61 Inevitables
BLAKE
La luz de la mañana me despertó sin saber dónde me encontraba. Hacía semanas que no conseguía dormir una noche completa y lo único que quería era seguir haciéndolo.
Me estiré en la cama y contemplé a Álex a mi lado, con la tranquilidad reflejada en su rostro perfecto.
Aún me preguntaba cómo lograba darme paz en la misma medida en que me la quitaba, porque con él me sentía segura e inquieta.
Fuerte y frágil. Con los nervios a flor de piel y en calma.
Me atreví a pasar un dedo por su frente, bajando por su nariz hasta perfilar esos labios llenos que me volvían completamente loca. Era increíblemente perfecto para mí.
No quería hacer nada que pudiera despertarlo, así que me vestí, haciendo el menor ruido posible, y salí a por el desayuno.
La ropa me quedaba algo grande, pero no me importó.
En la recepción había varias máquinas expendedoras.
Saludé a la mujer, que no era la misma del día anterior, y luego saqué un par de sándwiches y unos cafés e hice malabares para subirlos a la habitación.
Álex estaba mirando su móvil cuando llegué y tenía el ceño fruncido.
—Buenos días —musité—. ¿Alguna novedad?
Sus ojos somnolientos se encontraron con los míos y me pareció realmente hermoso con la luz del sol reflejada en su rostro .
—Roma ha encontrado algo sobre el tipo del almacén.
Se incorporó y yo fui a sentarme a su lado. La sábana tapaba su desnudez, pero yo ya sabía lo que había debajo y no me costó recrearlo en mi mente.
—No he podido conseguir nada mejor. —Le ofrecí el café y le di un sorbo al mío. Estaba asqueroso.
—Servirá. —Se lo llevó a los labios y luego siguió hablando—. Al parecer, trabajaba para nuestro contacto. Se lo cargarían al entrar a robar.
—¿Qué han robado exactamente?
Dio un suspiro, intuí que sopesando si me lo decía o no. Después de lo de la noche anterior, se había establecido una especie de confianza ciega entre nosotros, así que finalmente me lo contó.
—Droga. Y no tenemos ni idea de quién ha sido. Inutilizaron las cámaras.
Entorné los ojos.
—Las del almacén, pero ¿y las de la calle?
Sonrió, entendiendo a lo que me refería.
—Bien visto. Voy a escribir a Roma.
—Quiero ver esas imágenes.
—No creo que sea adecuado.
—Yo también estaba allí, ¿recuerdas? Esto también me incumbe.
—Ahora que lo dices, no me has contado el porqué.
Resoplé. Me había metido yo solita en ese lío.
—¿Podemos acordar que seguiremos teniendo algún secreto sin que te enfades?
Me quitó el café y lo dejó en la mesita de noche junto al suyo, luego tiró de mi camiseta hasta dejarme tumbada encima de él.
—¿Qué me ocultas, cariño?
El apelativo afectuoso hizo que me acordara de John. Una parte muy pequeña de mí sintió que lo estaba traicionando, pero le había dejado muy claro lo que realmente sentía por él y aun así había accedido a casarse.
No iba a privarme de Álex ese día. Lo necesitaba.
Su cuerpo, su mente, el rastro de sus caricias por mi piel para recordarlo cuando ya no pudiera tenerlo.
Lo besé con deleite, me deshice de la ropa que aún llevaba puesta, y volvimos a hacer el amor, porque a aquello no se le podía llamar «follar».
Fue lento, cadencioso y delirante. Todo al mismo tiempo.
Alguien pegó en la puerta cuando Álex aún estaba dentro de mí.
—¿A qué hora teníamos que dejar la habitación?
—A las doce.
Miré el reloj, aún eran las diez y media.
Me levanté, cogí mi arma y fui hasta la puerta.
—¿Quién es?
—Servicio de habitaciones —dijo una voz femenina.
—No hemos pedido nada.
—¿Puede abrir? —preguntó.
—Vístete —le pedí a Álex en un susurro cuando vi que ya lo estaba haciendo.
Se puso al lado de la cómoda y me hizo un gesto para que lo ayudara a atrancar la puerta.
Yo me vestí acelerada mientras él empezaba a buscar una salida.
—No podemos salir por la ventana, estamos en una cuarta planta.
Miró hacia el techo, donde había un conducto de ventilación y le leí el pensamiento.
—¿Quieres que nos metamos ahí?
—¿Se te ocurre algo mejor?
—Esto no es una puta película, Álex. No sabemos dónde nos lleva.
—Mientras conecte con otra habitación nos vale .
Colocó una silla debajo y se subió para inspeccionar la rejilla. La mujer seguía pegando en la puerta, pidiéndonos paso.
—¡Un momento! —le dije para ganar tiempo.
—¿Tienes una navaja?
—Claro. —Se la tendí.
—A falta de un destornillador, esto servirá. —Quitó la rejilla, se bajó de la silla y me ofreció la mano—. Sube tú primero.
Me ayudó a impulsarme y entré en el hueco angosto. Olía fatal y estaba lleno de pelusas y bichos que no quería ni mirar. Álex lo hizo detrás de mí y me instó a moverme.
—He dejado la rejilla escondida y la ventana abierta con las sábanas por fuera, pero no van a tardar en darse cuenta de por dónde hemos salido.
El ruido de un motor se escuchaba muy cerca.
—Parece que alguien ha encendido la calefacción.
—Vamos a intentar seguirla.
—Esto es asqueroso —me quejé.
—No lo pienses. Mira hacia delante.
Giré hacia la izquierda y encontré una rejilla similar a la de la habitación.
—Aquí hay una pareja.
—Como si hay una familia entera. Nos vamos, Blake.
—Tengo que girarme para poder abrirla de una patada.
—Joder —se quejó con fastidio mientras retrocedía. No quería ni imaginarme lo que le estaría doliendo el brazo por el esfuerzo.
Yo giré sobre mí misma y alcancé la posición que necesitaba. Tuve que dar cinco patadas antes de que la rejilla cayera al suelo de la habitación y nosotros con ella.
—¡Lo siento! —dije a la pareja que nos contemplaba asustada. Agradecí enormemente no haberlos pillado desnudos.
—¡Que tengan un buen día! —comentó Álex y cogió mi mano para instarme a correr .
Aún hoy todavía no sé cómo fuimos capaces de bajar las escaleras a esa velocidad frenética sin matarnos.
La recepción estaba desierta, supuse que porque la chica estaba arriba, en nuestra habitación. Fuera había dos coches mal aparcados, pero tampoco vimos a nadie dentro.
Álex me llevó hasta la moto y salimos cagando leches de allí. No nos detuvimos hasta que dejamos Brooklyn y entramos en Queens.