54 Bajo cuerda
BLAKE
Salí de la reunión con la junta directiva asegurándoles a los inversores que la cadena de hoteles se quedaba en buenas manos y que empezaría a trabajar en la sede principal a partir de la semana siguiente, así estaría al tanto de todo lo que ocurría en ellos y podría controlarlos mejor.
Era algo que ya había hablado con tío Agostino en una de nuestras reuniones y con lo que él estaba de acuerdo.
Decía que los inversores necesitaban comprobar por sí mismos que me tomaba esa responsabilidad en serio.
Aunque me dio pena tener que decirle adiós al doctorado, hablé con el profesor Williams, le expliqué mi situación y me dijo que, cuando quisiera volver, sus puertas estarían abiertas para mí.
Miré el móvil mientras me montaba en el coche. Cósomo me había dejado preocupada, quizá tendría que haber accedido a que me acompañara, pero necesitaba este momento a solas.
Puse el SSC a toda velocidad. Tío Agostino quería que llevara chófer, pero conducir era algo a lo que no pensaba renunciar.
Mi móvil comenzó a sonar y vi que era John. La verdad era que no me apetecía hablar con él, pero estaba segura de que no pararía hasta que se lo cogiera.
Puse el teléfono en manos libres.
—Hola, cielo.
—Blake, ¿cómo estás? Hace días que no sé nada de ti.
—He estado un poco liada con los hoteles. ¿Qué ocurre?
—Mis padres quieren que quedemos un día para hablar sobre la fecha de la fiesta de compromiso, ¿te vendría bien el jueves?
«Qué remedio», quise decir. Cada vez que hacía mención de la boda se me hacía un nudo en la garganta.
—Está bien. ¿Están de acuerdo con el prenupcial?
—También lo comentaremos ese día. Tu madre también está invitada, mis padres están deseando verla.
—Vale, nos vemos el jueves.
Estaba a punto de colgar cuando volvió a hablar.
—¡Espera! Quería preguntarte si ya sabes algo de lo que encontramos en la caja fuerte.
—Aún no, se estaba encargando Giordano.
—¿Puedes hablar con él? La boda cada vez está más cerca y no quiero que nos casemos si tú no estás de acuerdo.
En ese momento tuve que admitir que no entendía a John. A veces estaba deseando celebrar la boda y otras se desvivía para ayudarme a detenerla. En cualquier caso, yo quería exactamente eso, así que contesté afirmativamente.
—Lo haré.
—Mantenme informado, por favor.
Di unas cuantas vueltas antes de llegar a la mansión, donde ya estaban Reinard y Beto esperándome.
Confiaba en mi detective como en mí misma y sabía que lo de Gryfood no había sido su error.
De hecho, detrás de esa empresa había al menos diez sociedades interpuestas para que nunca llegaran a saber a quién pertenecía.
Sin embargo, los Cabante habían sido muy listos, así que debíamos modificar nuestro sistema empresarial.
—Crearemos otra sociedad y Gryfood irá a la quiebra —dijo Beto que, como contable, se encargaba de esas cuestiones.
—Perfecto. Reinard, ¿has averiguado algo sobre el tipo del FBI?
—Bradley Ford no tiene nada a su nombre. Debe trabajar como agente federal encubierto, porque es imposible dar con él.
—Si algo podemos tener claro es que no se ha marchado. Me juego el cuello a que él está detrás de la detención de Palmiro.
—Lo que, por cierto, se está retrasando. Ya debería haber salido bajo fianza.
—Sigue atento a cualquier cosa que puedas averiguar, ¿de acuerdo? Patea las calles, busca debajo de las piedras, soborna o haz rodar cabezas, me da igual, pero quiero saber dónde está.
—Estoy intentando tirar de un contacto, un antiguo teniente de la brigada de artillería, pero es un tanto especial.
—Por mí como si se lo sacas a golpes, tráeme la información.
—Eso está hecho, Blake.
—Podéis iros.
Salimos del despacho y atravesé la puerta que me llevaba hasta la sala de vigilancia de Giordano. Metí el código y lo encontré enfrascado en una serie de dígitos alfanuméricos que no entendía.
—¿Todo bien? —me preguntó sin levantar la cabeza del monitor.
—Sí, quería saber si has podido averiguar algo de los números que te envié.
Cambió una de las pantallas y abrió un programa.
—Efectivamente, son coordenadas, pero solo me llevan a dos localizaciones posibles. —Señaló el mapa—. Un almacén en Brooklyn o un punto en mitad del desierto del Sahara en el que solo debería haber arena.
—Lo del Sahara no tiene sentido, pero quizá en el almacén haya algo.
Ni siquiera estábamos seguros de que esas coordenadas estuvieran relacionadas con nosotros. Lo más probable es que fuera cualquier cosa de los Ricco, ya que aquel era su territorio.
—Puedo enviar a alguien para que lo compruebe in situ .
Negué con la cabeza.
—Iré yo.
—Tenemos gente para eso, Blake. No hace falta que te manches las manos.
—Necesito distraerme. Además, no queda lejos.
—De acuerdo, te envío un mensaje con la dirección.
—Voy a cambiarme.
—¿Quieres que siga investigando de todas formas?
—Sí, sigue indagando hasta que no haya nada más que encontrar.