teléfono.

—Eso está hecho.

—Bien. Cojamos las armas y los chalecos antibalas —ordené—. Nos vamos de caza.