Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 56 Anarquía
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56 Anarquía

ÁLEX

Me jodía dejar a Roma tan dolido, pero sabía que la mamma le sacaría una sonrisa. Últimamente, en mi casa reinaba la felicidad por el nacimiento de Anna y por el compromiso de Bass y de Julia, que casi parecían estar ya de luna de miel, pero yo estaba tan inquieto que me subía por las paredes.

En Nueva York había poco que hacer más que conseguir el dinero de algunos negocios y darle demasiadas vueltas a la cabeza, así que yo, que siempre huía de los trabajos menores, ahora me encargaba de ellos con tal de hacer algo que me permitiera dejar de pensar durante un par de horas seguidas.

Llegué a la franquicia que Philippe tenía en Brooklyn en un tiempo récord. Nos estrechamos la mano y me ofreció un asiento en su despacho.

—Siento haberte llamado, pero esto es algo que debíais saber.

—¿Qué ocurre?

—Han robado en el almacén esta mañana. Mis hombres se han dado cuenta cuando han ido a por la mercancía.

—¿Quién ha sido?

Hizo una mueca de disgusto.

—No sabemos quién ni por qué motivo, pero se han llevado treinta kilos de coca .

Fruncí el ceño. Alguien debía de tener el almacén monitorizado si sabía que la droga estaba allí antes de que la franquicia la distribuyera.

—¿Y las cámaras?

—Inutilizadas. Lo tenían todo muy bien estudiado, porque si no, no me lo explico.

—¿Has informado a Alessio?

—Sí, ha sido él quien me ha dicho que te llamara. —Escribió algo en un papel y me lo tendió—. Esta es la dirección. No he querido tocar nada hasta que lo vieras.

Parecía que mi hermano postizo había decidido volver a confiar en mí y no iba a desaprovechar la oportunidad de demostrarle que podía con el encargo.

—Voy para allá. ¿Tienes a los clientes controlados?

—Sí, he cogido unos kilos de la franquicia de Long Island para ir tirando.

—De acuerdo, luego te digo algo.

Cogí la moto de nuevo, metí la dirección en el GPS del móvil y llegué hasta el almacén. La puerta estaba abierta y eso ya me alertó de que había algo que no iba bien.

Saqué mi arma y miré a mi alrededor. No había ni un alma en la zona y esa era otra señal de que algo no cuadraba. A esa hora todavía debía de haber trabajadores por allí, ya que era un polígono en el que había varios negocios, incluso una cafetería y una gasolinera.

El interior estaba oscuro y olía a moho. Activé la linterna y busqué el interruptor. Cuando lo accioné, me encontré con una estancia prácticamente vacía, salvo por una cosa: el cadáver de un hombre, sentado en una silla de escritorio, con la mandíbula destrozada y sujeta por un alambre.

Puse la cámara y le envié una foto a Roma. Él sabría por dónde empezar a buscar, ya que la cara de aquel tipo estaba irreconocible .

De repente, escuché un ruido que provenía del interior del almacén. Me giré rápidamente y apunté con mi arma a quien me acechaba.

La realidad siempre superaba a todas las situaciones que mi mente era capaz de crear. Y era una persona muy creativa, podía asegurarlo. Aun así, nada me hacía presagiar todo lo que aún estaba por venir.

—¿Blake? —Estaba vestida totalmente de negro, como ya era habitual en ella, y llevaba el pelo recogido en un moño alto que dejaba a la vista su esbelto cuello. Un cuello que yo estaba deseando volver a besar—. Soy yo, puedes bajar la pistola.

Arqueó una ceja.

—¿Seguro?

Puse los ojos en blanco.

—Me desesperas —y me hacía muchas cosas más que no pensaba decir en voz alta.

—¿Me estás persiguiendo? ¿Voy a tener que denunciarte? —preguntó, metiendo el arma en la cinturilla de su pantalón.

—No te lo creas tanto. ¿Lo has matado tú? —Señalé el cadáver con la cabeza.

—No, ya estaba así cuando he llegado.

—¿Y qué haces aquí?

—¿Qué haces tú aquí?

Puso los brazos en jarra y casi me entró la risa.

—No tengo que discutir contigo lo que hago para proteger mis negocios.

—Cuando afectan a los míos, sí.

—¿En qué afectan a los tuyos, si puede saberse? Este territorio es de los Ricco.

Me miró como si no recordara que yo poseía esa información.

—Y lo que hago tiene que ver con ellos, pero estoy segura de que ese no es tu caso.

Ladeó la cabeza, inspeccionándome de arriba abajo con avidez .

—Este es uno de los almacenes donde guardamos la mercancía. ¿Te has enterado del robo o has tenido algo que ver con él?

—¿Qué robo?

Entornó la mirada sin entender cómo habíamos acabado los dos en el mismo sitio y por motivos diferentes. A mí tampoco me quedaba claro.

—Si no lo sabes, es mejor que no te dé más información, por tu seguridad.

Se cruzó de brazos.

—Sea lo que sea, parece que alguien ha terminado el trabajo por ti. —Movió la cabeza hacia el tipo asesinado y yo fruncí el ceño con la certeza de que debía seguir mi intuición, porque allí había algo que olía muy mal.

—¿Desde cuándo creemos en las casualidades? —pregunté y ambos sacamos nuestras pistolas a la vez cuando una bala traspasó mi brazo, impactando en unas cajas—. ¡A cubierto! —grité corriendo hacia ella y nos parapetamos detrás de un muro de carga.

—¿Estás bien? —Tocó mi brazo y sus manos se llenaron de sangre.

—Sí, solo ha sido un rasguño.

Antes de que pudiera seguir hablando, el sonido se hizo ensordecedor. Salí de mi escondite y me lié a pegar tiros como si no hubiera un mañana.

—¿Estás loco? —Me cogió de la camiseta, intentando que retrocediera—. ¿Acaso quieres que te maten?

—Me gusta vivir al límite.

Me dio un pequeño mareo y apoyé la espalda contra el muro.

—Hay que hacer presión en el brazo, estás perdiendo mucha sangre.

—¿Y con qué la hacemos, MacGyver?

Miró a su alrededor en busca de algo que sirviera. Al no encontrarlo, no dudó en romper un trozo de su camiseta y atarme la tela por encima de la herida. Me hizo un torniquete por encima del codo y apretó con fuerza para detener la hemorragia.

—Esto aguantará un rato, pero no deja de ser un parche. Es muy probable que necesites puntos.

—Pues habrá que ir pensando en cómo salir de aquí, ¿no crees?

Cogí otro cargador del bolsillo y se lo puse a la pistola. Blake y yo nos alternamos para disparar. Las balas volaban de un sitio a otro. No veíamos a nuestros atacantes, pero estaba claro que nos habían tendido una trampa.

—Siempre que estamos juntos nos metemos en líos —bromeó.

No sabía cuánto me gustaba ver esa faceta de ella: la mafiosa. Me encantaban las mujeres fuertes, valientes, que no se achantaban ante nada. Había estado toda mi vida rodeado de ellas.

—Será que nos va la emoción.

Una ráfaga de balas formó un gran revuelo.

—Están por todas partes y parece que no se les agota la munición.

—A mí solo me queda un cargador —dijo ella.

—A mí ninguno —aseguré. Tenía otro en la moto, pero no había forma de ir a por él.

—Cúbreme.

Sacó su teléfono y la escuché decir que había una emergencia.

—¿Qué coño has hecho?

—Mientras tú estás desangrándote, yo he llamado a la poli. De nada.

—¿A la policía? —Me quedé estupefacto. Ese no era nuestro modo de proceder. Los maderos, cuanto más lejos, mejor.

—Tranquilo, solo les he dicho que estamos en el polígono, no dónde. Y he llamado desde un número prepago.

—¿Estás loca? ¿Por qué has hecho eso?

—El ruido de las sirenas nos librará de ellos. —Señaló hacia la puerta—. Solo tenemos que aguantar .

Resoplé con fastidio. Me dolía el brazo a rabiar y estaba deseando salir de aquel puto almacén de una jodida vez, así que no seguí discutiéndoselo.

—Racionemos las balas. Una cada treinta segundos. —Fui yo primero y disparé. Supe que le había dado a alguien cuando escuché un quejido.

—Buena puntería.

—¿Lo dudabas? —pregunté socarrón.

—Eres un puñetero provocador. —Se levantó para disparar y volvió a sentarse, pero esa vez se colocó algo más cerca de mí—. Estás sudando, Álex.

Pasó una mano por mis mejillas y cerré los ojos.

—Tranquila, estoy bien.

La preocupación se reflejó en su mirada con tanta claridad que, por primera vez, me dejó ver el resto de sus sentimientos en ella.

—Eres preciosa —dije más serio que en toda mi vida.

—Estás delirando. —Colocó sus labios sobre mi frente y se demoró allí unos segundos más de los necesarios—. Creo que tienes fiebre.

Me levanté para disparar, pero me tambaleé un poco.

—Coge mi pistola.

—¿Te fías de mí?

Le dediqué una sonrisa sagaz.

—La confianza a veces es ciega.

—En nuestro mundo no —replicó ella.

Tragué saliva y acerqué mi rostro al suyo, de manera que pude contemplar el deseo en sus ojos.

—Yo pondría la mano en el fuego por ti, Blake, ¿me quemaría?

—¿Y yo, Álex? ¿Me quemaría yo?

—Pensé que ya estábamos ardiendo.

Las sirenas de la policía nos sobresaltaron cuando nuestros labios estaban a punto de colisionar, y escuchamos cómo los tipos que nos disparaban huían del recinto. Puse un dedo en sus labios pidiéndole que no hablara y nos quedamos mirándonos fijamente hasta que el ruido cesó.

Tan sencillo y tan difícil como eso.

Minutos después, Blake me ayudó a levantarme y salimos a ver el resultado del enfrentamiento. De un movimiento rápido, volví a escondernos detrás de una columna cuando la policía pasó patrullando por delante del almacén.

La abracé con todo mi cuerpo y ella tragó saliva, paseando los ojos por mi rostro. No tardó en decidir acercar su boca a la mía y darme un beso tan tierno, tan lleno de cariño, que me calentó el corazón.

—Deberías ir al médico. Yo me quedaré resolviendo esto.

Negué con la cabeza.

—No puedes echarme de todas partes. Además, ¿cómo explicaría una herida de bala?

Exhaló un suspiro.

—Tengo un botiquín en el coche, pero quizá no sea suficiente. —Frunció los labios—. Tiene pinta de que vas a necesitar puntos.

—Seguro que tienes aguja e hilo en ese botiquín de Mery Poppins. —Sonreí—. ¿Sabes coser?

Resopló.

—Sí, solo tenemos que llegar hasta mi coche.

—Pues lo cogemos y nos vamos. La poli todavía dará un par de vueltas antes de largarse. —Saqué el móvil—. ¿Tienes a alguien que pueda hacer limpieza?

—Por supuesto, yo me encargo.

—De puta madre. Salgamos de aquí.