60 Complicaciones
Al día siguiente, en Málaga.
ISABELLA ESCALANTE
—Esa debe ser la decoradora de la que me ha hablado Elena —comentó Fabio Costello, un cliente del despacho y un buen amigo desde hacía años—. ¿La conocéis?
Levanté la cabeza de mi móvil y me fijé en la chica que estaba con Campanilla. Era rubia, con muchas curvas y una sonrisa risueña. No entendía cómo la gente conseguía ser tan feliz desde tan temprano ni que esa sonrisa le durara todo el día.
—Ni idea. —La verdad era que tenía un aire familiar, pero no me sonaba de nada.
—Pues deberíamos ir a saludarla —dijo mi hermano y lo miré con una ceja alzada, acusando su repentino interés—. ¿Vienes?
—Paso, no quiero que me salga un sarpullido.
Fabio se rio y Aless hizo una mueca sabiendo que lo decía completamente en serio.
Estaba en el comedor de Martín&Escalante, donde los empleados solían almorzar. Era un buen sitio en el que refugiarse cuando me cansaba de aguantar a la gente.
Volví a concentrarme en el móvil, abrí el chat que tenía con Xesco y tecleé una respuesta a su mensaje:
XESCO: Te echo de menos.
YO: Lo sé, suelo causar ese efecto .
XESCO: En cuanto te vea, voy a callar esa boca tan irreverente que tienes a mordiscos.
YO: Dime una ciudad. Lo estoy deseando.
No había conseguido sacarle dónde cojones estaba y nada me daba más coraje que quedarme con la intriga.
No supe cuánto rato estuve absorta en la conversación hasta que alguien carraspeó. Seguí el ruido y me encontré con un hombre trajeado, barba de tres días y unos grandes ojos claros que me repasaban de arriba abajo.
Ladeé la cabeza y lo miré con curiosidad. No lo conocía.
—¿Quién eres tú?
—¿Y tú?
—Yo he preguntado primero.
—Eso no significa que tenga que responder antes.
Pasó por mi lado y se echó café en una taza, como si estuviera en su casa. No trabajaba para mi hermano, eso lo tenía claro. Conocía a todos y cada uno de los empleados contratados, ya que me había encargado personalmente de entrevistarlos cuando llevamos a cabo la fusión.
Cogí mi taza, ya fría, y me quedé observándolo. Apenas tardó un minuto en demostrar cuánto le incomodaba mi escrutinio. «Demasiado flojo para mi gusto».
—¿Nadie te ha dicho que mirar fijamente es de mala educación?
—¿Es que tienes algo que ocultar? —pregunté a mi vez.
—¿Crees que, de tenerlo, te lo contaría?
—No lo sé, ¿probamos?
Conocía muchos métodos de tortura, aunque eso decidí callármelo. Quizá ese encuentro hubiera sido lo más divertido de mi semana .
Él sonrió. Se inclinó en la mesa y su cara quedó a un metro de la mía. Pude observar mejor las ojeras que quitaban brillo a su rostro.
—No creo que tarde más de media hora en la reunión, ¿lo comprobamos luego?
Crucé las piernas, sensual, a lo Sharon Stone en Instinto Básico .
—Por más tentador que me parezca, yo no hago tríos.
Frunció el ceño descolocado.
—No te he propuesto un trío. Aún —recalcó la palabra—. Podemos ir poco a poco, si quieres.
—Me refería a ti y a tu ego. Ocupa incluso más espacio que tú.
Soltó una carcajada que yo acompañé.
—¿Voy a tener que enseñarte modales, rubia?
Mi cara debió transmitirle la mala leche que me salía por los poros.
—Seré yo la que te enseñe a ti un par de cosas como vuelvas a llamarme rubia de nuevo.
Se humedeció los labios.
—Cuando quieras.
Terminó el café de un sorbo, tiró el vaso de plástico a la papelera y salió de la sala, no sin antes mirar atrás una última vez.
Volví a mi conversación con Xesco, aunque ese intercambio me había dejado un sabor agridulce en el estómago.
Un rato después, cuando me dirigía al despacho de mi hermano, vi que estaba hablando con él. Me acerqué a ellos y Aless me dedicó una sonrisa astuta.
—Déjame que te presente a mi hermana, Isabella Escalante.
—Ya nos conocemos. Hemos coincidido antes, tomando café. —Le ofrecí la mano para que me la estrechara y el muy creído aprovechó el gesto para acariciarme la muñeca con el pulgar.
La aparté rápidamente y miré a Aless, cuyos ojos ya me estaban esperando. Ufff, esa mirada no presagiaba nada bueno .
—Piénsatelo bien, aquí puedes crecer exponencialmente y estamos deseando que trabajes con nosotros.
—Gracias, Alessio —le dijo, mirándonos alternativamente.
—Por favor, no seas tan formal. Puedes llamarme Aless —contestó mi hermano sonriendo.
Me faltó muy poco para poner los ojos en blanco.
—A mí puedes llamarme «señora» —espeté y al creído pareció hacerle gracia.
Cuando se marchó al despacho de Valeria, Aless y yo fuimos hacia el suyo para hablar.
—¿Hay algo que tengas que contarme?
—¿Aparte de que ese tío es idiota? Nada nuevo. —Me senté en la silla y él lo hizo a mi lado—. Así que ese es Álvaro Montes.
—Sí, y no sabes lo mejor. La decoradora que va a trabajar con Fabio es la hija de Emilio Alarcón.
—¿No me digas? Parece que esto se pone interesante. —Sonreí, porque sabía exactamente la línea que seguían sus pensamientos.
—La he invitado a la recaudación de fondos para conocerla mejor. —En su voz noté un matiz que hacía tiempo que no veía, pero decidí dejarlo pasar hasta ver dónde lo llevaba—. Quiero que te pegues a Álvaro Montes como si fueras su sombra.
—¿Ha aceptado ya ser socio?
—Todavía no, pero lo hará. —La seguridad de mi hermano fue aplastante y no tuve duda de que conseguiría lo que se había propuesto. Como siempre.
—Tenemos sitiado a Montes&Alarcón —declaré con arrogancia.
—Seremos un jodido caballo de Troya. Ni siquiera nos verán llegar.