46 La clave
BLAKE
El viernes por la mañana entré al salón cabizbaja. Apenas había dormido y, cuando conseguí hacerlo, tuve una pesadilla.
Mi habitación estaba ardiendo y había un montón de sangre en las sábanas y por las paredes. Mi padre me gritaba: «¡Sal de ahí!», pero yo no podía moverme. Fue un sueño tan vívido que aún podía notar el humo asfixiándome.
Encontré a mi abuela sentada en la butaca, tejiendo algo que todavía no tenía forma. Siempre decía que le relajaba mucho. Ni siquiera tenía que mirar las agujas para hacerlo, sus ojos estaban perdidos en el exterior de la ventana.
—Abuela. —Me acerqué a ella y la besé en la frente—. ¿Cómo estás?
—Sigo respirando, pero la vida tiene un poquito menos de sentido —afirmó rotunda.
La entendí perfectamente.
—El sentido que yo le he dado es la venganza —exterioricé, aunque ella ya lo había imaginado, viendo mi comportamiento de estas semanas.
—No es un mal sentimiento cuando la causa es justa. —Sonrió enseñando los dientes—. Si tuviera veinte años menos, estaría luchándola a tu lado.
Mi abuela tenía setenta y cinco años. Había visto casi de todo, pero la pérdida de un hijo era algo que no tenía que haber experimentado. Como decía mi padre en su carta, esa no era la ley de la vida.
—¿Por qué nunca te involucraste más? —pregunté agachándome a su lado.
—Eran otros tiempos. —Miró al vacío rememorando—. Ni siquiera los tiempos de tu madre o de tu tía son los mismos que los de ahora. Pero te aseguro que estuve en la sombra, apoyando y contradiciendo a tu abuelo en cada paso que daba.
Sonreí. No me cabía la menor duda.
—Buenos días.
John apareció en el salón vestido con un chándal de marca y algo sudado. Seguramente habría venido haciendo deporte, nuestras casas no estaban lejos.
Lamenté profundamente que nos interrumpiera.
—Hola, cielo. ¿Cómo tú por aquí? —Me incorporé y él me dio un beso en la mejilla. Desde que volvimos de los Hamptons nos llevábamos bastante mejor, casi como si nuestra relación fuera la de siempre.
—¿No puede uno visitar a su futura esposa? —bromeó.
Algo en mí se quebró. Me sorprendía y me molestaba que hiciera bromas con eso, aunque, irremediablemente, la boda siguiera su curso.
—Supongo que sí. —Me obligué a sonreír—. Vayamos fuera.
Le di un beso en la cabeza a mi abuela y la dejé rumiando sus pensamientos. Ella también cargaba con una gran desazón.
—Estaba pensando en la persona que oculta mi familia. —Nos paramos en el vestíbulo. Eso captó toda mi atención—. Hay una caja fuerte en mi casa, quizá quieras venir y echarle un vistazo.
Yo necesitaba saber todo lo que pudiera sobre ello, así que no iba a negarme. Era una gran idea.
—Claro, ¿cuándo?
—Ahora mismo. Mis padres van a pasar todo el día fuera.
—¿Y Scarlett? —pregunté. No quería que esa niña supiera más de la cuenta.
—Creo que está saliendo con alguien, porque casi no para por casa. No será un problema.
Entorné la mirada. En la reunión de la gala se decidió que Hudson Price fuera quien se casara con Scarlett. En Nueva York estaba permitido el matrimonio entre primos y Luciano no parecía muy escrupuloso con respecto a esa idea que a mí me daba arcadas. Lo que no sabía era que ya tuviera novio.
—De acuerdo. Vámonos.
Cogí mi SSC y fuimos hasta su casa. Estaba a cinco minutos en coche, por lo que no tardamos en llegar.
John les hizo un gesto con la cabeza a los de seguridad y yo también los saludé.
—Pasa, está en el despacho. —La estancia era bastante austera. Había estado allí alguna vez acompañando a mi padre—. ¿Crees que sabrás abrirla?
—¿No tienes el código?
Normalmente tenía que documentarme antes de abrir una caja fuerte. No todas las puertas eran iguales y dudaba que los Ricco tuvieran una caja estándar.
—No tengo nada, Blake. Solo mis padres tienen acceso a ella.
John retiró un armario y allí estaba, incrustada en la pared.
Eché un vistazo a la caja. Por suerte, era un modelo antiguo. Una Cash iron que se abría con llave.
—¿Tienes unas ganzúas?
—Claro, las busco.
Subió a la primera planta, mientras yo me preguntaba si encontraría alguna respuesta. Necesitaba deshacerme de este compromiso y, a la vez, saber a quién estaba protegiendo mi familia con tanto celo. El hecho de que John me estuviera ayudando significaba mucho para mí.
Trajo las ganzúas y me dispuse a abrir la cerradura de forma experta. Tardé un poco más de lo que esperaba, pero menos de lo que había durado el trayecto en coche.
— Voilà! —exclamé al abrirla.
Ambos asomamos la cabeza para ver su contenido.
Había dinero en metálico, algunas joyas y documentos.
Los revisamos todos, pero ninguno se refería a lo que habíamos ido a buscar.
Me sentí un poco mal por entrometerme de esa manera en los asuntos de su familia, pero John no pareció darle importancia.
—Aquí no hay nada —dijo, y yo vi mis esperanzas mermadas. Algo tenía que haber. Siempre guardas las cosas más importantes en la caja fuerte y esto lo era.
Metí las manos, tanteando cada palmo de la caja para descubrir si había algo más y encontré un borde. Era un doble fondo. Aparté la plancha de hierro negro que lo cubría y ahí estaba. Un sobre con unos números que parecían coordenadas.
50.4255563581
25.0145845217
No había ninguna otra indicación. Norte, sur, este, oeste. Tendríamos que investigarlo. Cogí el papel entre mis manos y le envié una foto a Giordano. Él sabría dar con la información.
—Espero que esto te haya ayudado —dijo John, aletargado.
No podía culparlo. Él sí me quería y yo buscaba cualquier motivo para dejarlo.
—Muchas gracias, cielo. —Lo besé en la mejilla. No pude añadir nada más.
—¿Almorzamos juntos?
Asentí con desgana.
—¿Te importa si lo hacemos aquí? No me apetece ver a la prensa .
Lo cierto era que se habían calmado un poco. De mi padre apenas se hablaba ya, pero la boda era el asunto del año: qué invitados habría, qué llevarían puesto, en qué fecha se celebraría...
—Claro, podemos pedir algo a domicilio.
Y eso hicimos. Pedimos unas pizzas al restaurante Sottocasa y nos las comimos en el salón, viendo la tele, como habíamos hecho tantas veces antes.
Sin querer, mi mente voló a Álex, a aquel momento en que me llevó a la playa, a comer las mejores pizzas que había probado desde que estaba en Nueva York, y lo eché de menos. Mucho.
—Sé que con lo de tu padre no has tenido ganas, pero deberíamos ir poniendo la fecha para la fiesta de compromiso.
Me limpié la boca con una servilleta y di un trago a mi vaso de vino.
—Con respecto a eso, quiero hacer un acuerdo prenupcial.
Sus cejas se elevaron tanto que me hubiera resultado incluso cómico de no tratarse de un tema tan serio.
—No entiendo para qué, Blake. El objetivo de esta boda es unir nuestros negocios bajo una sola dirección. ¿Qué sentido tiene que sigan separados por un papel?
Amusgué los ojos.
—El objetivo de esta boda es saber quién es la persona a la que escondéis. Para eso me has invitado hoy a tu casa, ¿no?
—Sí, claro que sí, pero...
—Es mi deseo hacer ese acuerdo antes de casarme, John.
—A mi padre no le va a gustar.
—Tendrá que entenderlo. Además, este matrimonio es solo tuyo y mío, no debemos dejar que otras personas tomen las decisiones por nosotros.
Suspiró.
—Está bien. Hablaré con él .
Después de tomarnos un café, volví a la mansión. Aparqué el coche en la entrada y Chipri y Quitta, nuestros perros guardianes, vinieron a saludarme.
Siempre rondaban el garaje, como si intuyeran que algo malo había ocurrido allí. Los obreros aún estaban terminando la reparación, por lo que todos nuestros vehículos estaban fuera.
Me agaché a acariciarlos con un cariño que hacía tiempo que no les daba.
—Sí, chicos, yo también lo echo de menos. —Besé sus cabezas antes de continuar mi camino.
Mi madre se encontraba en el salón, viendo su telenovela favorita. Era una de las pocas cosas que la distraían de la realidad y le dejaba descansar la mente por unas horas. No había vuelto a llorar en mi presencia y sabía que todavía guardaba demasiado dolor en su interior.
—Hola, mami. —Le di un beso en la frente y me senté con ella en el sofá—. ¿Dónde está todo el mundo?
—Tus primos, no tengo ni idea. Agostino, Bianca y los abuelos, en la fundación.
—¿Y tú no querías ir?
Negó con la cabeza.
—No quería perderme este capítulo. ¿De dónde vienes tú?
—De almorzar con John.
—¿Y por qué estás triste, mi niña?
Sonreí con pena porque hubiera notado mi apatía.
—No quiero casarme con él, mamá.
Ella acunó mi mejilla con cariño.
—Lamento que tengas que pasar por esto. Dios sabe que me gustaría que las cosas fueran diferentes. —Me dio un beso en la cabeza—. Pero piensa que muy pronto tú también mandarás en la familia Ricco. Serás la cabeza más poderosa de las cinco familias.
Eso era cierto. John y yo éramos los únicos que aspirábamos a aquello, ya que Zia y Matteo eran los más pequeños de sus hermanos y Carrick, el novio de Fiorella, no pertenecía a la mafia. Sin embargo, después de todo lo ocurrido, aquello ya no me importaba en lo más mínimo.
Me gustaba ser parte de algo más grande que yo, pero la responsabilidad que eso conllevaba me había hecho darme cuenta de que con ser el don de mi propia familia me bastaba.
—¿Y pretendes que me acueste con él? ¿Que tengamos hijos? ¿Que esté el resto de mi vida con una persona que me hace infeliz?
Sus ojos se humedecieron, pero su voz no dejó de ser firme.
—Sé que te pedimos mucho, Blake, pero tu padre se revolvería en su tumba si dejáramos desamparada a la persona que esconden. Debemos continuar haciéndolo hasta el día de nuestra muerte.
Puse la mano en su muñeca y le rogué.
—Necesito que me digas quién es. Cuéntame lo que está ocurriendo, por favor.
—Lo haremos, te lo prometo. Mientras tanto, debes hacer creer a todo el mundo que estás de acuerdo con la boda. Es vital, Blake.
—¿Cómo puedes pedirme eso?
Una lágrima de frustración escapó de mi traicionero ojo. Sentía rabia porque hubieran concertado el matrimonio sin ni siquiera comentarlo conmigo y tenía ganas de gritar hasta quedarme afónica.
—Porque sé que todo va a estar bien. Lo siento aquí —se puso una mano encima del pecho—, en mi corazón. Tu padre nos protege.
Dejé que las lágrimas corrieran libres, como no me permitía hacer si no era a solas.
—Hay un chico, mamá, o lo había —confesé. Si yo debía ser fuerte, ella también.
Necesitaba a mi madre.
Era una cría asustada que iba dando tumbos por el mundo como si fuera una adulta y necesitaba que ella me sostuviera a mí por una vez.
—¿El que escribió esa nota?
—Sí.
—Cariño. —Abrió los brazos y me cobijé en ellos. Me arropó como solo una madre sabía hacer. Y en esos brazos en los que me sentía segura, me perdí y me encontré.