Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 44 Lumière
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ÁLEX

Entramos en la discoteca y fuimos al reservado.

Pedimos una botella de whisky y Bass comenzó a brindar por gilipolleces mientras Julia le reía las gracias.

Eran felices y verlos así me dio algo de consuelo.

Al menos hasta que Romano se levantó y fue a hablar con Cósomo, que subía en ese momento a los reservados seguido de Giordano y Blake.

Estaba imponente y me dio un vuelco el estómago. No esperaba sentir aquella mezcla de emociones cuando volviera a verla, aunque en realidad no deseaba otra cosa. La puta verdad era que la locura me estaba consumiendo y que no poder tenerla junto a mí me estaba desquiciando hasta lo imposible.

Tres mesas más allá de la nuestra los esperaban sus amigos y, entre ellos, el pijo rubito. Sentí asco. Si se atrevía a tocarla delante de mí… sería mi perdición.

Blake saludó a todos mientras Giordano se desmarcaba con una chica rubia, que reconocí como su novia. El resto se quedó allí, hablando y bebiendo como si no pasara nada. Desde luego, ninguno sabía que mi sangre bullía por verla, ni que su presencia me estaba calentando más que un hierro ardiendo.

El rubito le dio un beso en la mejilla y ese simple gesto fue como un puñetazo. Era yo quien debía tener esas muestras de cariño con ella. Era yo quien debía acariciarla, besarla, hacerla sonreír. Deseaba ser yo .

—Conque… esa es la chica que te tiene así. —No era una pregunta. Julia y Bass me estaban observando.

—Así, ¿cómo?

—Como si no existiera nada más.

No podía negarlo. Me conocían demasiado bien. Pero lo negué.

—No te equivoques, cuñada. No hay nada entre Blake y yo ya —aclaré.

Julia esbozó una sonrisa astuta.

—Claro, por eso la miras como si fueras a saltar sobre ella en cualquier momento.

Me retrepé en el asiento, enfurruñado.

—Eres irritante.

—No sería tu amiga si te digo solo las cosas que quieres oír. —Dio un sorbo a su copa con gesto arrogante y luego la dejó encima de la mesa—. Dame la mano.

—¿Por qué? —pregunté sospechando, pero lo hice, porque confiaba en ella sin importar lo que me pidiera.

—Nos vamos a bailar. ¡Ahora volvemos!