52 Ajustando cuentas
BLAKE
—Vamos. —Álex me cogió de la mano en un gesto repleto de ternura.
Estaba guapísimo. Llevaba un pantalón vaquero y una camiseta azul que resaltaba los dos océanos que eran sus ojos.
En ese momento le brillaban y se le veía tan feliz que cualquiera diría que acababa de hacerme chantaje.
No tenía ninguna duda de que lo de este chico fuera un arte, ni de las ganas que tenía yo de dejar de resistirme y, simplemente, estar con él.
Mientras bajábamos en el ascensor, me recreé en nuestro contacto. Su mano era áspera, estaba curtido en mil batallas y eso se notaba. Apretó un poco la mía, como indicándome que sabía en lo que estaba pensando.
Me deshice de su agarre en cuanto se abrieron las puertas. Los empleados me conocían y todo el mundo sabía que estaba prometida con John. Álex torció el gesto, pero aguantó estoico mi rechazo hasta que llegamos a la entrada.
—Tengo la moto aparcada allí. —Señaló a su derecha.
—He traído mi coche.
—Es más rápido si vamos en moto, luego venimos a cogerlo.
—¿No podemos ir andando?
Resopló, molesto, ignorando mi pregunta por completo.
—Tenemos prisa. Vamos, princesa, tu carruaje te espera.
Tiró de mi brazo y no me dio más opción a negarme. Tampoco peleé mucho. En realidad, sentía curiosidad por saber a dónde quería llevarme.
Me tendió el casco y respiré hondo antes de ponérmelo.
—Que no te llevo a la horca, Blake —bromeó y el muy capullo me hizo sonreír, aunque puse los ojos en blanco, devolviéndole una mueca.
Me senté detrás de él y rodeé su cintura con los brazos.
—Sujétate bien —me dijo, poniendo su mano encima de las mías.
Cada vez que me tocaba me hacía estremecer. Y su olor... Ese olor tan mezcla de todo, tan único, tan parecido al petricor, me trajo miles de momentos a la memoria. Evocaba el calor del hogar, el aroma a casa, a él.
Me dejé llevar y apoyé la cabeza en su espalda.
¿Ese gesto me hizo vulnerable? Apostaría la vida a que sí.
¿Lo necesitaba? Mucho más que respirar.
Condujo despacio recreándose en el paisaje, en la cercanía de su cuerpo junto al mío. En nosotros. Cuando me quise dar cuenta, estaba aparcando en Bryant Park.
Bajé de la moto con el ceño fruncido.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—Vamos a patinar sobre hielo.
—¿Qué?
La pista estaba montada, porque abría en octubre y solo quedaba un mes, pero aún no estaba en funcionamiento.
—Vamos. —Me ofreció el brazo para que se lo cogiera y no me negué.
Había un tipo esperándonos en la puerta de entrada. Álex le dio la mano y pude ver que en la palma había un billete. Supuse que lo había sobornado y me pregunté cuántos delitos más pensaba cometer ese día.
—Señor Cabante, tienen una hora.
—Muchas gracias.
El hombre llevaba una bolsa con los patines y las protecciones: rodilleras, coderas y el casco.
—¿Cómo sabías mi número?
—Tengo mis contactos.
Cósomo, como si lo viera.
Nos sentamos y nos colocamos el equipo. Álex me quitó el casco e insistió en abrochármelo él. Sus manos rozaron mi barbilla y nuestros ojos conectaron.
—Esto no va sobre hablar, va sobre sentir, ¿de acuerdo?
Asentí.
—¿Sabes patinar? —le pregunté.
—Sobre ruedas, sí. Sobre hielo será la primera vez, pero espero que me eches una mano. —Me guiñó un ojo con picardía.
Entré en la pista y me puse de espaldas para ayudarle a mantenerse en pie. Reí a carcajada limpia cuando se cayó la primera vez.
Lo ayudé a levantarse con una sonrisa instalada en el rostro que ni podía ni quería reprimir.
—Así que no todo se te da bien, ¿eh? —musité con tonito burlón. Él también se rio.
—¡Te vas a enterar! —exclamó, intentando cogerme de la cintura y yo aceleré el paso.
La sensación de libertad era indescriptible, como si en ese momento fuera capaz de todo. Si pensaba que bailando me desinhibía, patinando volaba. Volé tanto que, al cabo de unos minutos, la sonrisa en mi cara era inconmensurable.
Escuché el gruñido que profirió cuando volvió a caerse y me acerqué corriendo a ver si le había pasado algo, ya que se rodeaba la pierna izquierda con ambas manos.
—¿Estás bien? —No podía verle la cara. Me agaché a su lado y puse un dedo bajo su mentón para que me mirara a los ojos—. ¿Te has hecho daño?
Cogí la sonrisa canalla que me lanzó al vuelo y supe que había caído en su engaño. Tomó mis brazos y me echó encima de su cuerpo, apoyando la espalda en el hielo.
—Te vas a resfriar.
Desabrochó nuestros cascos, permitiendo que no hubiera ninguna barrera entre nosotros, dándome a elegir cuál sería mi siguiente movimiento.
—Estoy dispuesto a arriesgarme.
Nuestros labios quedaron tan cerca que no me resistí a acortar la distancia.
—Eres un tramposo —dije mientras los rozaba.
La mirada de Álex se tornó tan oscura como un mar insondable.
—Y tú eres increíble.
Movió sus caderas y la dureza de su miembro impactó contra mi centro.
—Álex...
Tomó mi nuca y se comió la poca distancia que nos separaba. Su boca era esponjosa y su lengua junto a la mía creaban fuegos artificiales. Hundí los dedos en su pelo y lo disfruté como nunca, sin pensar en nada más.
Sus manos bajaron hasta mi cintura y en ese instante fui yo quien se movió, provocando un gemido de placer que hizo que intensificara el beso. Hubiera sido capaz de hacerle el amor allí mismo y eso hizo que una luz se encendiera en mi interior.
Quizá debía empezar a ser sincera conmigo misma y admitir que Álex me atraía muchísimo, me desafiaba y revolucionaba tanto mi cuerpo como mi mente.
Pero no podíamos estar juntos porque, si me iba a casar con John, no era lógico jugar con alguien de esa manera.
Ni yo era esa clase de persona, ni él se lo merecía.
Había demostrado que yo le gustaba, aunque todavía no sabía hasta qué punto .
Separé nuestros labios. Sus manos acariciando mi cintura por debajo de la tela me hacían arder, y tuve que resistir con todas mis fuerzas las ganas de seguir besándolo.
—Lo siento.
Él hizo una mueca comprensiva sin dejar de tocarme con mimo.
—¿Qué sientes, exactamente, Blake?
Ni yo misma lo sabía.
¿No corresponderle? No, porque lo hacía.
¿No dejarlo entrar en mi vida? Estaba tan metido bajo mi piel que hasta a mí me costaba entenderlo.
¿Entonces? No poder compartir lo que ambos queríamos… Eso era. No poder dar rienda suelta a lo que sentía.
—Tengo un compromiso, Álex, con una persona que no eres tú —y nunca sabría cuánto me dolió pronunciar esas palabras, aunque él las entendiera.
Dio un largo suspiro y se incorporó, dejándome a un lado. Perdí el calor que emanaba su cuerpo y la sensación de vacío fue abrumadora.
—Creo que eso ya me lo has dejado claro —bufó—. Espero que algún día puedas contarme qué es lo que te ata a él aun sin amarlo, porque estás echando a perder algo increíble —dijo antes de levantarse, como si fuera lo único que tuviera claro en la vida.
Callé. Si algún día se lo contaba, sería porque habría resuelto el misterio y para eso no sabía cuánto tiempo quedaba.
—Muchas gracias por esto.
—Aún no hemos terminado.
Nos quitamos la equipación y paseamos por Broadway hasta llegar a Times Square. Caminábamos muy cerca del otro, en un silencio cómodo, mientras las luces de las pantallas brillaban insolentes a nuestro paso .
Parecíamos una pareja normal entre toda la gente que llenaba las calles. Y realmente deseé que lo fuéramos. Lo deseaba con cada respiración. Con cada latido. Solo con él.
—¿Aquí fue donde se besaron al acabar la Segunda Guerra Mundial? —preguntó, refiriéndose a la mítica foto que dio la vuelta al mundo.
—Sí —contesté escueta.
—Es una ciudad cargada de historia —reflexionó mientras miraba a su alrededor—. Qué pena que nosotros sigamos en guerra.
Me paré en mitad de la calle y lo observé como él observaba todo lo que nos rodeaba. Con curiosidad. Con atención. Como quien observa la grandiosidad de algo que le hace sentir muy pequeño. Álex y yo éramos muy parecidos y, sin embargo, había algo de él que no terminaba de discernir.
¿Qué le pasaba conmigo?
Me buscaba. Quería tener mi contacto. Eso seguro. También me dijo que le había hecho pensar que sentía lo mismo… pero ¿qué era lo que sentía él exactamente?
En su nota decía que su corazón era mío. Sin embargo, yo no había parado de pisotearlo desde que volvió. ¿Qué le hacía venir a mi lado una y otra vez pese a mi rechazo?
No me atreví a preguntar, temiendo que la respuesta revelara el verdadero sentimiento que ninguno de los dos podía pronunciar, porque entonces ambos estaríamos perdidos.
Yo, porque no podía entregarme a él.
Y él, porque no era mío, sino de la mafia. En toda la extensión que llegaba hasta Roma y que no me había querido contar por más que le hubiera preguntado.
Secretos. Y mentiras. Y más secretos que nos rodeaban sin tregua. Y, aun así, seguía teniendo tanta influencia sobre mi cuerpo como sobre mí misma.
—¿Podemos ir a otro sitio antes de terminar?
—Claro, podemos hacer lo que quieras .
Me había dado un puñado de felicidad que atesoraría mientras recordara, pero era justo que viera la otra cara de la moneda. Permitirme ser yo con Álex no iba a ser fácil, pero sabía que merecería la pena.
—Déjame las llaves.