Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 47 Cóseme
61%

47 Cóseme

Al mismo tiempo, en Málaga.

ISABELLA ESCALANTE

La tregua con Xesco terminó en el mismo instante en que puse un pie en Málaga, o eso me obligué a pensar, porque solo tardé dos días en volver a escribirle para saber dónde estaba y cuál era la misión que tenía que llevar a cabo con tanto fervor.

No conseguí sacárselo, por supuesto. En cambio, nos habíamos estado mandando algunos mensajes muy subiditos de tono, que hacían volar mi imaginación y darle alas a una relación para la que no había futuro.

La línea entre el amor y el odio estaba muy difuminada entre nosotros y yo ya no sabía ni lo que sentía realmente.

De lo único que estaba segura era de cuánto lo echaba de menos y de que necesitaba estar con él.

Los días que habíamos pasado juntos en Roma habían sido maravillosos y casi deseaba haberme quedado allí, en aquella burbuja en la que seguíamos siendo los de antes.

Lamentablemente, eso no iba a pasar. Ni ahora, ni nunca.

Le di unos documentos a la secretaria de Valeria, una de las abogadas de Martín&Escalante, y fui a buscar a Aless.

Siempre que estaba por allí solía ayudar con algún caso, pero a partir de ese momento se había convertido en mi residencia permanente.

Una en la que me ahogaba. Estaba deseando que alguien la jodiera en alguna de las franquicias y que me dieran una excusa para trabajar de verdad .

Lo encontré en la puerta de su despacho hablando con Elena, que, roja como un tomate, no hacía más que reírle las gracias, mientras que él, apoyado en el marco y cruzado de brazos, la miraba con esa profundidad que le salía de forma innata.

Los observé a conciencia. Sabía que habían cortado y me alegraba de que trabajar juntos no les estuviera resultando incómodo.

Aless parecía encantador, pero solo era una pose.

Por desgracia, hacía tiempo que nada mínimamente romántico le afectaba, ni para bien ni para mal.

Y Elena era una persona tan risueña que daba grima, así que, francamente, me hice un favor a mí misma, y a todos, interrumpiendo esa conversación.

—Campanilla, ¿puedes darte una vuelta e ir a repartir alegría por ahí? Necesito hablar con mi hermano a solas.

—Bella, sé amable.

—No me pagas para eso —dije entrando en su despacho. Él tardó un poco más porque, por supuesto, estaba disculpándose con Elena por mí.

Me senté en su silla y comencé a ojear las carpetas que tenía encima de la mesa.

—Técnicamente, ahora mismo no te pago. Cuando se celebre la recaudación de fondos anunciaré tu incorporación al bufete.

Se acomodó en el asiento de enfrente y me dedicó una sonrisa.

—¿Cómo llevas el caso Olaya?

—Está ganado.

Me crucé de piernas y lo miré con una ceja alzada.

—¿Seguro? ¿No necesitas que te ayude?

—¿Qué está pasando por esa retorcida mente tuya, Isabella?

—Solo te he ofrecido mi inestimable ayuda.

—Y, de aceptarla, estarías atada a Málaga y eso es lo último que quieres, así que desembucha.

Bufé con fastidio. Como si no lo estuviera ya.. .

—Quería asegurarme de que lo tuvieras todo controlado. Estoy pensando en ir a Nueva York, quiero comprobar que Álex se ha encargado del tipo ese de Gryfood.

—Pues llámalo por teléfono.

—No me fío de que me mienta, ese hombre trabaja para su novia —dibujé las comillas con las manos, porque al niño le salían novias de debajo de las piedras—, o lo que sea. ¿Te puedes creer cómo han crecido los enanos?

—¿Y aun así vas a hacer que lo mate?

—Pues claro. —Me encogí de hombros—. Es trabajo.

—Está enamorado, Bel. Tú sabes lo que es eso.

—¡No tiene nada que ver! ¡No le estoy pidiendo que mate a la chica!

Mi hermano me ofreció una mirada comprensiva. Odiaba cómo conseguía ver a través de mí.

—Bastará con una advertencia —sentenció—. No vamos a poner a Álex en esa tesitura. Envíale un mensaje y déjaselo claro.

—Te has vuelto un blando —refunfuñé en mi asiento. Bueno, en el suyo—. Entonces voy a dar una vuelta por las franquicias.

Frunció el ceño automáticamente.

—¿Para qué? Nadie nos ha avisado de que haya habido algún problema.

—¡Me aburro, Aless!

No quería que pensara que no estaba a gusto con mi sobrina o con él, porque no era así. Pero yo no me conformaba con estar en un despacho, yo necesitaba adrenalina, algo que me hiciera vibrar. No es que perteneciera a la mafia, es que la llevaba en la sangre.

—Siento que esta vida no te parezca suficiente, pero te necesito aquí, Isabella.

—¿Para qué? Llevo toda la semana arreglando estupideces que podría hacer cualquier niñato en primero de carrera.

—Cuando entres a formar parte oficial del bufete te daré casos mejores.

—¿Y mientras tanto?

Compuso una sonrisa ladina. Esa que yo conocía tan bien y que aseguraba que había una idea gestándose en su cabeza.

—Los socios y yo vamos a fichar al hijo de Manuel Montes.

—¿De Montes&Alarcón?

—Eso es.

—Entonces, ya has elegido bufete al que cargarle el muerto.

—Exacto. Es hora de poner en marcha el engranaje.