Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 53 Cómplices
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ROMANO

Estaba con Bass y Julia en un reservado del Lumière, ansioso porque llegara Cósomo.

Cuando se fue de mi casa esa misma tarde, lo llamé y le envié varios mensajes para los que no obtuve respuesta.

Iba a ir a la mansión, pero decidí esperar a que se calmara.

Mi chico era muy impulsivo y yo tampoco tenía mucho filtro cuando se trataba de él.

—Seguro que vendrá, peque —me dijo Julia, pero yo no las tenía todas conmigo.

Había sido un puto borde, sí, aunque seguía pensando lo mismo sobre la actitud de Blake. Estaba siendo una cabrona con Álex y él no se lo merecía. Yo sabía lo que era arrastrarse por alguien que solo te veía como un rollo de usar y tirar, y me dolía que eso le pasara a mi hermano.

Me levanté como un resorte cuando lo vi llegar y me lancé a su encuentro.

—Hola, amor —lo saludé, dándole un beso en la comisura de los labios.

—Hola —me contestó reticente y se cruzó de brazos, como si mi sola presencia lo estuviera molestando .

Me sentí mal y se me instaló un nudo en la garganta que necesitaba deshacer como fuera. Estaba allí, enfadado, pero había venido. Eso debía significar algo.

La gente pasaba por nuestro lado dándonos empujones mientras nosotros estábamos parados en mitad de las escaleras, cortando el paso hacia los reservados.

—¿Puedes avanzar?

—No —repliqué en respuesta. Él se cruzó de brazos.

—¿Qué quieres, Roma?

—Quitarte ese ceño fruncido. —Le dediqué mi mejor sonrisa, pero no estaba dispuesto a corresponderme—. Ven conmigo. —Tiré de su mano y no se resistió.

Bajamos hasta los baños del local. No era el sitio más romántico del mundo, pero se me antojaba una pérdida de tiempo sortear a la gente que se agolpaba en la pista para salir a la calle, así que nos tendríamos que conformar con aquello.

Olvidándome de que en el baño de tíos había varios meando, nos metí a los dos en uno de los aseos, cerré la puerta y aprisioné a mi novio contra ella.

—Amor, lo siento. —No era mentira, sentía de corazón haberle hecho daño—. La he cagado y te pido que me perdones.

Le di un beso en la frente y otro en la nariz, para después pasear mi lengua por sus labios con deleite.

—Roma...

—Mmm —murmuré sin dejar de besarle.

Mordí su barbilla y cubrí su cuello con un reguero de caricias que hicieron que se estremeciera para luego asediar esa boca hecha para el pecado.

—Roma, espera. —Lo noté tan serio que me separé de él con la necesidad de mirarlo a los ojos.

Parecía atormentado—. Hace unas horas me preguntaste si elegiría a Blake por encima de ti.

—Mi corazón se paró un instante—. Pero luego comprobé que tú no tenías ningún problema en poner a Álex por encima de mí.

—Eso no... —Fui a rebatirlo, pero me cortó.

—No me malinterpretes, lo entiendo perfectamente. La familia es lo primero y nunca, jamás, se me ocurriría enfadarme por eso, pero sí me ha hecho pensar.

—Joder, Cósomo. —Temía tanto sus siguientes palabras que ya sentía el escozor de las lágrimas bañándome los ojos—. He sido un puto gilipollas, perdóname, por favor.

—Roma. —Se tocó la nuca en un gesto demasiado vulnerable para lo que había visto de él hasta el momento. Aquella era una versión de él que no conocía y me asustó hasta lo imposible—. Me he dado cuenta de que hemos ido demasiado rápido y necesito echar el freno.

—¿De qué estás hablando?

—Siento algo muy fuerte por ti, pero...

—Shhh —lo corté, incapaz de quedarme quieto. Puse la mano tras su nuca y susurré en su boca—. Y tú me tienes temblando.

Mis labios chocaron con los suyos y mis manos se adentraron bajo su camisa. Quería que me sintiera en cada parte de su cuerpo, así que empecé a abrirle los botones y a repartir besos por su pecho y su vientre hasta llegar al pantalón.

Él cerró los ojos y pegó la cabeza contra la puerta, dejándose hacer. Desabroché el vaquero y lo bajé junto con los calzoncillos, sacando su erección al aire.

Lo tomé con la boca y le hice lo que sabía que tanto le gustaba hasta que lo tuve jadeando, retorciéndose de placer y mascullando insultos como «joder», «maldita sea» y «qué puta locura que sepas hacer eso». No tardó en correrse dentro de mí mientras unas gotas de sudor le acariciaban las sienes.

Me puse de pie, pero él no me dijo nada.

Dejó que sus gestos hablaran por sí solos.

Agarró mi camisa en un puño y, de un rápido movimiento, nos dio la vuelta, de modo que ahora era yo quien estaba pegado a la pared.

Fue brusco, pero lejos de molestarme, sentí la complicidad flotando en el ambiente .

Me bajó el pantalón y el bóxer, como minutos antes había hecho yo, y me comió entero, tomando el control de la situación, sumergiéndome en él, invadiéndolo todo.

No dejó de mirarme a través de sus pestañas.

Quería saber qué sentía cuando me tomaba así, de esa manera tan visceral.

Pegaron en la puerta y murmuraron algo que ni siquiera logré discernir porque solo tenía ojos para Cósomo, que tampoco consentía apartar los suyos de mí.

Quería memorizar mis gestos, excitarse con mi placer, y yo estaba al borde del abismo, deseando saltar. Con él. De su mano. Siempre.

Ni siquiera parpadeábamos cuando asió mis nalgas y me apretó tanto contra él que noté cómo mi glande rozaba el fondo de su garganta. Tragó saliva y ese movimiento hizo que me corriera de una forma tan intensa que estuve convulsionándome durante varios segundos entre descargas electrizantes.

—Joder, Cósomo. Eres mi puto eclipse —balbucí sin pensar. Aún no sabía lo ciertas que eran aquellas palabras. Fue el sonido de su móvil el que me dio la razón.

No lo pude evitar. Mi mente me jugó una mala pasada y alcé la vista para leer el nombre que aparecía en la pantalla cuando lo sacó del bolsillo, pero él cortó la llamada antes de que pudiera verlo.

«¿Qué me ocultas, amor?».

Soltó un suspiro y volvió a mirarme.

—Tengo que encargarme de algo, pero esta conversación no ha terminado.

—¿Te vas?

Asintió y me sentí desamparado. Triste. Como si al irse, también se llevara una parte de mí.