Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 57 A prueba de balas
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57 A prueba de balas

BLAKE

Continuaba sintiendo el calor de Álex en mi propia piel incluso después de que su cuerpo me abandonara.

Llamar a la poli había sido una medida desesperada, pero tenía que sacarlo de allí y curarle la herida.

Temía por él, pero lo que más miedo me daba era que lo supiera.

Dar rienda suelta a los sentimientos. Que no hubiera vuelta atrás.

Cogió mi mano, un gesto que ya no parecía tan extraño entre nosotros, y nos dirigimos, sigilosos, hacia la salida.

Miramos a nuestro alrededor, pero todo estaba en silencio.

No tenía sentido. Nadie sabía que estaba allí, solo Giordano.

¿Y Álex? ¿De qué robo hablaba? ¿Y por qué había sido precisamente en ese almacén?

Tenía demasiadas preguntas sin respuesta rondando en mi cabeza.

—No tardes, tu coche es demasiado llamativo.

Alcé una ceja.

—¿No pretenderás que te cosa el brazo en la moto?

—Claro que no, hay un motel de carretera a dos calles de aquí, al lado de la gasolinera.

Con la boca abierta. Así me quedé.

Estaba claro que no podía ir a un hospital, pero ¿meternos los dos juntos y a solas en un motel? Esa idea era aún más descabellada.

—Ya, claro, como que voy a ir a un motel contigo.

—Has sido tú la que ha llamado a la poli. ¿Quieres que te sigan hasta tu casa? ¿O que te detengan?

Entorné la mirada, sopesando sus palabras. Normalmente, la policía hacía un barrido de los vehículos que había en la zona y paraba a preguntar a la gente que se encontraba si había visto o escuchado algo. No me preocupaba que vieran el mío porque no estaba a mi nombre, sino al de un testaferro.

—¿Qué pasa, Blake? ¿Temes estar a solas conmigo?

Puse los ojos en blanco, cogí el botiquín y comencé a andar, evitando dar una respuesta que ya estaba más que clara. Le acababa de dar un beso. Casto, pero beso, al fin y al cabo. Y eso era incluso peor, porque traslucía mis sentimientos mucho más que si hubiera sido un beso pasional.

—¡Ey! ¡Espera!

Me rodeó los hombros con un brazo para apoyarse en mí y pasé una mano por su cintura. Habría que ver las pintas que llevábamos, porque la chica que ocupaba la recepción del motel abrió los ojos de par en par al vernos.

Pedí una habitación y le di el dinero en efectivo y por adelantado para que nadie nos molestara.

—¿Podrías proporcionarnos algo de ropa? —Añadí unos billetes de más para ella y los cogió sin dudar.

—Claro.

Subimos en el ascensor y abrí la puerta con Álex pegado a mis talones.

Solo yo sabía lo nerviosa que estaba aquel día. Y no era precisamente por lo que había ocurrido en el almacén.

—Quítate la camiseta y túmbate.

—Así, ¿sin preliminares ni nada?

—En serio, Álex, no estoy para bromas.

—Uhhh, ¡qué carácter! —se mofó—. Voy a necesitar ayuda con la ropa .

Fruncí los labios, aunque sabía que tenía razón. Él solo no podría quitársela. De hecho, me extrañaba que no se hubiera desmayado aún con toda la sangre que había perdido.

Lo primero que hice fue quitar la tela atada a su brazo. La hemorragia había parado, lo que era una buena señal. Cogí la parte baja de la camiseta y tiré hacia arriba, pero paré cuando hizo un gesto de dolor.

—Será mejor que la corte.

Tiré de la parte rota con las dos manos y se rajó, dejándome ver su escultural torso. Álex tenía los abdominales cincelados y unos pectorales en los que me encantaría perderme durante horas.

—Blake —me llamó, y me di cuenta de que llevaba unos segundos de más recreándome en su figura.

—Sí, voy —dije torpemente. Abrí el botiquín, empapé un algodón en alcohol y limpié la herida. Era del tamaño de un garbanzo y tenía orificio de salida. Le enchufé la linterna del móvil, por si acaso—. La bala te ha traspasado el brazo, parece que no hay esquirlas, pero debería vértela un médico.

—Ya llegaremos a eso, tú haz lo que puedas.

Las muecas de su rostro me hicieron saber que no iba a aguantar que le cosiera sin anestesia.

—Espera, tengo una idea. —Cogí unas botellitas de alcohol del minibar—. Tenemos ron, whisky y vodka. ¿Qué prefieres?

—¿Quieres emborracharme y aprovecharte de mí?

—Claro que sí, porque sería la mejor idea que podría tener ahora mismo. —Le tendí la de whisky sin saber que era su favorita—. Bebe.

Extrañamente, me hizo caso y disfruté de esa victoria. Esperé hasta que se la terminó entera y empecé a coserle con la mayor delicadeza posible.

En cuanto pudiera, enviaría a nuestro médico de confianza a su casa para que le echara un vistazo.

Yo había hecho un curso de primeros auxilios hacía tiempo, algo muy útil en la profesión, pero no le llegaba ni a la suela de los zapatos a un profesional y tampoco tenía los medios necesarios para ver el alcance de la bala.

Lo único bueno era que esta no se había quedado alojada dentro del brazo, así que debía procurar que la herida no se infectara.

—¿Cómo te encuentras?

Abrió la botellita de ron y se tomó un gran trago. Hizo una mueca de asco.

—Mejor que en toda mi vida —mintió y no pude contener la sonrisa. Lo tenía tan cerca que el olor a alcohol era tan parte de mí como de él. Y es que yo también me sentía embriagada.

—Listo. Túmbate un poco y descansa, ¿vale?

—Vale —gimió y ese sonido se trasladó a mi vientre.

—Esperaremos a que caiga la noche y entonces nos vamos —comenté.

—¿Y qué hacemos mientras? —preguntó con los ojos cerrados y una sonrisa burlona en el rostro—. Si estás falta de ideas, a mí se me ocurren un par de cosas.

—¡Dios! ¿Puedes dejar de ser tan engreído?

—¡Si te encanta!

—¡En tus sueños! —Saqué un par de pastillas del botiquín y las dejé en la mesita de noche—. Cuando se te pase el colocón, tómate estos antiinflamatorios.

Estaba segura de que necesitaría antibióticos, pero no tenía ninguno.

—Ven, túmbate conmigo.

—Estoy bien aquí —aseguré desde mi posición.

—Vengaaa —me arengó—. Solo necesito un poco de calor, te prometo que no vamos a arder.

—Álex...

—Por favor.

Me tumbé con él, porque me lo pidió y porque quería. Y ya estaba harta de luchar contra mis sentimientos.