49 Caos
CÓSOMO
Estaba en mi habitación cuando me llegó la noticia a través de un mensaje de texto de Blake. Habían detenido a Palmiro. En ese momento me hubiera gustado tener el teléfono de Bradley Ford y metérselo por el culo, porque estaba seguro de que él, de una forma u otra, estaba implicado en su detención.
Bajé las escaleras a toda hostia y la vi en la entrada, hablando con Giordano.
—¿Qué cojones ha pasado?
—Que iban a por Palmiro y...
—Lo han cazado, pero ¿por qué?
—Esto se está poniendo feo —dijo mi hermano con el ceño tan fruncido que le iba a quedar marca.
—¿Creéis que tío Roberto pudo...? —me atreví a preguntar. No pensaba que fuera así ni por asomo, pero todo aquello me olía muy mal.
—No —me cortó Blake—. Mi padre no lo vendió, Cósomo. Él jamás lo hubiera hecho. Y, además, ¿con qué fin? Ha tenido que ser una trampa del FBI.
Asentí. Todo apuntaba a ello.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Voy a hablar con Reinard, quizá haya averiguado algo.
Lo dudaba. En ese caso, ya lo sabríamos.
—Yo voy a ver a Zia, seguro que Matteo contacta con ella primero.
—Mantenedme informado —les pedí, sintiéndome más inútil que en toda mi vida.
Estaba nervioso, no podía estar quieto ni un solo segundo y mi cabeza no paraba de dar vueltas como un león enjaulado, por eso cogí el coche y patrullé por los barrios bajos del Bronx, esperando ver algo que captara mi atención.
No sabía exactamente lo que buscaba, quizá alguna pista de lo que estaba ocurriendo en el territorio de los Inchenza.
Lo más probable era que alguien se hubiera hecho eco ya de la detención y, efectivamente, lo encontré.
Había varios periodistas delante de la casa de Palmiro.
El Bronx era uno de los barrios más polémicos de Nueva York, así que me puse las gafas de sol, una gorra que guardaba en la guantera, y salí del coche.
Di un barrido visual. Los periodistas tenían pinta de ser unos pringados, ya que solo enviaban a los novatos a cubrir mierda como aquella. Por eso decidí acercarme a dos tipos que había fumando en la puerta de un locutorio. Ya sabíamos dónde llegaba más rápido la información: a las calles.
—Ey, blanquito, ¿a dónde te crees que vas?
Me saqué un billete de quinientos dólares y se lo extendí al más corpulento, que no dudó en cogerlo y metérselo en el bolsillo.
—Te daré el doble si me dices algo interesante sobre los Inchenza.
—Han detenido al viejo, ¿qué más quieres saber?
—Todo.
Se miraron entre ellos y este asintió. Había pocas cosas que no comprara el dinero.
—Andaba en malas compañías últimamente —dijo el otro, adelantándose un paso.
—¿Qué quieres decir?
—Venía un tipo trajeado a buscarlo, esos mosquitos muertos son los peores .
—Que lo detengan es lo mejor que le ha podido pasar. Se rumorea que está en tratos con la poli y en el barrio las chivatas tienen los días contados.
Mi móvil empezó a sonar. Tenía el puto sonido taladrándome tanto la cabeza que había empezado a aborrecer la música.
Me saqué otro billete de quinientos del bolsillo y se lo di a los tipos.
—Gracias por vuestra ayuda.
—Un placer hacer negocios contigo, blanquito.
Cogí la llamada, intuyendo quién era.
—Maldito hijo de puta.
—Supongo que ya te has enterado.
—¿Qué cojones pretendes? ¿Intimidarnos?
—Que veas mi poder. Ya no necesito que me ayudéis con Palmiro, su futuro está en mis manos. Espera instrucciones.
—Estás como una puta cabra si piensas que voy a hacer algo de lo que me pidas.
—O me ayudas o iré a por tu prima. Tú decides —me amenazó antes de colgar.