Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 55 Medidas desesperadas
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55 Medidas desesperadas

CÓSOMO

Cité a Roma en una cafetería de Park Avenue.

No era un puto gallina, pero la conversación que estábamos a punto de tener me tenía cagado de miedo.

No quería hacerle daño, eso lo tenía muy claro, pero yo tampoco quería sufrir.

Debía alejarlo de mí mientras no hubiera quitado de en medio al tipo del FBI, y como siguiera alargándolo, sería imposible.

Tenía claro que me había pillado por él como un gilipollas y necesitaba proteger mi corazón o algo me decía que acabaría roto en el proceso.

Pedimos nuestros cafés y nos sentamos en una de las mesas que daban a la gran avenida. El cielo estaba nublado, el buen tiempo estaba desapareciendo poco a poco y, en su lugar, el otoño empezaba a hacer tímidamente su aparición.

—Bueno, tú dirás. —Roma parecía demasiado serio y yo estaba nervioso de cojones.

—Quiero que continuemos con la conversación que iniciamos en la discoteca.

—¿Por eso has estado ignorándome desde entonces? —Tenía la mano buena alrededor de su café, aunque podría jurar que la vi temblar tanto como las mías.

—Aquello se me fue de las manos, de ahí lo de la cafetería. —Señalé la estancia. Necesitaba hablar en un sitio neutral.

—Di lo que sea de una vez, Cósomo. ¿Quieres dejarlo?

Tomé aire y lo solté todo .

—Quiero que vayamos más despacio. Quiero que nos conozcamos mejor y que tengamos la libertad suficiente para no perdernos a nosotros mismos mientras lo hacemos.

—¿No te sientes libre conmigo? —En su rostro había incertidumbre y me odié a mí mismo por habérsela provocado.

—Guardamos muchos secretos y no estoy muy convencido de querer tener una relación basada en mentiras.

—Hay cosas que no puedo contarte, igual que tú a mí, pero nunca te sería desleal por ello.

—Joder, Roma, yo a ti tampoco.

Nuestros dedos se rozaban y no quería apartarlos. Juro que no quería, pero lo hice.

—Entonces, ¿por qué me juzgas por algo que tú también haces? —Resopló cada vez más cabreado—. Si no te lo cuento no es porque no quiera, sino porque no puedo. Porque ocultarlo salva vidas. Te lo expliqué y pensé que lo entendías, ¿desde cuándo es insalvable?

Tragué saliva y me recompuse mientras su mirada se perdía a través de la ventana. Tardé un minuto entero en contestarle.

—Roma... —Chasqueé la lengua contra los dientes—.

Es muy fácil quererte y yo no controlo, me doy entero, intenso, sin límites, hasta que me tienes comiendo de la palma de tu mano y ya no sé dónde empiezas tú y acabo yo.

Y cuando eso pase, que pasará, necesito saber que estamos en el mismo punto y que no vas a destruirme porque, joder, no lo soportaría. No contigo.

—¿Esto es por lo que dije de Blake y Álex? Porque no quise ofenderte ni darte a entender que fueras menos para mí. Tú sabes lo que siento.

Negué con la cabeza.

—Ese comentario me dolió, pero no lo hago solo por eso.

Mi móvil comenzó a sonar encima de la mesa. Temí que fuera el FBI, pero me di cuenta de que era aún peor, pues el nombre de Hudson se reflejaba perfectamente en la pantalla.

Corté la llamada y miré a Roma, que apretaba los dientes. La distancia que impuso entre nosotros me hizo echarlo de menos incluso antes de que nos hubiéramos separado.

—Lo haces por él —afirmó—. Quieres tener vía libre para acostarte con ese tío.

—No saques conclusiones precipitadas. Hudson y yo solo somos amigos.

—Amigos que se acuestan.

—De eso hace meses, Roma. No ha vuelto a pasar nada desde que estoy contigo.

—Por lo menos debo agradecerte que no me hayas puesto los cuernos, no sería la primera vez que me pasa. —Se levantó, dejando el café intacto—. Sabía que algo así iba ocurrir. Que al volver me verías con otros ojos.

—Solo te he pedido ir más lento, no que rompamos.

Bufó con desdén antes de marcharse.

—Que te jodan, Cósomo.

No fui tras él. No podía, aunque era lo único que deseaba. Necesitaba alejarlo de mí o hundirme en él y opté por la primera opción. No sabía que a la larga sería la que nos haría más daño.

Suspiré profundamente y salí yo también.

Blake me había mandado un mensaje para decirme que había salido de la reunión con la junta.

Esta mañana le había preguntado si quería que la acompañara en un intento de retrasar mi encuentro con Roma, pero se negó.

Quería a mi prima como a mí mismo y ese tormento que se estaba infligiendo tenía que parar ya.

Cogí la 123 hacia el parking en el que había dejado el coche y le devolví la llamada a Hudson.

—Pequeño Marconni, ya pensaba que te habías olvidado de mí.

—¿Qué quieres, Hud? No estoy de humor.

—Uhhh, me encanta cuando te cabreas, eres mucho más fogoso.

—Déjate de gilipolleces y habla.

—Mañana iré a Nueva York. Tengo unos asuntillos que zanjar con la familia de mi futura mujer y quiero que me distraigas luego.

Su voz era de hastío y no me extrañaba. Su padre era un homófobo que no soportaba que a su hijo le gustaran los hombres, por eso lo eligió a él. Le dijo que una vez que estuviera casado, podría hacer lo que quisiera, siempre y cuando tuviera descendencia con Scarlett.

—¿Que te distraiga de qué forma?

—Como últimamente te has vuelto un aburrido, bastará con que me emborraches —se mofó.

—¿Y estaremos en paz?

—Sí, por ahora.

—Hud —insistí.

—Sí, estaremos en paz. Quedamos mañana después de almorzar, en la mansión.

—Hecho.

Colgué y saqué el ticket del parking de la cartera cuando sentí que alguien me daba un empujón por la espalda. Me caí al suelo y choqué las rodillas y la barbilla contra el asfalto.

Me giré rápidamente para ver de quién se trataba. Si algún malnacido me quería robar...

—¡Tú! —exclamé—. Pero ¿qué coño...?

Intenté ponerme en pie, pero el tipo se sentó a horcajadas sobre mí.

Me dio un puñetazo en la boca y otro, hasta que noté el sabor metálico de la sangre.

Me había partido el labio. Con toda la fuerza que pude, le di un cabezazo en la frente que hizo que me mareara.

Lo cogí de la cintura y eché todo mi peso en su estómago para proyectarlo hacia el lado y cambiar de posición.

Mi padre estaría orgulloso de que usara las lecciones de judo que me había obligado a practicar desde niño.

El tipo se tambaleó y fui yo quien se quedó a horcajadas encima de él. Aproveché el momento para sacar la navaja del tobillo y conseguí herirlo en el costado justo antes de que alguien me pusiera una capucha en la cabeza, me diera un golpe seco en la sien y todo se volviera negro.